Sobre la explicación del movimiento de los planetas en el sistema solar, después de una
reunión en enero de 1684, Edmund Halley en algún momento escribió: “me encontré con Sir Christopher Wren y Mr. Hooke, y conversando sobre ello, Mr. Hooke afirmó que todas las leyes de los movimientos celestes debían fundarse sobre ese principio, y que él mismo lo había hecho. Yo confesé el fracaso de mis intentos; y Sir Christopher, para animar la investigación, dijo que nos daría dos meses de plazo para que Mr. Hooke o yo le expusiéramos una demostración convincente de ese hecho y, aparte del honor, aquel de nosotros que lo lograra recibiría un obsequio de 40 chelines. Mr Hooke dijo que ya la tenía, pero que la ocultaría durante algún tiempo, con el fin de que los demás, tras probar y fracasar, la apreciaran en su justo valor cuando la hiciera pública”. 

Sin duda, las matemáticas de Halley no estaban a la altura del enorme reto; aquel problema
solo podría ser resuelto por alguien como Isaac Newton. Si había un ser humano que podía arrojar luz a la oscuridad en la que estaban inmersos era precisamente él. 

La revolucionaria explicación está contenida en Philosophiæ Naturalis Principia
Mathematica, de su autoría; sin duda, obra maestra en la historia de la humanidad. 

En noviembre de ese mismo año, unos meses después de un histórico encuentro, Newton
entregó a Halley nueve páginas escritas en latín, en donde demostraba que la ley del cuadrado inverso implicaba las tres leyes de Kepler. Además, entre aquellas hojas se encontraba una nueva ciencia de la dinámica, afirmaciones acerca de la naturaleza de los cometas y toda una declaración de la ley de la gravitación universal. En aquel monumental manuscrito, las matemáticas explicaban el universo. 

Lo que siguió, fue un empeño inhumano de Halley por que se publicara la obra. Una férrea
lucha porque un libro alcanzara la luz. Después de un altercado con Hooke, a Newton muy poco le interesaba si sus obras se publicaban o no. Edmund asumió los costos de la publicación. La Real Society no tenía recursos. Se los había gastado en la publicación de otras obras. 

Halley, fue capitán de barco, cartógrafo, profesor de geometría en Oxford, astrónomo real
e inventor de una campana de buceo. Con bastante tino, escribió sobre las mareas, el  electromagnetismo, el movimiento de los planetas y, sin mucho acierto sobre los efectos del opio. 

Lo único que no hizo Edmund Halley fue descubrir el cometa que lleva su nombre. Ya con
los descubrimientos de Newton vertidos en los Principia, solo dijo que el cuerpo celeste que había observado en 1682, era el mismo que se había visto en 1456, 1531 y 1607. Dieciséis años después de su muerte fue bautizado con el nombre que lleva hasta hoy día: Cometa Halley. 

Gracias a los empeños de Halley, hoy no podemos imaginar una Tierra sin los Principia de
Newton; piedra angular de nuestra comprensión actual de las estrellas, planetas, cometas y mucho más, tal y como lo expresara hace algunos años el astrónomo Carl Sagan. Una especie de Santo Grial en el desarrollo de las ciencias; palabras más, palabras menos, el testamento central de la ciencia moderna para las generaciones presentes y futuras en el mundo. 

Tuíter: @santiagooctavio