Angélica Rivera y Enrique Peña Nieto se casaron en diciembre del 2010. Foto: Especial

Roberto Zamarripa

Cd. de México (05 mayo 2019).- La Jueza 17 de lo Familiar, Lidia Robledo Gamboa, miró a Angélica Rivera y le dijo con voz firme: “¿Y usted señora, qué es lo que va a aportar?”.

Era el verano de 2008. Angélica Rivera estaba en la cúspide de su carrera como actriz de telenovelas. Su anterior participación en Destilando amor la había proyectado en su faceta histriónica e incluso como cantante. De cabellera castaña, ojos marrón, sonrisa fácil, gozaba la fama. Inmensamente popular, a sus 39 años de edad, quién podría atreverse a incomodarla, a contradecirla, a cuestionarla.

Lo hizo la jueza Robledo sin titubeos. Sentenciaba el divorcio de Rivera y el productor de televisión José Alberto Castro. Su matrimonio había durado cuatro años y 14 más de unión libre, pero no daba para más.

Angélica iba preparada para una sesión de minutos, casi de trámite ante la jueza. Pero, al darse una última lectura al convenio de divorcio, Robledo consideró que el pacto no era equitativo. Rivera quedaba con la custodia de las tres hijas procreadas en la relación, recibiría 6 mil dólares mensuales, pago de seguros médico y de educación y de chofer, y permanecería en la casa que el matrimonio había habitado prácticamente desde un inicio, en un condominio en San Jerónimo, al sur de la Ciudad de México. Un inmueble propiedad de la suegra de la actriz.

“¿Y usted señora, qué es lo que va a aportar?”, preguntó la jueza.

La actriz enrojeció; su rostro dulce trastocó en adusto. Hirviente, colorada, la cara contrastó con el vestido claro que portaba. Miró a su abogada, quien intentó calmar el incidente. No estaba en el guión que el convenio fuera alterado o modificado en una coma.

Había sido pactado una quincena antes en la oficina de José Bastón, el alto ejecutivo de Televisa, hombre clave en los contenidos de la empresa de entretenimiento.

                                                           

El noviazgo de José Alberto Castro, un exitoso productor de programas de entretenimiento y una decena de telenovelas, y Angélica Rivera, una actriz televisiva de papeles supletorios, data de principios de los 90, según las distintas revelaciones públicas. Ella era una muchacha de la Colonia Lindavista que -dicen las versiones- participó en el video de Macumba protagonizado por Verónica Castro, hermana de José Alberto, y posteriormente fue incursionando en algunas telenovelas con personajes secundarios. En algunas de esas andanzas, se conocieron y en 1994 comenzaron a vivir en unión libre. Él tenía entonces 31 años y ella 25.

Angélica inició en telenovelas a los 20 años. En 1991, participó en Alcanzar una estrellajunto a Sasha, Ricky Martin, Bibi Gaytán y Erik Rubín. En 1995, tuvo un papel protagónico en la telenovela La dueña y para 1998 protagonizó Angela, producida por su pareja.

El 30 de octubre de 1996, nació su primera hija, Sofía, y, tres años después, Fernanda. Fue hasta diciembre de 2004, tras 14 años de unión libre, que contrajo nupcias religiosas en la Colonia Roma y por lo civil en Acapulco.

Así lo relató Angélica, ya divorciada, a la revista Quién: “Después de 14 años de insistir en casarme por la ley y por la Iglesia, José Alberto no me quería complacer porque no era su ideología y siempre me lo dijo: ‘Güera, yo no creo en el matrimonio’. Es algo que a mí siempre me pesó y me dolió, porque a mis dos hijas mayores les hacían comentarios en la escuela debido a que habían nacido fuera del matrimonio. Conforme fueron creciendo las niñas me di cuenta que no era bueno estar así. Finalmente, él accedió a casarse conmigo”.

El 27 de octubre de 2005, nació Regina, la menor de las tres hijas de la pareja Castro-Rivera. Pero, la maternidad no fue un freno para su labor profesional como actriz.

Un año después del nacimiento de Regina, Rivera inició grabaciones de la telenovela que marcó su éxito: Destilando amor. Las locaciones estuvieron en Tequila, Jalisco. El primer capítulo de la telenovela, producida por Nicandro Díaz, fue transmitido el 22 de enero. En realidad era la versión de una novela colombiana llamada Café con aroma de mujer que tuvo mucho éxito en Sudamérica y en su transmisión en México.

Muy pronto, Destilando amor captó preferencias. Para el verano de 2007, era el programa nocturno de mayor rating, catapultando a Rivera provocándole un cisma en su vida. La novela tuvo su último capítulo, el 170, el domingo 16 de septiembre de aquel año.

