Oaxaca.  Acabamos de celebrar una de las tradiciones más arraigadas en nuestros pueblos: la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Y mira ¡qué cosa!, justo previo a estas fechas, en que celebramos la santidad y la vida eterna, en contraparte nuestros “servidores públicos” han celebrado el “derecho a matar”, al publicarse la reforma que 24 diputados locales aprobaron en septiembre pasado, por la cual se modificaron diversos artículos del Código Penal Local, para permitir el aborto hasta la semana 12 de gestación.

 En el Periódico Oficial del Estado, de fecha 24 de octubre, el Gobernador del Estado publicó esta reforma, a pesar de resultar anticonstitucional, pues nuestra Carta Magna Estatal protege la vida desde la fecundación (art. 12); y también sin importar las miles de firmas que ciudadanos oaxaqueños de distintas regiones del Estado le enviaron para solicitarle que vetara dicha reforma porque no solamente contradice la voluntad del pueblo oaxaqueño que en su gran mayoría ama y respeta la vida, sino que además atenta contra la progresividad de los Derechos Humanos, pues no se debe “ir hacia atrás” en la protección de los derechos fundamentales, en este caso hablamos del más fundamental de los derechos, que es el Derecho a la vida.

 Nuestros “servidores públicos” que, en teoría, han sido electos y rindieron protesta para “cumplir y hacer cumplir la ley”, claramente la están violando. No sólo eso, también creen poder enmendarle la plana a Dios y se creen con derecho de decidir quiénes viven y quiénes no.

 Seguramente ninguno de ellos es católico, porque de serlo sabrían que de acuerdo con el Derecho Canónico “quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”; es decir, incurre por sí mismo en excomunión “automática” de la Iglesia Católica. Recordemos que la excomunión es la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los Sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos, y cuya absolución sólo puede ser concedida por el Papa, el Obispo del lugar o por sacerdotes autorizados por éstos (C.I.C. 1398 y CEC 1463, 2272).

 Por eso no es de extrañar que en Carolina del Sur, el Padre Robert Morey le haya negado la Sagrada Comunión al exvicepresidente estadounidense (de la época de Barack Obama) Joe Biden, por su pública postura en favor del aborto; pues explicó el Padre Robert que “la Sagrada Comunión significa que somos uno con Dios, entre nosotros y con la Iglesia. Nuestras acciones deberían reflejar eso. Cualquier figura pública que defienda el aborto se coloca fuera de la enseñanza de la Iglesia”.

 Mas allá de la pérdida de la gracia, la excomunión implica una ruptura con los vínculos que nos unen a Cristo por medio de su Iglesia; pero es el pecador, y no la Iglesia, quien rompe la comunión. Por eso el Papa San Juan Pablo II recordaba a los miembros de la Penitenciaría Apostólica (el también llamado Tribunal de la Misericordia) que “la disciplina canónica relativa a las censuras, a las irregularidades y a otras determinaciones de índole penal o cautelar, no es efecto de legalismo formalista; al contrario, es ejercicio de misericordia hacia los penitentes para curarlos en el espíritu y por esto las censuras son denominadas medicinales” (Juan Pablo II, Discurso a la Penitenciaría Apostólica de 1990, 15 de marzo de 1990).

 Coincidentemente las lecturas de este día nos recalcan que Dios, delante de quien “el mundo es como un minúsculo grano de arena, pudiendo destruir todo, aparenta que no ve los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse”. Roguemos pues al Señor, por todos aquellos que promueven el aborto, para que Él, “que ama la vida porque su espíritu inmortal está en todos los seres, vaya corrigiendo poco a poco a los que caen, que les reprenda y les traiga a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en Él” (Sab. 11, 22-12, 2); y roguemos también por todos nosotros que amamos y defendemos la vida, que también somos pecadores, para que Dios nos “haga dignos de la vocación a la que nos ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que hemos formado, como lo que ya hemos emprendido por la fe. Así glorificaremos a nuestro Señor Jesús y Él nos glorificará, en la medida en que actúe en nosotros la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor” (2Tes 1, 11-2, 2).¡Que así sea!

Lubia Esperanza Amador.

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