REFORMA


Yanireth Israde 

Cd. de México (08 septiembre 2019).- Francisco Toledo era una prolífica mazorca, cuya semilla produjo milpas culturales, considera el artista juchiteco Sabino Guisu, nacido en 1986 y quien se asume grano de esa tierra.

“Sembró semillas de maíz por todos lados; algunas ya empezaron a germinar, tanto como sus ideas, sus principios, su filosofía e incluso sus técnicas”, celebra el autor.

Guisu estudió y trabajó en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) fundado por Toledo.

Cuando platicaba con él -“era una enciclopedia andante”- la noche y el sueño se disipaban, evoca.

“Una conversación con el maestro podía llegar al amanecer y nunca terminar. Era tan interesante que se te olvidaba que tenías sueño”.

Toledo calzaba huaraches, tenía arrugas en su camisa, compraba libros, los regalaba, abrazaba causas justas… son rasgos de un hombre auténticamente poderoso, opina Guisu.

“El maestro era un gran ejemplo de la palabra poder: tener el poder no significa tener mucho dinero o tener un control sobre algo o sobre muchas cosas, para mí el concepto de poder es dar, poder ayudar, poder compartir.

“La mayoría actúa por sus intereses personales y no asume el compromiso con la naturaleza, con lo que nos mantiene vivos, que es la madre tierra, y los pueblos originarios tienen este compromiso, es sagrado comer de su propio jardín, pero no tienen el poder y esta voz tan grande para ser escuchados -o a veces son reprimidos-, y cuando eres un artista y tienes este poder mediático, este poder creativo, este poder de palabra, eres como una especie de guerrero de toda esta gente que ha sido invisibilizada, que no se le toma en cuenta en las decisiones del País y del mundo en general. Hablo de los pueblos nativos de África, de Sudamérica, de Estados Unidos…”.

Otra semilla es el también juchiteco Demián Flores, nacido en 1971, quien se forjó como artista al amparo de las iniciativas de Toledo.

“Primero en la Casa de la Cultura de Juchitán y después como estudiante de Artes Visuales de la UNAM, con mis visitas periódicas al Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, donde complementaba mi formación visual”.

Flores fundó en 2006 el Centro Cultural La Curtiduría, “un espacio en la ciudad oaxaqueña que no podría existir sin el aliento y ejemplar seguimiento de las implícitas enseñanzas del maestro Toledo. Él me inculcó que las artes y la cultura humanística nos brindan la posibilidad de tener seres más justos, que contengan la esencia de sus pueblos, de su memoria histórica y de las múltiples dimensiones de la vida y de los sueños que encarnan”.

Flores recuerda la visita que hizo a Toledo, 29 años atrás en su casa, luego convertida en el cine club El Pochote.

“Lo vi trabajar sin decir palabra alguna entre nosotros durante horas en su Jardín de las Delicias. Esta vivencia me motivó a estudiar artes y originó en mí una admiración profunda hacia el maestro que creció día a día”.

José Ángel Santiago también reconoce la huella de Toledo, de quien admiró su brío creativo y su capacidad de trabajo.

“Estar cerca del maestro implicaba un aprendizaje constante”, dice el artista, colaborador del pintor -años atrás- en las instituciones culturales que fundó y que considera uno de sus más notables aportes.

“Marcó mi proceso creativo, mi formación como artista y, claro, como ser humano”, comparte Santiago sobre el hombre que le transmitió, entre otras cosas, el amor por los libros.

“Nací en Juchitán en 1990, y de alguna forma siempre me interesó saber la historia del lugar de donde soy, y eso fue posible gracias a todo el trabajo que el maestro ha llevado a cabo durante varias décadas, desde las revistas Guchachi Reza (Iguana rajada), hasta todo lo relacionado con el rescate y la revalorización de la lengua materna; esto ha marcado significativamente mi obra, porque el zapoteco, en mi caso, es esencial para el conocimiento de nuestra cultura: uno nunca debe olvidarse de donde viene”.

Toledo se esparce, resiste y perdura, como la semilla de maíz auténtico que siempre protegió.