Con el desarrollo no homogéneo de las civilizaciones en diferentes regiones en este
mundo; mientras algunos grupos seguían cazando y recolectando, otros consolidaban imperios y tenían revoluciones industriales. Estamos convencidos hoy de que, la afirmación anterior muy poco tiene que ver con genética, creencias, actitudes o seres humanos grandiosos; más bien, es una simple cuestión de geografía. Esto permitió por ejemplo que, aunque los chinos fueran excelentes marinos en el siglo XV no pudieran colonizar América porque, a los españoles les quedaba más cerca. 

En medio milenio de esta era, los grandes imperios de Europa, desde Roma en el oeste,
hasta Han en el este, cayeron y, los cambios políticos transformaron nuevamente la geografía mundial. Para el caso específico de Asia oriental, el crecimiento de China, Corea y Japón en esta región del mundo es desde siempre, una historia de encuentros y desencuentros; las guerras chino-japonesas de los siglos XIX y XX; y obviamente, las fricciones entre China y Japón antes, durante y, después de la Segunda Guerra Mundial. 

Independientemente de cercanías y distancias; de influencias recíprocas; en el nuevo
reacomodo de las piezas en el tablero de ajedrez que representa la economía y la política en el mundo; es claro que occidente está muy pendiente del crecimiento de los países de Asia oriental, particularmente de estos tres: Corea, Japón y China porque, en la medida en la que vaya avanzando esta generación, muy probablemente para la mitad de este siglo XXI, el poder y la riqueza se trasladarán a través del Pacífico de Estados Unidos a China. 

Estas tres naciones, sin definir una linealidad en el tiempo, aprovecharon las
potencialidades de los territorios en donde se establecieron para convertirse en los poderíos que actualmente representan en el concierto de las naciones. 

De Japón, hay que ver la determinación por mantener sus ideales en la Segunda Guerra
Mundial; el arrojo de bombardear Pearl Harbor aquella mañana de 1941; su entereza por pelear en inferioridad de fuerzas, hasta el último momento contra los yanquis en esas enormes batallas en el pacífico, después del riposte estadounidense que representó el bombardeo a Tokio en aquella famosa Operación Dolittle en abril de 1942. Para puntualizar: occidente observa a Japón, lo hace en parte por su avanzada tecnología que lo ha convertido en el gigante de los videojuegos en el mundo; por la altura de sus edificaciones; por la magnificencia de sus templos; o por la zona cero en Iroshima y Nagasaki; pero también, por la nobleza y el honor de sus mujeres y hombres y, por sus tradiciones y costumbres milenarias. Japón enseñó al mundo después de mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado lo que un pueblo puede hacer, sí con ayuda de los vencedores, para levantarse prácticamente de las cenizas y convertirse en lo que es actualmente: un gigante de la tecnología con un poder económico impresionante en el Asia oriental. 

Más cerca de nuestro tiempo, la modernidad en China significó abrirse al libre mercado e
introducir ferrocarriles veloces; en Japón se transitó a una democracia liberal representativa; y, en Corea se logró la industrialización al estilo estadounidense. Todo este crecimiento y modernización, representa niveles envidiables hasta para las sociedades occidentales; sin embargo, a pesar de todo ello, estos tres países mantienen todavía sus profundas ideas tradicionalistas. 

Diversos internacionalistas, ante las crisis recurrentes entre México y los Estados Unidos
por alguna u otra razón: asuntos migratorios, aumentos de cobros arancelarios, vetos a productos, violaciones a los derechos humanos, letras chiquitas en tratados internacionales, etc., han sugerido a los gobiernos en turno de nuestro país voltear más los ojos a Asia ¿Por qué? Porque, palabras más, palabras menos, con influencias y relaciones múltiples; encuentros y desencuentros; hasta nuestros días, es necesario puntualizar que, estos tres países como parte de Asia Oriental, junto con Norteamérica y Europa, son desde el inicio de este siglo XXI, uno de los tres más grandes centros de riqueza y poder globales del mundo. 

Puntualicemos: los riesgos para el mundo quizá en un futuro, de no seguir los
contrapesos como hasta ahora están definidos sería, el surgimiento de un probable tercer conflicto bélico global que, con el nivel de avances en la tecnología de guerra, nadie en su sano juicio desearía. 

Tuíter: @santiagooctavio