Mientras ascendía con el culebrón, su vida privada era materia de escrutinio. Los programas televisivos de chismes y las revistas del corazón auspiciadas por televisoras destacaban el papel de Angélica caracterizando a Teresa Herrera, “La Gaviota”, una bella jornalera que termina casándose con el cacique tequilero, Rodrigo Montalvo, protagonizado por el galán del momento, Eduardo Yáñez.

Destilando amor, de horario estelar, incluyó intensas escenas de amor entre Yáñez y Rivera que alimentaban el rating de la sosa historia y eran materia viva para los programas de espectáculos. Rivera anda con Yáñez, decían. Y surgieron los comentarios públicos de las desavenencias del matrimonio con Castro. La actriz negó las versiones sobre su eventual separación. El productor no. Él fue el primero en ventilarlo a la revista Mi Guía.

En el programa televisivo La Oreja, Angélica Rivera salió al paso del escándalo. “Ya aprendí a vivir con eso, realmente lo que ustedes pueden decir o puedan hacer, está ante lo que yo soy, ante mi verdad, ante muchas cosas. ¡Qué más puedo decir, siempre le van a buscar ‘chichis’ a las hormigas ¡es la verdad!”.

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José Alberto Castro tomó la iniciativa y hacia noviembre de 2007 aceleró los trámites. Instó a Rivera a aceptar el divorcio. Castro abandonó la casa de San Jerónimo. Angélica se quedó a vivir en la privada de esa colonia con sus tres hijas.

La actriz dejó correr el tiempo y no accedió a emprender trámites legales. Para la Semana Santa del 2008, José Alberto compró boletos de avión para viajar con sus hijas a Miami. Cuando se acercaba la fecha, la segunda semana de marzo, Rivera decidió que sus hijas no viajarían con él.

Castro se molestó e intentó promover unas Reglas de Convivencia para garantizar una relación estable con sus hijas. Rivera buscó la asesoría jurídica del despacho de José Antonio García Alcocer, un agresivo abogado conocido como El Morris. Le fue asignada una abogada con el sello de la casa que aprovechó los excelentes nexos de El Morris con el presidente del Tribunal Superior de Justicia, Édgar Elías Azar.

Repentinamente, el juez 27 de lo Familiar, Fortunato Santos Báez, un ex militar retirado de 65 años nativo de San Martín Chalchicuautla, San Luis Potosí, determinó citar a una audiencia para escucha de las hijas del matrimonio en una circunstancia anómala. La convocó a las cinco de la tarde -hora no hábil- y a sabiendas de que Castro no estaba en México.

Castro sospechaba de que había algún favoritismo hacia Rivera dada la relación de Elías Azar con el abogado González Alcocer. El Juez Fortunato Santos Báez dio curso a la audiencia y decidió de manera extrañamente rápida endilgarle a Castro la obligación de pagar el 50 por ciento de pensión alimenticia para las tres niñas.

Era abril. “La Gaviota” estaba en plenitud. El aura de éxito por la telenovela pervivía. En abril de ese año, recibió el Premio a la Mejor Actriz de TVyNovelas y además consiguió un contrato que parecía la puerta a lo que supondría su gran realización personal. Fue llamada para ser la imagen oficial del Gobierno del Estado de México, encabezado por Enrique Peña Nieto, un protegido del corrupto Arturo Montiel que tenía aspiraciones a la Presidencia de la República.

La campaña promocional del Gobierno mexiquense fue intensa y efectiva; duró parte de abril, mayo y una semana de junio. Peña usaba la Gubernatura como catapulta a la candidatura presidencial del PRI y aprovechaba los promocionales de la televisión para fortalecer su imagen. Qué mejor que su promotora fuera la actriz popular de las telenovelas.

Entonces, la política estaba íntimamente ligada a la televisión. Buena parte de los ingresos de las televisoras venían del dinero público, ya fuera de candidatos a cargos de elección o de funcionarios que promovían su imagen con distintos spots televisivos.

La campaña concluyó el 8 de junio. Según información oficial del Gobierno mexiquense, para la campaña que protagonizó “La Gaviota” se desembolsaron del erario 16 millones de pesos con Televisa en 124 spots durante abril, mayo y junio.

Y en junio vino una señal inesperada que aceleró los trámites de divorcio de Castro y Rivera hasta entonces dilatados por las negativas de la actriz. La pareja fue convocada por directivos de Televisa, sus patrones, a superar lo más rápido posible las desavenencias; fueron impelidos a consumar el divorcio antes de que terminara el verano de 2008.

¿Qué pasó? Enrique Peña lo explicó en una entrevista televisiva con Sabina Berman y Katia D’Artigues.

