REVISTA R

Francisco Morales V. 

Oaxaca, México (08 septiembre 2019). La ciudad despertó el sábado con una suerte de estupor. Pasados ya los homenajes, los tumultos, las muestras espontáneas de afecto, el copioso llanto y la intempestiva visita de funcionarios federales, ¿había sucedido en verdad? 

Muy temprano, por la mañana, algunos acuden a verificarlo. Ahí siguen las coronas de flores, las veladoras y el moño negro, depositados desde el jueves, como una señal inequívoca de que ni ese día, ni los días que siguen, el pintor más querido de la ciudad, Francisco Toledo, va a regresar al Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO).

Por la calle Macedonio Alcalá, un grupo de muchachas en edad de preparatoria pasan frente al IAGO. Una de ellas, al ver las ofrendas, suspira: “Ay…se murió Toledo”, como teniendo que decirlo en voz alta, otra vez, para cerciorarse de que sí pasó.

En los puestos de artesanías y ropa que se ponen frente a la casona que el artista donó a Oaxaca, los tenderos ya lo extrañan.

“Se la pasaba corriendo por el andador”, dice una de ellas, con nostalgia. “Cuando estaba bueno, no le creías que tenía la edad que tenía”.

Para aquellos habituados a sus recorridos por el centro de la ciudad, la sospecha de que algo no andaba bien con “el maestro” comenzó hace apenas dos meses cuando dejó de aparecerse. Antes de eso, atisbar su estampa enjuta y escuchar el claqueteo de sus huaraches era un placer cotidiano.

El recorrido comenzaba, invariablemente, desde la calle de José María Vigil, donde Toledo vivía desde hace pocos años en una edificación que se conoce como “El Pochote”, pues detrás de una regia construcción de piedra con arcos asoman las copas de este tipo de árboles.

Aun cuando vivía en la calle cercana de Murguía, los trayectos eran similares: de la casa al IAGO, o de la casa hacia el Zócalo, al mismo puesto donde siempre compraba sus periódicos y revistas.

Si uno tenía suerte, por todo el andador turístico se le veía caminar, cuando no decidía tomar otra calle para evitar los tumultos. A nadie, eso sí, le negaba un retrato o una selfie, siempre de pocas palabras, pero amable.

Cuando daba la hora de la salida en la escuela primaria Benito Juárez, a unos pasos del IAGO, cuentan, los niños corrían a saludarlo si se lo topaban. No es difícil imaginar la fascinación que causaba ese hombre sencillo, afable, con camisa y pantalón de manta y cabello largo, cano, y con la barba desaliñada al que, con cariño, algunos le apodaban “El brujo”.

Había, desde luego, motivos para ese cariño hacia quien, habitualmente, daba becas y equipos de cómputo a la Benito Juárez y a la escuela Sor Juana Inés de la Cruz.

“Dio computadoras antes que Murat”, dice, socarrón, uno de los comerciantes frente al IAGO.

Las anécdotas que la gente cuenta sobre Toledo a veces rondan en lo fantástico, pero, siendo quien era, resultan absolutamente creíbles.

Sobre el andador, hacia el Zócalo, por ejemplo, el dependiente de la Librería Grañén Porrúa lo recuerda, además de cuando surtía su biblioteca personal y la del IAGO dos veces por mes, llevando niños y familias enteras a comprar los libros que quisieran o necesitaran.

En el marco de la puerta de entrada a la librería, un moño negro, como los que han aparecido por todo el centro, conmemora estos actos cotidianos de bonhomía.

Por su camino de todos los días, ninguna fachada grita su pérdida tanto como la del Museo de Arte Contemporánea de Oaxaca (MACO), que colgó una lona blanca, gigantesca, que casi llega al suelo con una despedida en castellano y zapoteco: “TOLEDO. ¡Hasta siempre querido maestro! -sicarú guyee-“.

Otros hacen un homenaje más discreto, pero no por ellos menos significativo.

En su fachada, el Centro Cultural Huizache, sede de un colectivo de 70 comunidades de artesanos, se conduele con una idea genial: además del moño negro, dos papalotes de tela absolutamente negra, de luto sincero.

“La mayoría como recuerda al maestro es corriendo en el andador turístico con los papalotes”, explica Maribel Guzmán, integrante de Huizache.

El gesto, en el 2015, fue uno de los más entrañables -que es decir mucho- del artista, cuando corrió por el centro, acompañado de un grupo de niños, volando papalotes con las caras de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

En Toledo, dice Guzmán, la cooperativa encuentra un ejemplo de la tenacidad guerrera que los empuja, día con día, a la afirmación y protección del orgullo oaxaqueño a través de las artesanías.

“Nosotros lo que quisimos hacer es demostrarle que lo que él nos dejó, que el legado que él nos dejó de defender lo que nosotros hacemos va a seguir, aunque él no esté físicamente, porque lo que él nos enseñó, que es a luchar por lo que somos, porque somos oaxaqueños, es lo que él nos demostró, es lo que vamos a seguir haciendo”, declara.

Toledo falta. Los años de verlo caminar por ahí se acumulan y, para sus habituales, comenzaron a pesar desde que se anunció su fallecimiento.

“Yo tengo 36 años y lo conozco desde que tenía yo 5 años”, dice Ángeles Luna, heredera de un añejo puesto de periódicos en los portales del Zócalo.

“Los domingos era muy madrugador. A las ocho, ocho y media, ya estaba por acá, y algunas veces en la tarde, normalmente, entre semana, era en el transcurso de las nueve y doce del día”, recuerda sobre la rutina de tres días a la semana que se interrumpió, de súbito, un mes antes de su fallecimiento.

Y es que si algo queda claro es que, más allá de su obra, de su activismo político o su filantropía cultural, el pintor ya se había vuelto un elemento infaltable de Oaxaca, como un monumento andante.

“Mucha gente aquí como se quedaba viendo y se asombraba y decía “¡Ay, cómo es el maestro Toledo!’, por la forma en que se viste, cómo trae su cabellera, pero igual aquí mucha gente le pedía tomarse fotografías”, dice la vendedora con dificultades para poner los verbos en pasado.

“No lo podíamos creer. Yo tiene…¿qué? Yo creo que un mes que lo vi, a mí se me hace que un mes él vino y me compró sus revistas de historia y arqueología”, explica con añoranza instantánea.

Por esta ciudad de moños negros, de ofrendas florales y suspiros en las calles todavía no se puede creer, y quizá falte mucho tiempo para se haga.

Por lo pronto, desde el momento del anuncio de su muerte, Oaxaca sin Toledo se siente, de alguna extraña manera, un poco menos Oaxaca. Y así va a permanecer.