Cipriano Flores Cruz

La reciente Reforma Educativa sigue con la vieja idea de no hacer efectivo los derechos de las naciones originarias. La mención de “contemplar contextos y realidades regionales” y que “los servicios educativos se determinen de acuerdo a sus destinatarios” no animan para nada.
Es darle la vuelta a lo que establece la propia Constitución: el reconocimiento a las naciones originarias a su derecho a la autodeterminación. En palabras llanas, se les niega el derecho, por sí mismos, a determinar los contenidos, alcances, formas, organización, valores y principios de su educación.
Si somos rigurosos, la palabra “contemplar” indica sólo la posibilidad, si se quiere se hace, se acciona, pero no es obligatorio. Otorgar servicios educativos “conforme a sus destinatarios” es tan amplio que se pierde toda materialización.
También se utiliza el concepto “equidad” para abordar la educación de las naciones originarias, que quiere decir que en relación a un modelo de educación, que regularmente este modelo es contrario a los valores de las naciones originarias, es del mundo occidental pues, la educación de las naciones originarias recibirá un trato especial hasta alcanzar este modelo racional, instrumental, capitalista cuanto más.
Cabe preguntarse entonces el por qué la Cuarta Transformación encabezada por el Presidente Andrés Manuel López Obrador, al igual que las anteriores transformaciones que nos ignoraron, ofendieron, lastimaron, utilizaron, mediatizaron, usaron, negaron, sometieron, discriminaron, nos negaron el derecho de trazar nuestro camino de acuerdo a nuestra identidad, historia, creencias, verdades, símbolos, territorio, sigue esta misma línea de acción.
Las distintas transformaciones nos han querido asimilar para ser nada, constituyeron los nuevos encomenderos. En la Primera Transformación los encomenderos fueron los criollos, en la Segunda fueron los hacendados, en la Tercera Transformación los encomenderos fueron los miembros de la clase política del PRI y del PAN, en la Cuarta Transformación parece ser que es el propio Estado.
Las naciones originarias saludamos al nuevo encomendero, al Estado mexicano, que en simbiosis con el gran capital, nos niega el derecho de ser sujetos de nuestro destino y en cambio estamos en proceso de confirmar nuestro estado de ser objeto y masa electoral. Masa porque se nos quiere sin conciencia y sí dispuestos a responder al llamado del nuevo amo: el Estado.
El Presidente de la República, no lo dudo, nos tiene un inmenso amor, una enorme preocupación, incluso nos enaltece por nuestras sustancias y formas de organización social, económica, política y cultural, pero es un amor que mata. Creo que le hizo mucho daño pasar por el Instituto Nacional Indigenista.
Abrevó en el INI una cultura paternalista en relación a las naciones originarias, proteccionista en forma excelsa, somos sus pobres favoritos, su amor es un indigenismo de Estado, pero indigenismo al fin. En conclusión, el amor presidencial es una forma de vernos como menores de edad, nos ve desde la visión del Principal, del Tata mandón, desde una institución del Consejo de Ancianos. No tardaremos de verlo como Tata, Principal o Gente Grande.
Necesitamos que nos vea como lo que somos y no como nos quiere ver. Somos naciones en resistencia, en persistencia, obcecados por la libertad, autodeterminación, la autonomía, por la lucha de nuestro territorio, no para terminarlo, expoliarlo, explotarlo, sino para conservarlo por el bien de la humanidad entera.
Somos naciones orgullosas de lo que somos, por nuestra historia, nuestros saberes, nuestras lenguas que es forma de ver y comprender el mundo. Somos guerreros, somos los que empuñaron la resortera, la pala, la horqueta, la coa, el fusil, la retrocarga, el máuser, el 30 o6, el 7: 62, hasta los rifles de madera de los zapatistas, en todas las Transformaciones.
Esperamos pues erguidos, firmes, no queremos pensar que a los gobiernos no se les puede exigir justicia con la Constitución en la mano, sino con el fusil humeante en la mano. Por eso, el gobierno de la Cuarta Transformación debe de reconsiderar su tipo de relación con nosotros. Una relación de derechos y no de sumisión, mucho menos de encomienda. Para muchos de nosotros, el Presidente es la posibilidad para darnos una relación de igual a igual, de frente, nada de que él nos vea de arriba abajo, ni nosotros de abajo arriba, sino mirándonos a los ojos, como aquella canción de los dos mancebos que se miraron de tú a tú.
Por todas estas razones nos causa más que malestar, pena por los resultados de la Reforma Educativa, esperábamos mucho del Presidente, de los diputados morenos, pero ya se vio que no se les hincha el pecho de patriotismo mucho menos de actitud revolucionaria. Sólo demuestran ser, salvo excepciones, una suma de aspirantes de las glorias y sabores del poder, desoyendo al primer mandatario, que los anima a ser servidores de la nación.