“Me entrevisté con ella (Angélica Rivera) en abril o mayo (2008), justo para la campaña de los 300 Compromisos. Cuando acabó la campaña, (8 de junio) la invito a salir, a cenar, para darle las gracias por su participación. Salí una primera vez, y luego una segunda vez”, relató.

Y de ahí, según la versión fortalecida por declaraciones de la propia Angélica, se hicieron novios.

Peña era viudo. Su esposa había muerto de manera extraña y para sus ambiciones presidenciales era necesario conseguir una Primera Dama. Angélica Rivera fue la elegida. La actriz de telenovelas del momento podía emparentarse con el principal cliente de la empresa para la que laboraba, Televisa. En mayo de 2008 inició el noviazgo. Sería Primera Dama y una acompañante que le diera imán popular al candidato de un partido desprestigiado como el PRI. Televisa sería la principal beneficiaria como empresa de comunicación de las contrataciones del Gobierno federal encabezado por Peña, como lo fue cuando Gobernador del Estado de México. Todo se cumplió. Una década después todo se derrumbó.

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Lo que en 2007 parecía un calvario, con constantes pleitos entre la pareja de José Alberto y Angélica, y fallidos intentos de un acuerdo por la custodia de sus tres hijas, en 2008 resultó expedito. José Bastón convocó a Castro y a Rivera a finiquitar el trámite de divorcio en sus oficinas de Vasco de Quiroga 2000, en Santa Fe.

Castro llegó puntual sobre las cinco de la tarde. Angélica Rivera no acudió y envió a su abogada. Las carpetas con el convenio estaban sobre la enorme mesa de la oficina del alto ejecutivo de Televisa. “Firmemos”, instó la abogada de Rivera. “Primero leemos”, le replicaron Castro y sus acompañantes para quienes la corazonada resultó cierta. Al leer detenidamente el documento, detectaron una serie de cláusulas que no correspondían a las negociaciones sostenidas en pláticas previas. Al parecer, la abogada de Rivera quería sacar ventaja en medio de la premura. Había presentado en el encuentro convocado por Bastón una versión de convenio que no correspondía al pactado por las partes durante una negociación previa. Castro consideraba que el documento presentado favorecía a Rivera.

Tras ser advertido de las anomalías, Bastón, como si fuese el juez, solicitó la corrección del documento. “Pero el texto original se encuentra en el despacho”, replicó la abogada de Rivera. “Vamos a perder tiempo”, insistió con ganas de mantener el convenio en los términos en los que quería imponerlo.

Bastón ordenó entonces que fuese traído el documento original directamente del despacho González Alcocer. La “audiencia” demoró horas. Llegó el documento y fue releído para confirmar que era el previamente acordado. Letra a letra hasta dejar satisfechas a las partes.

Bastón solicitó la anuencia de Castro y ordenó que le fuera llevado a Rivera para su aprobación definitiva. En las oficinas de Televisa Santa Fe, sobre las 20:00 horas de un ajetreado día de fines de junio del 2008, fue formalizado el convenio de divorcio de José Alberto Castro y Angélica Rivera. La protagonista de la telenovela Destilando amor podía entonces hacer pública y sin ambages su relación con el Gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, quien ya le prodigaba cuidados y protección.

Claro que la firma del convenio en la oficina de Bastón no tenía una validez legal, pues faltaba lo principal: firmarlo ante la jueza que llevaba el caso. Asunto que ocurrió unos 15 días después.

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Para Rivera, la última audiencia judicial debería ser un mero trámite. Ya tenía bajo su brazo el convenio firmado ante el “Juez Supremo”, José Bastón. Aunque por distintas vías trató de obtener un tratamiento privilegiado. Pidió inicialmente, vía su abogada, que la audiencia final tuviera lugar a las 5 de la tarde, fuera del horario normal de los juzgados. Habitualmente, el Tribunal de Justicia inicia labores a las 8 de la mañana y las concluye a las 14:00 horas.

La Jueza Lidia Robledo, de 50 años de edad, preciada por su rectitud, negó la petición. Y le dijo claramente a la representante de Rivera que no había lugar a una presión externa ni a un trato preferencial. “Mire, yo aquí he divorciado a Lola Beltrán y a muchas otras estrellas y no ha habido preferencias”. Y sí, la Juez Robledo tenía esa particularidad casi astronómica: separaba estrellas.

Una jueza inflexible. En alguna ocasión, en agosto de 2011, detectó que un empleado del Tribunal, Israel García, pedía 50 pesos de “propina” para realizar un trámite y sacar expedientes de los archivos. Robledo lo consignó por cohecho alegando que ningún trámite se cobra.

