Cuantas veces platiqué con el destacado investigador estadunidense, Bonne Hallberg, me repetía lo que recomendaba insistentemente a los hombres del campo: “cuiden el cultivo del maíz”, “utilicen el abono que da la misma madre tierra”, “no compren fertilizantes químicos que matan los nutrientes naturales”, “conserven la tradición de los buenos campesinos de seleccionar, guardar y sembrar las buenas semillas”, “conserven esta práctica, porque sería una lástima perderla al paso de los tiempos”.

Ponía de ejemplo la milpa que había alcanzado más de dos metros de altura en los campos fértiles de Totontepec villa de Morelos, en la región mixe, que daban sus mazorcas enormes y sorprendentes. Conocí a Bonne desde la década de los años cincuenta del siglo pasado cuando criaba pollos en Santiago Zacatepec; desde luego, su presencia despertó suspicacias por su origen y cuál era su objetivo al haber llegado desde tierras lejanas a una comunidad indígena de la sierra, no frecuentada por extranjeros.

Pero eso no le importó en lo mínimo porque continuó su tarea de divulgación y además no entendía el idioma mixe. Años más tarde lo visité en el vivero de Aguilera, atrás del edificio de la Facultad de Medicina y Obstetricia de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, ocupada ahora por distintos planteles educativos. Ahí lo encontré acompañado por su familia y auxiliares.

Siempre dedicado a lo suyo y compartiendo sus conocimientos científicos y prácticos con la gente que se le acercaba. Adquirió junto con su esposa un predio de diez hectáreas en jurisdicción de Ixtlán de Juárez donde cultivó manzanas y duraznos, además de pinos cuyo desarrollo daba seguimiento puntual como científico. Dedicó también espacios a la apicultura.

En una visita con unos colegas reporteros de entonces nos mostró una colección de variedades de maíz que hay en el estado de Oaxaca, clasificados de tal manera que explicaba su origen y calidad nutritiva.

Años más tarde lo encontré en plena actividad en un módulo del Instituto Tecnológico de Oaxaca con un colega investigador visitante en torno del maíz y otros cultivos.

Siempre en el tema. Me mostró sus artículos de investigación publicados en el extranjero y me contó de sus viajes, conferencias y prácticas en otros países. Por todo cuanto me decía y mostraba me hacía con frecuencia preguntas el por qué no se aprovechaban sus investigaciones por las áreas de gobierno de diferentes niveles dedicadas a la agricultura, a la ecología, porque bien podríamos sacarles frutos.

En un artículo de Jorge Comensal titulado Helechos contra la CIA (2013), el autor lo identifica como un agrónomo californiano. “Después de buscarlo sin éxito varias veces a lo largo de estos años, conocí a Bonne Hallberg apenas el año pasado, en su casa de Ixtlán. Bonne había crecido en una granja de manzanas en California, y su contacto temprano con braceros oaxaqueños lo llevó a emigrar a México con el deseo de ayudar a los campesinos a mejorar el rendimiento de sus cosechas con las técnicas que había aprendido en la escuela de agronomía. Su historia amerita un texto aparte”, refiere entre paréntesis.

El último dato que tengo es que este investigador más mexicano que norteamericano había sido invitado por la Universidad de la Sierra Norte con sede en Ixtlán de Juárez.

Le perdí la pista en años recientes, pero a lo que voy es por qué el gobierno no aprovecha su trabajo desarrollado desde hace mucho tiempo en Oaxaca. Como todo investigador acreditado en nuestro país, mexicano o extranjero, deja una copia de su esfuerzo en el gobierno y Bonne Hallberg no debe ser la excepción.

Desde hace años escucho pronunciamientos oficiales de que los mexicanos y los oaxaqueños en particular podemos ser autosuficientes en la producción de granos y, desde luego, consumir granos libres de transgénicos, pero pasa el tiempo y aún no lo somos. Ojalá que las políticas públicas que impulsa la nueva administración federal, secundadas por las estatales y municipales, motiven a los grandes y pequeños productores del país y, como dice Bonne Hallberg, podamos consumir maíz orgánico, no contaminado.

Pero aún más, que los gobiernos instrumenten un proceso de educación entre los
consumidores para distinguir con claridad qué tipo de productos estamos consumiendo para no poner en riesgo la salud humana, como lo recomienda otro grande de la agroecología en América, el brasileño Sebastián Pinheiro, quien con sus propuestas y acciones ha logrado cambios importantes en su país y otros. La tecnología y la salud deben ir de la mano, dice.