Un hombre joven regresó a su país después de varios años de ausencia, y después de aterrizar en el aeropuerto de Teherán, tomó un taxi para dirigirse a su casa. A medio camino pidió al chofer que se detuviera delante de un estanco.  

__ ¿Para qué, señor? __ le preguntó el chofer.

__ ¿Cómo que para qué? __ Pues para comprar cigarrillos.

__ Los cigarrillos se compran en la mezquita.

__Pero si la mezquita es la casa de Dios, allí se va a rezar.

__¡Falso, señor! Para rezar hay que ir a la universidad

__Entonces, ¿dónde se estudia?

__ Para estudiar, querido señor, se va a la cárcel.

__ En la cárcel están encerrados los malhechores.

__ Vuelve a equivocarse, señor mío, los malhechores se enchufan en el gobierno.

Anécdota sembrada de trampas y con todas las funciones desplazadas, comentada por Daryush Shayegan, en su estupendo libro cuyo título es el mismo que acompaña esta entrega a manera de reseña, por su importancia, que sirva de introducción para entender los actuales movimientos migratorios y las políticas moralistas para llegar al paraíso terrenal.

“La influencia de Occidente, y de la modernidad que lo fundamenta, suscitan actualmente en el mundo islámico múltiples campos de resistencia, provocando tan pronto una regresión hacia una mitología de los orígenes, que se supone resolverá milagrosamente todas las miserias morales y desigualdades sociales que sufren las sociedades que lo componen, como una huida hacia adelante en pos de aventuras progresivamente más peligrosas, como igualmente negativa categórica a responder a los desafíos de los nuevos tiempos.” Quien así escribe y describe su realidad es quien ya nombramos arriba, Daryush Shayegan, filósofo iraní nacido en 1935, residente en Francia durante muchos años y fallecido en el 2018, y cuya variada obra gira en torno a esa abismal diferencia de concepciones del mundo entre la cultura tradicional y la modernidad. Son grandes y graves las distorsiones que esa separación ha producido en nombre de Dios y la “civilización”.

La búsqueda de una menos dolorosa realidad sólo ha conducido a falsas escapatorias “… más o menos perversas, ( que ) expresan las diferentes facetas de un mismo fenómeno y, cualesquiera que sean las formas que adopten las reacciones observadas, no por ello dejan de traducir los síntomas de un profundo malestar que, a mi entender, proviene de la falta de asimilación de un fenómeno histórico más importante – la modernidad en su sentido más amplio -, jamás tenido en cuenta como tal, es decir, de una manera objetiva en su contenido filosófico propiamente dicho, sino siempre en función de las transformaciones traumatizantes que ha infligido a nuestras tradiciones, a nuestras formas de vida y de pensar”.

Pensemos un instante en nuestras sociedades, rescatadas del snobismo terciario que constantemente nos aqueja y enfoquemos nuestras pilas hacia la tantas veces lamentada pobreza heredada (económica, valga, pero también política) y lejos de toda idiotez latinoamericana -en mención del hijito del regular literato y pésimo político ultraconservador y derechista peruano Vargas Llosa) despojémonos de esa otra pobreza (la cultura-chatarra ) que hemos estado importando pero que no sabemos cómo usarla a nuestro favor, menos combatirla. Mientras esperamos que venga en nuestro auxilio la modernidad y nos libere del yugo de sus mismas consecuencias, sin aportar siquiera un ápice de originalidad a la incapacidad de superar el problema con nuestras propias armas, fuerzas, elementos, circunstancias, etc., la idea de que algo milagrosamente grande ocurrirá es como el sueño americano, paradójicamente nuestra pesadilla más sublime. Justo como culpar al vecino de no permitir mudarnos a su casa, su patio o su traspatio.

Desde luego, no se trata hoy de caer en el pozo sin fondo de la angustia existencialista que tanto ha perjudicado al pensar y actuar político de los pueblos de América Latina. Tampoco caben ahora catastrofismos de culpabilidad ajena que nos dejen con Las venas abiertas, desprovistos de los bienes terrenales. Se trata de superar el miedo del que hablaba Germán Arciniégas, y de doblegar los trasplantes culturales, que al igual que todas las sociedades como las que describe Shayegan, han dado el salto desde la premodernidad hasta la posmodernidad (léase inmodernidad) sin hacer estación de paso en la modernidad, lo cual borra de raíz cualquier posibilidad que no sea la convivencia híbrida entre ésta y la tradición.