Angélica Rivera quería también que para llegar a la audiencia le facilitaran el elevador privado que sólo utilizan las autoridades judiciales. Pero, esta solicitud ya no la hizo ante la jueza, sino ante sus superiores que le permitieron evadir las aglomeraciones típicas del edificio.

La torre “Clementina Gil de Lester” tiene 18 pisos. La frenética actividad que ahí se desarrolla hace que pulule una gran cantidad de personas. Tomar un elevador lleva varios minutos y si uno trae una mochila o bolso demora más por las revisiones de rigor. Para tomar el elevador hay que hacer fila disciplinadamente, esperar turno, y acomodarse con diligencia en la caja de metal.

Rivera, famosa, popular, no quería pasar entre la chusma. Además, solicitó que no se permitiera la entrada de periodistas al edificio del Tribunal ubicado en Plaza Juárez frente al Hemiciclo.

Tomó sus previsiones. El entonces Gobernador del Estado de México, con quien ya sostenía relación, le asignó un puñado de policías estatales que fueron desplegados en cada uno de los 18 pisos del edificio listos para impedir que algún periodista ingresara al Juzgado.

Angélica iba preparada para una reunión de minutos. Llevaba prisa. La jueza leyó detenidamente el convenio pactado entre las partes y que había sido corregido en Televisa. Terminó. Miró a Rivera y le preguntó: “¿Y usted señora, qué es lo que va a aportar?”.

La actriz se molestó. La jueza siguió: “No sólo el señor aporta. Usted también tiene que aportar”.

No estaban en Televisa ni frente a ningún alto ejecutivo de la empresa. Estaban ante la representante de la ley, la máxima autoridad. La Jueza Robledo pidió la modificación del convenio con la inclusión de obligaciones y responsabilidades de la actriz.

Las hijas quedaban bajo su custodia y vivirían en la casa de San Jerónimo. El inmueble era propiedad de su suegra. Robledo consideró que dadas esas circunstancias debería tener compromisos específicos en la manutención de las menores.

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La agencia gubernamental Notimex difundió un despacho el 16 de diciembre de 2008 donde revelaba que Rivera recibiría 6 mil dólares al mes para el cuidado de las tres hijas que tuvo con el productor.

Entonces, Sofía tenía 12 años; Fernanda, 9 y Regina, 3.

“El acuerdo legal, según trascendió, permitirá que las niñas gocen de un seguro de salud, apoyo monetario y educación, siendo esas las principales cláusulas del divorcio. La actriz recibirá más de 6 mil dólares al mes, de los cuales 4 mil serán destinados a la manutención, poco más de mil dólares para el chofer y otros gastos escolares y de salud”, difundió la agencia.

Respecto a las visitas, el productor, podría convivir con sus hijas dos fines de semana al mes y los miércoles, mientras en las fiestas decembrinas, las pequeñas pasarían al lado de su mamá.

La difusión del contenido del pacto ocurría un semestre después de haberse firmado. Angélica Rivera ya presumía su relación con Enrique Peña quien dejaría en unos meses el Gobierno del Estado de México para, conforme el plan, casarse con la actriz y después lanzar su candidatura a la Presidencia.

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El resto de la historia es conocido incluso con todos los capítulos que llevaron al desenlace. El romance con Peña Nieto que la llevó al altar en diciembre de 2010, previo trámite accidentado de la anulación del matrimonio religioso con Castro y siempre manteniendo en secreto las incidencias de su divorcio ante la jueza Robledo, duró una década.

Ya casada, acompañó a Peña en su campaña como candidato a la Presidencia a fines de 2011 y medio 2012; con su imagen popular le ayudó a cosechar votos que lo llevaron al triunfo. Después, fue la Primera Dama que tropezó pronto con la Casa Blanca, el regalo envenenado del empresario Juan Armando Hinojosa de 86 millones de pesos.               

Angélica Rivera fue obligada a defenderse públicamente en un video grabado en la entonces residencia oficial de Los Pinos para decir que la casa la compraba a plazos con el dinero que había ganado por su trabajo como actriz y conductora de promocionales políticos.

La fractura de la Casa Blanca tocó el matrimonio Peña-Rivera. Visto de por sí como un contrato temporal armado para conquistar la Presidencia y gobernar el País por seis años, el matrimonio fue perdiendo notoriedad y la popularidad de Angélica Rivera se hizo añicos.

El sexenio de Peña terminó estrepitosamente entregando la Presidencia a su gran antagonista Andrés Manuel López Obrador.

Apenas este 2 de mayo, Peña anunció oficialmente la disolución legal de su matrimonio con Rivera. Todo se derrumbó.

Reforma