“No tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre”, “Cásate con un güerito para mejorar la raza”, “indio bajado del cerro a tamborazos” “indio con puro ladrón seguro”, “carne buena y barata la de la gata.” “Quiobo gran jefe chichimeca”. Estas frases forman parte del lenguaje del racismo.

Nos hemos acostumbrado a discriminar sin percibirlo. México es un país racista: se discrimina a las personas indígenas, a las personas homosexuales, a las mujeres, a las personas con discapacidad. Los patrones siguen pidiendo a las aspirantes a empleadas el certificado de ingravidez. Poco o nada ha hecho el Conapred.

En estos tiempos de prisas y de olvidos, el lenguaje discriminador es usado por youtubers y en los memes. En los programas de comediantes, a cada rato, las personas indígenas son remedadas por su manera de hablar y son consideradas tontas, sucias y pobres. Buscando en Google, uno encuentra una gran cantidad de páginas de “chistes de inditos”. La “India María” era la caricatura de una indígena mazahua.

Dice Ernesto Diez Martínez que al cine mexicano de ficción se le ha atragantado, desde siempre, el indígena y que siempre se le ha visto con el racismo de la idealización, la paranoia o el desprecio. Telón de fondo del criollo o mestizo que era el actor principal. Aparecen a lo lejos siempre: jalando la carreta o lavando en el río, bajo las nubes o junto a las piedras, como menores de edad orientados siempre por el maestro o por el cura que son gente de razón.

Hace algunos días un actor de telenovelas llamó “pinche india” a Yalitza Aparicio, maestra de preescolar y actriz de la película Roma. Yalitza es de la conflictiva y hermosa Ciudad de Tlaxiaco, capital comercial del país Ñuu Saavi. Hay grandeza en su mirada. Seguramente proviene de una estirpe de reyes mixtecos como “Ocho Venado” o “Garra de Tigre”. Cuarón la puso en el centro de la historia. La película se llama Roma pero bien pudo haberse llamado Yalitza. La historia gira en torno a ella. Es la princesa mixteca que perdió la guerra contra el conquistador y ahora hace labores en la casa de la patrona que vive su propio infiernito. Las redes sociales se volcaron contra el actor de segunda. Ante la falta de procedimientos formalizados sancionadores el discriminador sufrió una condena social. ¿Servirá este caso para que poco a poco dejemos de discriminar? Hoy por la mañana acudí a un conversatorio contra el racismo en los centros de reclusión. La discriminación se aprecia en la falta de implementación de las medidas establecidas en la ley para saltar las brechas lingüísticas y culturales. La Ley Nacional de Ejecución Penal, que es una ley muy generosa, establece que las autoridades penitenciarias deberán contar con traductores en cada reclusorio. Tarea muy difícil si tomamos en cuenta que ningún ente del Estado ha aceptado ser la encargada de proporcionar los traductores. Los protocolos de atención a la población indígena aún no se construyen. La ley establece que las autoridades deberán adoptar los medios necesarios para que las personas indígenas privadas de la libertad puedan conservar sus usos y costumbres, dentro de las limitaciones naturales que impone el régimen de disciplina del Centro y que no padezcan formas de asimilación forzada, se menoscabe su cultura, o se les segregue. Tomás López Sarabia, contaba en el foro, que cuando una persona se deprimía en su pueblo, no se enfermaba de la cabeza sino “de aquí adentro” y que una manera de curar esa enfermedad “de aquí adentro” era con una limpia con hierbas del pueblo. El sector mayoritario de México cura sus depresiones con terapias psicológicas. Conforme a la Ley Nacional de Ejecución la persona indígena privada de la libertad tiene derecho a recibir en prisión “limpias” y la asistencia de shamanes y curanderos. Sostener lo contrario implicaría asimilarlo forzosamente a otra cultura. 

El reto es enorme: manos a la obra.