REFORMA

Daniel de la Fuente

Cd. de México (08 septiembre 2019). Era abril del 2008, “La Lagartera” llevaba más de la mitad de avance y Monterrey pudo contemplar por meses, tanto en un taller de la Colonia Moderna como al lado del Paseo Santa Lucía, al entonces artista vivo más importante de México laborando con una legión de trabajadores encabezados por el también creador Javier Zarazúa. 

De 67 años, Francisco Toledo llega al restaurante de su hotel como extraviado, con la larga melena entrecana alborotada y la camisa celeste de manga larga que lo acompañó en buena parte de jornadas exhaustivas para realizar esa escultura de 25 metros de largo por 10 de ancho y una altura de 3 metros, única obra pública con esta dimensión del juchiteco.

Toledo, exponente de todas las técnicas visuales, suspira -nunca fue afecto a entrevistas-. Pide una limonada.

-¿Disfruta La Lagartera?

“Tanto como disfrutar no. El trabajo cansa, el trabajo aburre”, musita y alza sus manos abiertas de las que salen sueños, bichos, animales, esqueletos, mitos.

“Originalmente la pieza era como de este tamaño, ¿qué sera?, de 1 metro con 60, 50 centímetros de alto, y ahora es una pieza de unicel, un material muy ingrato, de 30 metros. Lo que era de 20, 40 centímetros ahora es 20 metros, no sé, son proporciones que nunca he manejado”.

-¿Le han llegado solicitudes para hacer obras similares?

“Si llegan las voy a rechazar. Hay una frase de un artista de origen alemán que decía que la proporción de la mano era sagrada y que más allá de esa proporción era gimnasia. Soy de esos pintores para los que la proporción de la mano es muy importante, pero ya utilizar los brazos, todo el cuerpo, las escaleras, es trabajo de mucha fuerza física”.

Un día Zarazúa y su equipo contarán lo que fue trabajar con Toledo: inconforme, el artista llegaba y corregía por entero cosas a las se había dedicado el día anterior. La escultura, sin embargo, fue inaugurada en agosto del 2008.

La agenda del artista en la Ciudad era agotadora.

“A las ocho me hablan del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca para darme recados, quién habló, que no dejé el dinero que debí haber dejado, que se enfermó la señora que hace el aseo, que si la podemos ayudar.

“Luego bajo a desayunar, leo EL NORTE, y a las nueve salgo de aquí para estar a las nueve y media en el trabajo; a veces reparo lo que se resecó demasiado y se cuarteó, el barro no es el barro de Oaxaca y se debe esperar para trabajar, no es la misma consistencia. A veces voy con las gentes de Marco”.

Toledo se ocupaba del IAGO, que ahora depende del INBA, así como a la red de espacios que creó en Oaxaca. También, al proyecto de una retrospectiva en Marco que, sin embargo, no se concretó.

“A ratos pienso que sí (debería estar involucrado en la expo) y a ratos creo que no debería, porque voy a contradecirme en la selección de los curadores, de las piezas, entonces no sé si deba, hay mucho de mi trabajo que no me gusta, no sé cómo le vamos a hacer. Ya veremos cuando esté reunido el material”.

En ese tiempo Toledo estaba atento a los movimientos magisteriales de su tierra: a unos sectores los respaldó. Ya habían pasado las batallas por el McDonald’s en la plaza principal de la capital y por la construcción de un libramiento en el Parque Nacional Benito Juárez.

Faltaba aún para las protestas por el intento de construir un centro de convenciones en el Cerro del Fortín y la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. Su imagen volando el papalote con la imagen de uno de ellos es poderosa.

“Hay una costumbre del sur”, dijo. “Cuando llega el Día de Muertos se vuelan papalotes porque se cree que las almas bajan por el hilo y llegan a tierra para comer las ofrendas; luego, al terminar la fiesta, vuelven a volar. Como a los estudiantes de Ayotzinapa los habían buscado ya bajo tierra y en el agua, enviamos los papalotes a buscarlos al cielo”.

De ese tamaño era Toledo.

-¿Le duele Oaxaca?

“Hay depresión, no sé cuándo termine. Sería exagerado decir que me duele, pero esperemos que esto pase. Lo que pasa en Oaxaca es una cosa y lo que pasa fuera de la ciudad es otra: hay problemas campesinos, de salud. Está atrasado como Guerrero, Chiapas, entonces la solución no se dará sola ni será una sola”.

-¿Ha pensado salir?

“Desde joven salí de casa, a los 12 años, lo mismo a Oaxaca, fui a México. A los 20 años estaba en Europa. Era una vida rodando por ahí que, creo, me gustaba: podía pasar fríos, soledades, pero ahora con la edad tendría que irme a un lugar que se pareciera a Oaxaca, no sé donde sería eso”.

