Lo primero que hace es presentarse.


—María Isabel Santos, para servirle. 


Miente. 

Su voz, como su identidad, es frágil. María Isabel no se llama así. Se llama Victoria Eugenia Henao. Escapar del pasado es una misión que debe tomarse en serio; de lo contrario, mejor ni intentarlo. Escapar del pasado implica perdonar y pedir perdón. Jamás olvidar. María Isabel no olvida que alguna vez fue Victoria Eugenia. La esposa de Pablo Escobar Gaviria. No puede, aunque quiera. 

—¿No será posible poner una mesa frente a mí antes de que comience la entrevista? 

Es lo único que pide la mujer que alguna vez tuvo un zoológico privado con mil 900 especies. Dice que así se siente más segura frente a las cámaras: con algo frente a ella. Es la costumbre. Durante su matrimonio con Escobar, siempre tuvo algo enfrente y atrás y en todos lados: el miedo. 

—El apellido que me gané por ser la viuda de Pablo Escobar es algo ligado inexorablemente al mal. 

En esta charla con El Financiero, Victoria luce un maquillaje tan discreto como su presencia. Camina con serenidad. Sus ojos se cierran de vez en vez, apesadumbrados ante las preguntas incómodas que no paran: ¿Por qué nunca denunció a Pablo? ¿Por qué amaba a Pablo? ¿Aún recuerda el rostro de Pablo? 

Bombardeos que está dispuesta a resistir sin mayor guarida que su propia autoestima y un libro, en el que cuenta todo sobre el narcotraficante más poderoso y sanguinario del siglo XX: Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar. 

Victoria confiesa que ya ha asimilado que el hombre del que se enamoró en el pobrísimo barrio de La Paz, en Medellín, fue un sanguinario y un sicópata. Y admite que los que estuvieron en cautiverio no fueron sus elefantes o sus flamingos de la Hacienda Nápoles, sino ella y sus hijos: Juan Pablo y Manuela Escobar. También forajidos de su propia vida, hoy responden a los nombres de Juan Sebastián y Juana Manuela Marroquín Santos. 

Recuerda que fueron nueve años de encierros en chozas y mansiones, a las que ella y sus hijos llegaban con los ojos vendados por seguridad. Pablo Escobar, por entonces, ya era el hombre más buscado por el FBI y el mayor traficante de cocaína del mundo. Sus mansiones estaban atestadas de lujos y vacías de personas. No había quien manejara los autos deportivos o apreciara la belleza de sus Rodin, Botero o Dalí. Asegura que era una vida efímera, absurda, en la que los lujos distorsionaban el espacio emocional de la familia. 

—Mis hijos vivieron un infierno absoluto. En este libro les pido perdón también a ellos por todo el sufrimiento. No había país en el mundo en el que pudiéramos salir a la calle. 

Los niños no pudieron ir a la escuela. Tomaron clases en casa con profesores privados. Juan Pablo cursó el bachillerato por correo. Ambos tuvieron la oportunidad de ir a una escuela regular hasta después de la muerte de su padre, el 2 de diciembre de 1993, cuando se escaparon a Buenos Aires a experimentar, por primera vez, la vida. 

—Pablo era un hombre tímido. 

Su voz se quiebra cuando dibuja a su Pablo personal, tan distinto al que Netflix y Hollywood han construido. Traga saliva. 

—Pablo murió siendo romántico. Nunca dejó de serlo. Siempre me mandaba flores, cartas… Y ante sus infidelidades me pedía perdón. 

Sí, el fundador del cártel de Medellín se daba su tiempo para la delicadeza del cortejo. Siempre con un poco de música de fondo: Lucho Gatica, Sandro o tangos de arrabal. 

También tenía un diccionario Larousse para dar, siempre, con la palabra correcta. 

Hoy no alcanzan las palabras para contar la violencia y el caos que provocó en el mundo. 

—Al final de toda esta historia de tanto terror y tanta violencia, yo tenía tanto miedo de Pablo, como todo el país. 

¿Por qué nunca lo denunció? Argumenta que era muy joven, muy ingenua, muy católica y que sus padres la educaron para respetar al marido, no para cuestionar ni opinar. 

—Yo sé que no me va a alcanzar la vida para que Colombia me perdone por no haberlo hecho. 

Ese es el precio de su silencio.

Fuente: El Financiero