Hay que remover todo

Hernán Merolea

En estos días en que me toca visitar pueblos y comunidades indígenas observo la grandeza de su alma, que pese a las etapas históricas tan dramáticas que han vivido y siguen padeciendo todavía en diferentes partes del país y del estado, hay en ella valores culturales y espirituales vivos, muy fuertes y profundos que conservan desde hace muchos años y han logrado asimilar las aportaciones de otras civilizaciones y las han integrado a su vida cotidiana.
Ahora que se habla del inicio de una transformación del país, entiendo que integral, las intenciones y las acciones no solo deben partir de los diferentes niveles de gobierno, sino escuchar qué quiere el pueblo, qué necesita la sociedad en general, qué hace falta en las comunidades indígenas. Que las buenas intenciones no sean distorsionadas y queden solo en el discurso político.
Sería un error muy grave desconocer que hemos avanzado como país y sociedad, porque ciertamente hemos dado pasos muy importantes y trascendentes en todos los sentidos. Los políticos en turno, los malos desde luego, suelen descalificar todo lo pasado y se erigen en los nuevos salvadores de la sociedad; prometen que todo va a cambiar, nos hablan de una sociedad diferente, igualitaria y sin privilegios.
Las acciones públicas que está tomando la nueva administración federal tienden a mejorar el estado de cosas, desde el fondo, porque bien sabemos que los vicios de la clase política y los descuidos de los gobernantes del pasado han dañado tanto a la población, a tal grado que penetraron negativamente las diferentes formas de vida social y las contagiaron.
Antes que llegaran los partidos políticos y las diferentes iglesias a las comunidades indígenas todo marchaba bien. Las decisiones las tomaban los mismos habitantes y sus autoridades, todos las acataban y pobre de aquel que no obedeciese porque tenía que ir a la cárcel o pagar una multa. Se registraron excesos muy lamentables en nombre de los usos y costumbres mal entendidos y aplicados, como sucede todavía a la fecha.
Cuando platico con las y los habitantes, beneficiarios y no beneficiarios de los programas de gobierno, ellos reconocen que en parte los apoyos han dado resultados positivos pero también algunos fallaron porque se desviaron los objetivos; los recursos fueron destinados a otro lado.
Muchos habitantes dejaron de cultivar maíz y frijol y demás granos; esperan que cada mes les lleguen estos productos a través de CONASUPO. Por eso consideran muy positivo que los representantes del gobierno federal expliquen y hablen claro que el dinero que reciban lo ocupen en los cultivos o en la educación de los niños, adolescentes y jóvenes, adonde están destinados. Cada recurso económico debe aplicarse en cada rubro. Eso está bien, me dicen, pero que no se politice ni se disfrace para no seguir en el paternalismo o se convierta en un instrumento clientelar.
El tequio es una práctica tradicional que se ha venido perdiendo en las últimas décadas en muchos pueblos. Ahora los habitantes de las comunidades se oponen a ello porque argumentan que el gobierno envía dinero para los trabajos programados, todo es de paga y ya no es necesario dar tequio; además es anticonstitucional.
Sin embargo, persiste en la memoria colectiva que hay que colaborar en las cosas comunes del pueblo, porque el dinero que envía el gobierno nunca será suficiente para superar las necesidades y pobrezas. Hay conciencia en ello. También de que hay que cuidar la tierra y los recursos naturales porque si no, llegará la hora en que ya no habrá agua suficiente y por lo tanto no tendrán con qué vivir. Por eso les interesa reforestar sus campos y enseñar a las nuevas generaciones a querer y respetar la tierra.
Ante la existencia de problemas de colindancia entre las comunidades, habitantes y autoridades se inclinan por más acciones de conciliación, que dialoguen los representantes de las partes en conflicto y que saquen las manos los políticos y líderes sociales que solo lo complican, en vez de procurar su solución.
La transformación supone cambios para bien de la nación mexicana, de las grandes urbes y de las pequeñas comunidades, sobre todo las indígenas que guardan en su memoria los secretos para lograr una real regeneración.

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