REVISTA R

 
Yanireth IsradeCd. de México (03 noviembre 2019).- Aunque la huella de carbono o contribución de cada persona al calentamiento global debería cesar cuando ésta perece, los entierros o cremaciones tradicionales la incrementan, advierte David Morales, investigador del Instituto de Química de la UNAM. 

La cremación de un individuo equivale, en promedio, al dióxido de carbono -gas de efecto invernadero más común- que produce un viaje de mil kilómetros en automóvil, aunque depende del tipo de cuerpo y el horno empleado, señala el académico.

El proceso de cremación implica energía, mediante gas o electricidad, para efectuar la combustión de organismos preservados con químicos que también, dice, contribuyen a la huella de carbono.

Usualmente, el embalsamamiento para conservar los cuerpos con fines de exhibición recurre, entre otros compuestos químicos, al formaldehído, considerado tóxico, señala Morales.

En 2008, la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud (OMS) clasificó al formaldehído como carcinógeno. Diez años antes, en 1998, la misma OMS advertía que los cadáveres humanos de los cementerios podían causar contaminación de las aguas subterráneas, “no debido a la toxicidad específica que poseen, sino al aumentar las concentraciones de sustancias orgánicas e inorgánicas que ocurren naturalmente a un nivel suficiente para hacer que las aguas subterráneas sean inutilizables o no se puedan consumir”.

El tema de la concentración o sobresaturación en los panteones fue planteado también, en 2017, por Ladislav Smejda, investigador de la Universidad Checa de Ciencias de la Vida. Mientras los cementerios propician sobreconcentración de nutrientes para plantas y animales -pues los cadáveres filtran al suelo, entre otros elementos, hierro, cinc, azufre, calcio y fósforo- en otros lugares de la naturaleza carecen de estos, planteó el científico durante el encuentro de la Unión Europea de Geociencias, realizado en Viena ese año.

“Tal vez”, dijo, “no sea un problema desde nuestra perspectiva actual, pero con una población que crece y crece a nivel mundial, los denominados lugares para el ‘descanso eterno’ podrían convertirse en un problema apremiante en un futuro no muy lejano”.

La sepultura de restos humanos supone, adicionalmente, el uso de toneladas de concreto para lápidas, añade Morales, quien imparte la materia de Química Verde en la UNAM.

Refiere datos de Estados Unidos que cuantifican los materiales asociados a las ceremonias funerarias: 4.3 millones de galones de diferentes compuestos químicos al año para el embalsamamiento; cerca de 90 mil toneladas de hierro, 17 mil toneladas entre bronce y cobre y 1.6 millones de toneladas de concreto reforzado.

“Si lo ponemos en perspectiva, es mucho material involucrado. Por eso digo que al momento de morir esta huella es considerablemente más alta: a pesar de que decidan cremar a una persona tienen que presentarla en un ataúd, que lleva implícito acero, cobre o bronce, telas interiores que suelen ser sintéticas y, en muchas ocasiones, estos féretros, inclusive fabricados en maderas preciosas, se tiran o se queman, sin contar las flores requeridas”, enumera el especialista.

Amontonados en vida y después

Con 15 fallecidos en el mundo -sepultados en su mayoría por cada persona viva, de acuerdo con el Population Reference Bureau de Estados Unidos-, el asunto de los decesos humanos en un planeta ambientalmente degradado propicia crisis políticas, ecológicas y sociales.

Un estudio de 2013 indica que casi la mitad de los cementerios de Inglaterra agotarán el espacio para enterrar en los próximos 20 años.

La ciudad de Londres ha optado por segundos entierros -los restos anteriores se colocan más profundamente dentro de la tumba y la lápida original se reutiliza, dándole vuelta-, propuesta que ha enfrentado movimientos civiles como el organizado en defensa del antiguo cementerio de Camberwell (/http://www.savesouthwarkwoods.org.uk).

En Tokio, capital de Japón dotada de 26 crematorios con lista de espera, se han instalado hoteles para cadáveres, con habitaciones provistas de altares y plataformas diseñadas para contener ataudes, mientras llega el turno.

En Australia, las autoridades decidieron enterrar verticalmente a los cuerpos, una propuesta que México ha replicado en cementerios como el recientemente abierto en Tulum, Quintana Roo.

El País ofrece alternativas para remediar el sobrecupo y la contaminación ambiental, con ataúdes de mimbre, por ejemplo, y urnas biodegradables de sal y arena, entre otros materiales, pero el mayor problema radica en la irregularidad de las compañías que ofrecen servicios funerarios sin cumplir la normatividad.

De los 5 mil establecimientos funerarios en actividad, 60 por ciento opera en la informalidad, 20 por ciento en la mediana informalidad -cumplen algunas normas- y sólo el restante 20 por ciento tiene las condiciones para ofrecer servicios en condiciones adecuadas, con personal capacitado, salas para la preparación de cuerpos, zona de embalsamamiento, carrozas especiales, instalaciones con salidas de emergencia y extinguidores, entre otras medias de protección civil requeridas para recibir al público durante las exequias, informa Manuel Ramírez, director general de la empresa J. García López.

