NIGROMANCIAS

Con afecto para el Profesor Jesús Avendaño Cruz quien me honra con su amistad y sus conversaciones siempre interesantes y nutritivas, intelectual y espiritualmente. Con claridad analítica, reflexiva, crítica y propositiva. 

Unos días ha, que en amena charla con el profesor Jesús, nos fuimos introduciendo por los escondrijos de nuestra historia, la historia patria, como se solía decir y escribir en algún tiempo pasado. Temas diversos fueron marcando la ruta de nuestro informal e improvisado conversatorio con algún escaso y espontáneo público, que seguía con expresiones corporales y faciales nuestros pronunciamientos acerca de cada tópico, de cada momento histórico, de cada texto citado, de cada nombre evocado, de cada circunstancia vencida, de cada etapa vivida.

Así hasta llegar al tiempo de hoy, a esta actualidad que va tan aprisa, no solo por la dinámica social que le ha impuesto la Economía mundial; sino también porque pareciera como sí los fenómenos naturales suceden más aceleradamente, como los movimientos que rigen el tiempo y el espacio, la Historia y la Geografía, dadas como categoría de vida progresiva de los seres vivos: rotación y traslación se presentan ahora de una forma en que la Geofísica, seguramente, tiene alguna explicación científica, pues la velocidad a la que los simples mortales percibimos el paso de un día, su duración, y el de un año a otro es cada vez más en un cerrar de ojo.

Esa misma velocidad que hoy vemos aplicarse en todos los ámbitos de la vida “(in)humana”, sobre todo en los que conllevan como fin en si mismo, el invento más destructivo del “animal racional”: el dinero. Las sociedades avanzan en la invención de esquemas de mejores condiciones materiales tanto cuanto retroceden doblemente en los esquemas de humanización; se construye tanta tecnología para la comunicación a distancia tanto cuanto se destruyen los del contacto directo entre sus integrantes; se fabrican tantos misiles y sofisticados armamentos para todo tipo de guerras también inventadas por los mismos intereses, tanto cuanto se es incapaz de generar una pedagogía, una educación para la paz; se desarrolla la inteligencia artificial para mejorar la “calidad” de vida, tanto cuanto de estanca en la creación de condiciones para el desenvolvimiento de la inteligencia emocional; en fin, se progresa tanto cuanto se retrocede y se evoluciona involutivamente (valga).

La estupidez es tanta, que ahora que tenemos una oportunidad de hacer cambios profundos en los esquemas caducos de todo el sistema político, financiero, educativo, y demás, nuestra capacidad de comprensión de la inclusión, el pluralismo, la tolerancia, y demás categorías democráticas, se hace tan limitada porque todos esos valores se ven polarizados y solo hay de dos: “estás conmigo o estás contra mí”. Por un lado se pretende hacer que un sexenio sea un semestre y que los planes y programas sean acciones urgentes que; que un siglo de hegemonía unipartidista (podría ser bipartidista) se convierta en medio año de soluciones cuyos problemas están en la raíz de viejo sistema; que los estilos personales de gobernar y el presidencialismo sean bajo las formas de hacer política de la vieja guardia o como la de los herederos de la revolución mexicana.

Si lo inmediato es el mandato de la sociedad tendrá su repercusión en breve (para colmo) pero si lo es la prudencia y la necesidad de una real transformación, entonces, aunque los perros ladren y las malas noticias vuelen, el tiempo será el mejor aliado de aquella esperanza. Sin embargo, por otro lado, si la terquedad se hace la mística de la “nueva política” y la testarudez se vuelve, en breve nuevamente, la sinrazón del quehacer cotidiano, lo que nos espera es una gran desolación -Hannah Arendt dixit-. Así lo platicamos entre mezcal y mezcal, sobre todo si en ese afán de ser diferente se llega al contagio de la misma enfermedad que separa a un sabio de un simple sabiondo: la soberbia. Por eso es siempre bueno volver a repetir a George De Santayana, “Quien no conoce la Historia, está condenado a repetirla” y agregaríamos, en paráfrasis, quien no aprende de los errores del pasado, sigue viviendo en ese tiempo y con esos mismos errores.

Así que es mejor hacer de un discurso una acción y de esa acción una conducta cotidiana, no una forma de ser sino un ser. Las apariencias o la actuación son parte de un espectáculo, de una forma teatral, que puede atraer al público y el aplauso ovacionado, pero si tras bambalinas se descubre al fantoche entonces si que la gente apremia y se aleja. Cuando se ha “luchado” tanto tiempo por alguna causa justa, cuando tienes en tus manos “encausar esa justicia” (sic) lo que sigue es demostrar su don, la estatura de estadista, so pena de pasar a la historia como uno más del montón, es decir, sin otra historia más que contar que la misma de siempre.

Los dejo con dos citas de Baltasar Dromundo, por su cruel certeza: “Siempre hay que aparecer sencillo, franco, con “don” de gentes. No hay que olvidarse que la gente sencilla es muy agradable. Y doble mérito tiene la sencillez si se conserva a pesar de la altura que el poder proporciona a quien lo tiene. No hay que ser altanero ni pedante, ni vanidoso; no hay que permanecer alejado de la gran masa ciudadana. No hay que volver a la torre de marfil que de puro anacrónica ya no es usada ni por lo locos. Desde los viejos tiempos en que la filosofía confundía el difícil arte de la política con otras artimañas, se dijo que el político debe conservar el contacto con su pueblo. O con el pueblo que gobierna; porque suelen ser cosas distintas. Por ello requiere de la sencillez que es tacto, inteligencia, prudencia y amplia visibilidad.”

“Ser sencillo no implica plebeyez como entienden los idiotas, implica inteligencia, don de humanidad muy estimada, claro que el político la ejercita con prudente conveniencia, como debe acontecer, pero lo importante políticamente es el acto mismo de la sencillez. Sencillez en el hablar sin afectación, sencillez en el vivir, sin payasada; sencillez en el confort, sin rebuscamiento ostensible. El lujo destruye al político cuando imbécil, ostentoso y rastacuero. El dinero que a buenas o a torcidas produce el poder, estrangula al político cuando torpe. Cuando le da por las fincas, las casas, las prostitutas, los monopolios y mil cosas más, y exactamente porque su ausente cordura lo empuja a vivir todo eso ostentándolo. Al perder el poder queda reducido a simple delincuente, raterillo vulgar. Y los primeros en señalarlo, aunque estén más sucios que él son los antiguos y nuevos enemigos. “En cuanto a la política menuda, actos que se suceden todos los días, el político allana mejor los caminos de sus decisiones, los conflictos y los problemas, si está ayudado por su sencillez, y si esta sencillez logra contagiarse de arriba abajo a otros políticos”. Nos leemos próximamente, mientras tanto que haya paz.

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