En el caso del mundo islámico la cosa se complica seriamente por el peso fundamental de la religión y dado que esta misma es elemento sine qua non de la actividad política y de casi toda acción humana. Aquí las herramientas de las culturas occidentales sólo sirven para combatir al propio Occidente y donde toda decisión está predeterminada por un contenido moral delirante cuya justificación está dada por algo así como Fuenteovejuna endiosado, o lo que es lo mismo, por el dictado común de su razón pre-deliberada, acatada y ejecutada por una orden superior desde un pasado y presente común que va más allá de cualquier consideración ajena “… a partir de aquí, nos dice Shayegan, cualquier juicio respecto al mismo se ha revestido, desde el inicio de los contactos, de una apreciación moral: tan pronto elogiosa cuando, al principio del contacto con la potencia material de Occidente, el mundo islámico descubría, sorprendido, su propio retraso y el enorme abismo que lo separaba de Europa, como maléfico cuando, más adelante, cerrándose a su influencia, ese mismo mundo comenzó a resucitar sus más delirantes fantasmas. Si la primera reacción no pudo ser más entusiasta, la segunda adoptó, en cambio, el lenguaje histérico de una repulsa obsesiva. Tanto en un caso como en otro, Occidente no fue considerado nunca un paradigma nuevo que rompía con el pasado, con sus propias leyes y su propia lógica de dominación, sino como una conspiración de fuerzas ocultas que, dada su potencia material, se posesionaba de nosotros, nos sacudía hasta nuestras costumbres, corrompía nuestras virtudes y, a la larga, nos reducía a la esclavitud política y cultural”.

Cualquiera justificación que nos regresa al obscurantismo debe ser erradicada del género humano porque hace dormir a la razón y guía sus acciones desde la caótica Fe, desde la idea de una realidad en la que Dios sigue siendo la primera y única persona en quien confiar. Lo difícil es censurar absolutamente las prácticas de quienes tienen por única vía de resistencia el pecado y el velo de ignorancia inclinado hacia el mal, incluso entre los de su misma sangre y suelo; Hobbes estaría perplejo de ver como en plena era de la materia el espíritu maligno, egoísta, temeroso, sigue dominando la ira del Leviathan, Gran Bestia.

Ello, sin embargo, no ha impedido que quienes han caminado por los anchos pasillos de la modernidad sigan en la duda infinita entre el ser y el deber ser “cuando comunico con las grandes corrientes de mi cultura, no veo en ellas ni ruptura, ni cambio de rumbo, ni desviación con respecto a los grandes principios que las rigieron. Hay algo que persiste a pesar de los cambios, algo que planea por encima de las irregularidades del tiempo. Se diría que Dios repite continuamente las mismas letanías, mil veces machacadas. En el interior de esta cadena de transmisión, las líneas de demarcación, las determinaciones cualitativas parecen artificiales, como inventadas en todas sus piezas, sin una verdadera relación con el curso eterno de los acontecimientos. Pero yo sé, sin embargo, que, a pesar de mi dependencia de este estado de cosas, pese a la perennidad de unos problemas que se suponían resueltos de una vez por todas, se colaron en ellos lagunas insidiosas que alteraron tanto la imagen intacta que yo me había forjado de mí mismo como la que atribuía a la realidad del mundo. Percibo confusamente que entre lo que me legaron mis antepasados y aquello en lo que se ha convertido el mundo hay un hiato. No hay nada en el seno de mi cultura que me predispusiera a ello, ni nada anunciaba en ella un cambio de este orden. Sin embargo, la herida está ahí, tanto en mi espíritu como en el orden confuso de las cosas que, desde hace tiempo, ya no domino”.

Cuestionarse más que cuestionar es el distintivo de este pensador que se ve perdido en medio de la misma arena del desierto. Su confusión no es la confusión del mundo, es la confesión de sí mismo luego de llegar al punto de intersección de dos modelos agotados antes de reproducirse, antes de germinar un paradigma nuevo, es el híbrido resultado de una esterilidad compartida y que se esparce cual arma bacteriológica por los lugares comunes: “… La esquizofrenia no es sólo una situación que me condiciona a pesar de mí mismo, sino que está sostenida por toda una red de signos que me llegan de la vida, de la escuela, de la calle, de la política y de la estupidez insondable que me acogota a lo largo de todo el día”…” Ya puedo ir inventando excusas y buscar chivos expiatorios — capitalismo, multinacional, secuelas devastadoras del colonialismo, sionismo, imperialismo y todos los << ismos>> que se quiera– porque todos estos términos no son sino paliativos con los que me consuelo, sedantes que todavía me sumergen más en mi sueño dogmático”.