Hasta ahora, las aplicaciones ecológicas para esta industria en México dependen más de la conciencia de los prestadores de servicios funerarios que de las preferencias de la población, dice.

“Estamos aún en pañales. La gente no se inclina por un tema ecológico al momento de llevar un servicio funerario, es muy tradicionalista en este sentido”.

Las urnas ecológicas comercializadas por la compañía, con un costo de alrededor de 8 mil pesos, las elige entre el 12 y el 15 por ciento de sus clientes, revela.

Parte de las medidas ambientales de J. García López prevén la reutilización de ataúdes que se ocupan tanto en inhumaciones como en cremaciones; éstas constituyen el 90 por ciento de los servicios, indica Ramírez.

“En 2019 estamos operando alrededor de 12 mil servicios, imagínate el impacto ambiental si en cada uno vendiéramos un ataúd de madera; la cantidad de árboles destinados para 12 mil ataúdes tendría un impacto considerable en el ecosistema”.

Las personas que contratan estos servicios optan por ataúdes cuyo exterior de madera o metal sirve más de una vez, mientras el interior se renueva.

“Lo que está dentro del ataúd y tiene contacto con el cuerpo es una especie de cartucho que durante la cremación se incinera también”, explica. “Se higieniza el ataúd y se pone un cartucho nuevo”.

J. García López, certificado como industria limpia, opera nueve crematorios en la Ciudad de México, monitoreados por el proveedor estadounidense en Tampa, Florida, para controlar índices de funcionamiento y de emisiones. Los hornos irregulares, en cambio, son chimeneas contaminantes, advierte.

Pero la tecnología de crematorios que filtra el mercurio proveniente de las piezas dentales, disponible en otros países del mundo, aún no se encuentra en México.

“Mucha gente tiene amalgamas dentales, y el mercurio no sólo es carcinogénico, sino teratogénico. Es un compuesto extremadamente tóxico”, apunta al respecto el académico de la UNAM.

“La cantidad que tenemos de este elemento tampoco es tan alto ni todos lo tienen, pero si tomamos un estimado de cuánta gente muere al día, es significativa”, dice Morales.

Abrazo a la tierra

Las alternativas de entierros ecológicos suponen aprender del pasado prehispánico, cuando se envolvían en fibras naturales los cadáveres sin tratamientos que retrasaran su descomposición, considera el experto.

“Los procesos legales y los trámites para los entierros, cremación o cualquier otro procedimiento tendrían que acelerarse, lo mismo que las ceremonias de cuerpo presente, de tal manera que la descomposición, que es un proceso natural, pudiera aprovecharse en los primeros días de muerte de una persona para depositarla de manera íntegra en el suelo. Somos materia orgánica y nos convertiríamos en nutrientes naturales para el suelo.

“No entiendo por qué nuestra tendencia a poner a un ser querido en un ataúd para que el cuerpo se preserve lo más posible, si de todas maneras el proceso de descomposición ocurre”.

O podrían usarse ataúdes ligeros, sin barniz ni telas, para facilitar la degradación, sugiere Morales.

Otra opción es la Aquamación, tecnología empleada desde hace una década en Estados Unidos y Europa, que ofrece en México la empresa funeraria Gayosso para acelerar el proceso de degradación corporal, con el cloro como ingrediente activo.

“Es un compuesto alcalinoextremadamente fuerte, se pone en agua, que se calienta a determinadas temperaturas, y el proceso de aquamación o disolución del tejido blando, excepto el hueso, se lleva a cabo de manera muy rápida. Esto como ventaja trae, por ejemplo, que las prótesis o los marcapasos -que pueden explotar durante una cremación- pueden reciclarse, al menos es lo que dice la gente que se dedica a esto”, detalla Morales.

Se utiliza 90 por ciento menos de energía que la cremación tradicional y emite 160 veces menos de partículas finas, con un costo que varía de acuerdo al servicio de previsión adquirido, informan en la funeraria.

Los huesos se retiran, muelen y los familiares reciben los restos pulverizados, como en la cremación.

Las opciones para las cenizas son tantas como la imaginación lo permita, desde depositarlas en urnas de sal, de arena o de concreto para introducirlas en el fondo del mar, enriquecerlas con semillas para sembrar árboles, colocarlas en discos de vinilo o transformarlas en diamantes.

Paradójicamente, mientras los deudos buscan opciones verdes, desechan toneladas de flores que podrían aplicarse en una composta, sugiere Morales, o donar para reforestación el dinero invertido en arreglos florales.

“Muchas de estas cosas son excesos; cantidad de desechos que dejamos, aparte de nosotros mismos”.