NIGROMANCIAS

Jorge T. PETO

“Aún existen muchos más espíritus que tierras sin cultivar”
La Rochefoucauld

Independientemente de donde empiece mi reflexión sobre los problemas que aquejan a nuestra civilización, siempre cobra vigencia el tema de la responsabilidad humana, que parece incapaz de seguirle el paso a una in-civilización creciente, de la mano de una robotización progresivamente irreversible hasta hoy. Cómo si el cálculo de la racionalidad mecánica, meramente instrumental- Habermas dixit- se empeñara en darle validez al presagio del fin del mundo en el sentido ya anunciado catastróficamente por Axelos, Bell y el más polémico y reaccionario, Fukuyama, del fin de la historia, es decir de la preminencia de lo tangible, mensurable, por sobre las ideas o sistemas ideológicos, el fin de ese modelo o paradigma parece, a fuer de tanto utilitarismo en todos los campos del conocimiento, cierto.
 
Todo indica, pues, que no hay vuelta atrás. Un soñador podría pensar que la solución yace en detener el neo-progreso de esa in-civilización de una manera u otra. Otro idealista -especie en extinción- diría que el principal objetivo en la actualidad es algo más: una renovación de nuestro sentido de responsabilidad y de nuestras conductas públicas principalmente políticas y empresariales-industriales. Nuestra conciencia de lo humano debe emparejarse con una nueva concepción de progreso, de otra manera estamos exactamente iguales que cuando la razón dormía anestesiada por los dogmas de la fe – De Goya ilustra-.

Parece que hay una manera de hacer posible que volvamos a cuestionar por qué “La humanidad siempre avanzando no sabe a do camina” como poéticamente lo hacía Becquer. Quizá sea urgente que reformulemos a Rousseau en su opúsculo acerca de “Si las ciencias y las artes han contribuido verdaderamente al desarrollo de la humanidad…” Deshaciéndonos de nuestro antropocentrismo egoísta, de nuestro hábito de vernos como amos del universo capaces de hacer lo que se nos antoje con él. Debemos descubrir un nuevo respeto por lo que nos trasciende, por el universo, por la tierra, por la naturaleza, por la vida y la realidad. Nuestro respeto por otros pueblos, por otras naciones y por otras culturas, solo puede crecer de un humilde respeto por el orden cósmico y por nuestra conciencia de que formamos parte de él, que es en él, que todo lo compartimos y que nada de lo que hacemos está perdido, sino que se convierte en parte de la memoria eterna del ser en donde todo se juzga.

Una mejor alternativa para el futuro de la humanidad, por lo tanto, yace claramente en imbuir a nuestra civilización de una dimensión sensible, emocional, espiritual. No se trata simplemente de entender su naturaleza multicultural y encontrar inspiración de un nuevo orden en las raíces comunes de toda la raza humana y su relación con los demás seres del planeta.

Las observaciones generales de este tipo no son difíciles de hacer ni son nuevas ni revolucionarias. Las mentes modernas son maestras en describir la crisis y la miseria del mundo que moldeamos y por el que somos responsables. Pero somos menos hábiles para poner las cosas en su sitio.

No creo en ninguna llave universal ni en panaceas, ni apocalipsis, ni mesianismos. Tampoco se trata de defender lo que Karl Popper llamó la “Ingeniería social holística”, básicamente porque muchos “moribundos idealistas” de hoy tuvimos que vivir la mayor parte de vida universitaria bajo circunstancias que fueron producto de un intento de crear una utopía Marxista también holística. Despertar el sentimiento por un nuevo compromiso social por el mundo, ¡Quién sabe por cuántos horrorosos cataclismos más tendrá que pasar la humanidad antes de que este nuevo sentido de responsabilidad se acepte de manera general!  Pero esto no significa que todos aquellos que deseen trabajar por él no puedan empezar ya. Se trata de una gran tarea para todos sin excepción. Por encima de todos es una tarea para políticos pues a pesar de toda su desacreditación, incluso en la menos democrática de las condiciones, los políticos cuentan con una influencia inmensa, posiblemente mayor de lo que creen. Esta influencia no está en sus mandatos, que en cualquier caso resultan considerables. Se inscriben en algo más: en el impacto espontáneo de su acartonado “carisma” en el público.

La principal tarea de la actual generación -si es que la hay (¿millennials?)- de políticos no es, creo yo, congraciarse con el público a través de la sonrisa que despliegan frente a las cámaras fotográficas, videográficas o televisivas. No es ganar elecciones y garantizarse un lugar en la luna, marte, venus o cualquier paraíso financiero hasta el fin de los días. Su rol es algo totalmente distinto: asumir su parte de responsabilidad por las perspectivas de largo plazo de nuestro mundo y, por lo tanto, constituirse en ejemplo para el público, bajo cuya mirada ellos trabajan. Su responsabilidad consiste en ver más allá, sin temerle a la posibilidad de no contar con el favor de la gente; infundir a sus acciones una dimensión sensible, espiritual (que por supuesto no es lo mismo que acudir con toda la ostentación posible a los servicios religiosos). Explicar una y otra vez – tanto a su público como a sus colegas- que los políticos deberían hacer mucho más que reflejar los intereses de grupos o particulares. Después de todo, de lo que se trata en la política es de servir a la comunidad, lo que significa poner en práctica la ética. Y qué mejor manera de servir a la comunidad y practicar la ética que buscar dentro de la civilización global (globalmente amenazada) su propia responsabilidad política global, esto es, su obligada responsabilidad de procurar algo más digno que la mera sobrevivencia.

No creo que un político que opte por este camino ponga en peligro su existencia como tal, decir, su vida política. Esta es una noción totalmente errónea que asume que el ciudadano es tonto y que el éxito político depende de seguirle la corriente. No es verdad. En todo ser humano dormita una conciencia. Es a eso a lo que hay que apostarle. Son éstos, tiempos de grandes expectativas y esperanzas políticas, pero también son tiempos de abismales cinismos y vacíos desoladores que se pueden traducir en una cruda realidad donde reine la desesperanza y el odio irreversible, de ahí la importancia de lo espiritual, no en sentido religioso sino verdaderamente humano, la raza necesita que más espíritus hablen y hagan por ella. Mientras tanto ojalá y que haya paz y cordura. Nos leemos próximamente.
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