La nostalgia por la ingrata condición del exilio producto del disenso intolerable, o mejor aún, del desconocimiento de los “valores democráticos occidentales” en su punto ideal, porque en la realidad <<sólo Dios>> sabe qué es mejor. Daryush lo manifiesta así: ” Vivo de mis contradicciones de manera inocente, cosa de la que no soy responsable, como no lo soy tampoco de esta maldita revolución que me expulsó de mi país. En él no participaba en nada, porque aquello se había convertido en un complot con los imperialistas celosos de ver que nos transformábamos en los japoneses del Oriente Medio. Aparte de que, ¿qué importa todo?, si todo está escrito en el Corán, y la historia, suponiendo que tenga algún sentido, no es sino su pálido comentario. Todo está escrito en nuestras cabezas y todo lo demás se desprende de forma infalible por deducción matemática”

¿Paradojas literarias? ¿Coincidencias metafóricas? ¿Realidades compartidas? ¿Ilusiones perdidas? Ni el poeta más cursi escribió tanto delirio, tanta embriaguez, bueno ni Unamuno se imagino siquiera que otro sentimiento trágico de la vida que no fuera el suyo sería capaz de fabricar tanto suicida. “Todos los edificios fantásticos, todas las doctrinas metafísicas –la iraní, la india, la china–estaban terminados. Todas las grandes arquitecturas religiosas constituían templos de contemplación que desafiaban las leyes de gravedad. Embriagados de Dios hasta el éxtasis y el olvido de nosotros mismos, hicimos de la tierra, del hombre y de las obras de arte los signos inefables de su gloria”. Pero ¡Oh, Dios! “…mientras contemplábamos nuestras obras, los tunantes de Occidente ya estaban preparando la ruina de nuestro mundo. Hete aquí que unos bárbaros emprendedores, volviendo resueltos la espalda a sus propias catedrales, hablaban de cosas extrañas: de la revolución copernicana, del humanismo, de la separación entre fe y saber, del hombre como ser autosuficiente, etc., cosas todas que nos habrían puesto los pelos de punta si hubiésemos estado en condiciones de captar sus consecuencias nefastas. Por suerte no nos hicimos cómplices de ellos. Después, esos infieles comenzaron a fabricar objetos sorprendentes, como cañones y fusiles, y empezaron a surcar nuestros mares con sus perfeccionados barcos a fin de visitarnos. Nosotros, haciendo honor a nuestra hospitalidad, los acogimos con los brazos abiertos”.

Después de la odisea, aquellos, no cien, sino miles de años de soledad por fin llegaban los mágicos espejos que les haría verse de mil formas hasta reafirmar la suya misma: “Nos maravillaron sus juguetes mecánicos, sus descubrimientos técnicos, el ingenio diabólico de sus hechizos, lo que sin duda hubo de complacerlos sobre manera. Para nosotros, musulmanes, que nos beneficiamos de la última revelación de los tiempos proféticos, esos bárbaros no eran más que unos infieles. Con voraz apetito comenzaron a aprender nuestras lenguas, a estudiar nuestras costumbres, a cultivar lo que mucho más tarde se conocería con el nombre de antropología. Éramos, para ellos, temas interesantes, al igual que los objetos que observaban con sus lentes y sus instrumentos”.

Sin duda, cuando todas las funciones humanas están trastocadas y desplazadas, cuando la religión se convierte en algo mercantil y utilitario, cuando la universidad se transforma en un círculo de congregación político-religiosa, la cárcel pasa a ser un lugar donde se estudia y el gobierno un vivero de criminales, la ruptura se convierte en algo sumamente peligrosa, el malentendido domina, la distorsión prevalece, entonces cualquier roce, cualquier contacto puede parecer un ataque a la fe o la razón de ser o deber ser, puede volver a girar el curso de la historia a riesgo de quedarnos con la mirada mutilada. Que haya paz. nigromancias@gmail.com / twitter @JTPETO