Así, el discípulo de Arturo García Bustos, quien lo enseñó a pintar, y el protegido de Rufino Tamayo, de quien recibió apoyo durante sus años en Europa, alcanzó la inmortalidad llevando a su pueblo consigo a todas partes.

-Los relatos de su padre fueron fundamentales para su imaginario.

“Sí, también de los tíos, la abuela. Como vivimos cerca de la parte veracruzana del Istmo nos acercamos a tradiciones de comunidades que llegaban buscando trabajo: chinos, árabes, japoneses, nahuas, zapotecos”.

-Su encuentro con la cultura…

“Papá nos compró un libro con imágenes de Gustave Doré, Las Cruzadas, y también está la música, la nuestra, de flauta y tambor, y la veracruzana. Hubo un intercambio”.

-Y leyendas.

“Están la del conejo y coyote, pero también he inventado historias y las he recreado con mi hija Natalia, que es poeta. Tratamos de escribir historias que no sabemos cómo terminan, pero que sí sabemos cómo empiezan.

“Por ejemplo, mi padre era niño, hijo de zapatero pobre, que dormía en las pieles de las que salen los cueros para los zapatos. Decía que tenía un sueño que le preocupaba: que su cama se hacía chiquita por las noches y siempre amanecía en el suelo. Yo supe de dónde venía ese sueño: cuando dormía el abuelo cortaba pedazos de su cama para hacer suelas y su cama se hacía pequeña.

“No sé si sea fantástica, pero puede ser una historia, algo. Otra fue que cuando vivíamos a la orilla del río, teníamos luz eléctrica y los insectos caían por las escaleras. Los sapos subían por ellos y cuando amanecía no podíamos abrir la puerta porque estaba detenida por sapos, teníamos que salir con la escoba a barrerlos. Los sapos servían para curaciones curiosas: una vez me contaron de un familiar enfermo al que desnudaban y envolvían en una sábana llena de sapos del río. Era como un calmante”.

-En su obra hay animales con partes humanas, penes, vaginas.

“Brotan, no sé, de acuerdo a mis lecturas, mis vivencias, del arte prehispánico. Curiosamente empecé a hacer arte erótico viendo esculturas de la India en un templo, fue en los 60. Me impactó encontrar en aquel lugar sagrado objetos eróticos, léperos”.

-¿Enfrentó la censura?

“Una señora en París se quejó con la policía porque en dos vitrinas de la galería había cuadros con estas imágenes. Cuando hicimos el Catecismo para indios remisos (con Carlos Monsiváis) pensamos que iba a haber una reacción del clero, pero no. Cuando encontramos esas placas religiosas quise hacer collages como los surrealistas y a la hora de meterlas al ácido éste no ‘comía’ el metal. El impresor se asustó, pensó que era una señal de que estaba haciendo algo malo. Al final se grabó”.

-¿Habrá más trabajos con José Emilio Pacheco (Álbum de zoología)? ¿Con Monsiváis?

“Sí lo hemos pensado (Monsiváis y él), pero se tarda mucho. Hay un proyecto de reescribir Pinocho con nuevas aventuras: es el hijo del carpintero y hace travesuras, cosas equivocadas y tiene aventuras y cosas eróticas, pero es un Pinocho como ecologista, porque es parte de un árbol y el papá como productor de juguetes de madera destruye muchos árboles, entonces al final Pinocho acepta que lo corten en pedazos, pero le retoña todo: la nariz, el pene, y se trasplanta para que vuelva a haber bosque (finalmente el libro aparecería con poemas de Francisco Hernández)”.

-¿Cómo se lleva con sus críticos?

“Conozco sólo a Manrique, Teresa del Conde, Cardoza y Aragón. Recuerdo que los dos estábamos tan atemorizados que casi nadie hablaba”.

-Se ha dicho que es el artista mexicano vivo más importante.

“No sé… me halaga en el momento, pero se me olvida pronto, porque no estoy permanentemente pensando en esas cosas, sino en otras ideas, en temas. Creo que hay otros artistas más importantes en este momento: Gabriel Orozco, ése sí. A lo mejor soy el más popular en Oaxaca, el más conocido en su casa”.

-Ya vienen sus 70 años, ¿cómo se siente?

“Mal, muy mal. Duelen las vértebras, que están desgastadas; la próstata, que de pronto da problemas, la vista, la sordera, que más puedo decir. No, es un desastre. A los 70 llego arrastrándome, apenitas”.

Toledo terminó La Lagartera y, en la cúspide de su arte y fuerza transgresora, murió el jueves pasado. Tenía 79 años.

Cinco años antes, consciente del deterioro en su salud, le dijo a EL NORTE: “No sé cuánto tiempo me quede. Entonces tengo que ir preparando esto, pero también mi casa. Mis huaraches, a ver a quién se los dejo”.

No hubo tal relevo, y seguro tampoco habrá otro igual.

Quedan su imaginario como legado y su espíritu, como papalote, en lo alto de la historia de México.