Bastante preocupado por la salvación de su alma, a ratos apasionado, a veces  piadoso; el alemán Martín Lutero era un monje agustino,  profesor de enorme prestigio en la Universidad de Wittenberg. Después de haber hecho una visita a Roma y visto personalmente las condiciones de ostentación en las que vivían   los altos jerarcas de la Iglesia Católica; su óptica teológica-humanista asentó  los fundamentos de su revolucionaria doctrina. La salvación de almas a cambio de dinero no le satisfizo. No simpatizaba con el poder del papa comparado al de los reyes. Estaba en contra del foco de vicios en los que se había convertido la iglesia.   Hacer negocios con la fe no era la idea que tenía de su religión.
La venta de indulgencias llegó  a Alemania en 1517; desde su iglesia pero, también desde su cátedra, fustigó a los pecadores, llegando al clímax de sus críticas un 31 de octubre de ese año, cuando defendió públicamente sus 95 tesis; momento histórico considerado como el inicio de la famosa Reforma Protestante.
El famoso Cisma de Occidente,  los desencuentros entre Felipe el Hermoso y Bonifacio VIII,   causaron un enorme  detrimento en la otrora poderosa figura del papa. En una época en la que  la corrupción desbordaba al alto y al bajo clero;  la fe que tendría que  atender situaciones espirituales se convirtió en un material para transacciones comerciales; favoreciendo con ello, a las  ventajosas posiciones económicas de los jerarcas católicos. Principalmente, dos grandes pecados tenían hundida a la iglesia en un profundo descrédito: el de la denominada  simonía o compra y venta de indulgencias; y,  el del Nicolaismo o acumulación en una misma persona de múltiples dignidades y prebendas; es decir, rentas de los altos cargos eclesiásticos.
Para cuando  Lutero muestra su inconformidad  en aquella segunda década del siglo XVI, el catolicismo también enfrentaba una profunda crisis producto de la expansión de las ideas relacionadas con el humanismo  en Europa. El monje alemán, probablemente nunca  pensó en las consecuencias que sus actos de protesta iban a desencadenar en el futuro de la sociedad renacentista. Esta  reforma configura dos Europas: una religiosa y otra protestante.   Con el ejemplo de Lutero  de retar a los jerarcas católicos;  numerosos príncipes alemanes y centroeuropeos se atrevieron a  expropiar los bienes de la iglesia   y dejar de pagar  diezmos. Esto originó encuentros bélicos entre nobles católicos y protestantes; batallas y guerras que aparecieron en gran parte del viejo continente y que, se extendieron por la propia expansión del protestantismo.
Para encarar frontalmente   la expansión de la Reforma Luterana, la grey católica emprendió una Contrarreforma. El papa Pablo III hizo un llamado a los sacerdotes a retomar los asuntos espirituales para dejar de lado las cosas terrenales  y, convocó al mismo tiempo a una comisión para sentar  las bases de una  reforma de gran calado; de aquí, tenemos hasta nuestros días: la renovación de los dogmas, los seminarios para formar sacerdotes y, la famosa catequesis.
El monje alemán fue obviamente excomulgado por medio del Edicto de Worms en 1521. En 1555 se alcanzó la denominada Paz Religiosa de Augsburgo, cuando en aquella región del mundo ya había luteranos. Martín  Lutero ya no pudo ver tal acontecimiento porque la muerte le alcanzó nueve años antes  cuando su  doctrina protestante se extendía  con rapidez por algunos Estados del norte de Alemania, Dinamarca, Suecia, Noruega, Países Bajos e Inglaterra.
Lutero retó  a la iglesia  utilizando la imprenta para divulgar su pensamiento revolucionario; con ello, cimbró al catolicismo. No es lo que pregonaba  en sí; fue el atrevimiento de enfrentarse a la institución; es lo que vino después con las terribles  guerras protestantes. Nunca  fue la fe, era la conservación del inefable  poder… fue siempre  la embriagadora  supremacía.
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