EXPANSIÓN

“El que avisa no traiciona”, dice un dicho que se escucha mucho por estos días, cuando los mexicanos discutimos las políticas del presidente Andrés Manuel López Obrador. Porque sus decisiones a veces parecen extrañas o improvisadas, pero son muy escasas las cosas que hace respecto a las cuales no ha dicho nada antes.

Eso no significa que sus políticas estén rigurosamente diseñadas o bien implementadas. Tampoco que estén produciendo resultados deseables. El punto, más bien, es que AMLO “avisa” y, en esa medida, no se le puede reprochar que “traicione”; es decir, que no cumpla con su palabra o que cambie de parecer. La tesis implícita es que no cabe llamarse a sorpresa: AMLO ha hecho lo que ha dicho que iba a hacer.

Múltiples ejemplos corroboran dicha tesis. La cancelación, a pesar de los miles de millones de dólares en costos, del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. Los despidos y recortes de servidores públicos especializados y con experiencia, con todo y las afectaciones que ello implica para las capacidades administrativas del propio gobierno. La reasignación de recursos para financiar más programas de política social, aunque no haya medidas que garanticen la calidad de dicho gasto. La concentración de su política energética en el petróleo, en abierto desdén a sus efectos medioambientales y sin contar con un plan viable de negocios. Su hostilidad contra los órganos autónomos, particularmente el Instituto Nacional Electoral, aunque este haya organizado la elección menos impugnada en la historia de la democracia mexicana, la misma elección que lo llevó a la presidencia. En suma, y para decirlo con una expresión que suelen utilizar los estadounidenses, AMLO no está “pivoteando”.

Sin embargo, hay un caso emblemático y elocuente que contradice el argumento de que AMLO ha hecho exactamente lo que dijo que iba a hacer: la relación con Estados Unidos. En ningún otro tema es tan evidente que AMLO ha tenido que cambiar, que actuar de un modo distinto al que su retórica anticipaba. Este es, quizás, el disuasivo más grande, la restricción más estricta, la acotación más importante con la que AMLO ha tenido que habérselas en su primer año de gobierno.

Antes de la campaña de 2018, AMLO era muy crítico de la hostilidad de Trump contra México y los mexicanos, de su política migratoria, y de lo que llamó el “silencio cómplice” del entonces presidente Peña Nieto. Incluso publicó un libro (Oye Trump. Propuestas y acciones en defensa de los migrantes en Estados Unidos) en el que no escatimaba adjetivos para Trump y los trumpistas –demagogos, xenófobos, neofascistas– y en el que aseguraba que actuaría “en defensa de los derechos humanos de nuestros paisanos y de todos los migrantes del mundo”. También prometió que se opondría “a la creación del muro, a las deportaciones y a la toma de decisiones unilaterales y prepotentes en materia de libre comercio”. Y durante el segundo debate dijo que cuando el presidente mexicano fuera honesto y tuviera autoridad moral Trump aprendería a respetar a México.

Durante los primeros meses de su gobierno, AMLO comenzó a impulsar una nueva política respecto a la migración centroamericana, misma que fue caracterizada como más justa, abierta y humanitaria. No obstante, cuando esa política respecto a la frontera sur empezó a generar fricciones con Estados Unidos por sus efectos en la frontera norte, Trump amenazó con imponer aranceles a productos mexicanos si López Obrador no hacía más por reducir significativamente esos nuevos flujos migratorios. El presidente mexicano accedió de inmediato, abandonando su política inicial y adoptando otra mucho más acorde con la que exigió Trump.

Recientemente, a raíz de la masacre de nueve integrantes de la familia LeBarón en Chihuahua, Trump lanzó una nueva amenaza: declarar a los cárteles del narcotráfico organizaciones terroristas. Como han escrito ya varios observadores, es poco probable que lo haga, pero es casi seguro que a cambio de no hacerlo exija cambios en la política de seguridad “pacifista”, por llamarla de algún modo, que ha promovido AMLO. ¿Cederá de nuevo?

En el contexto de su primer año de gobierno, y comparada con otros contrapesos formales o informales (el Poder Judicial, la prensa, el Congreso, la sociedad civil, los “mercados”, la burocracia o el sector privado), resulta evidente que no hay ninguna otra instancia que le imponga límites más efectivos a la autodenominada “cuarta transformación” que la relación con Estados Unidos. En ningún otro flanco ha tenido que desdecirse tanto AMLO, incluso a costa de tragarse sus palabras o de incumplir sus promesas, como con el presidente de Estados Unidos.