En una apacible tarde de noviembre de 1572, el danés Tycho Brahe observó en el cielo una estrella más brillante que las luces tenues de otros astros; una que no tendría por qué estar ahí. Si alguien conocía los cielos, era precisamente él. Aristóteles alguna vez había afirmado que en el firmamento no eran posibles los cambios; que aquello era inamovible.  

Los conocimientos de Brahe sobre el cosmos, le permitieron pensar que aquel intruso no se encontraba en la alta atmosfera sino en la inmensidad de los cielos; sin duda, todo un milagro que tendría forzosamente que ser descifrado. El astrónomo era protestante, sostenía que los milagros habían terminado; lo que, convirtió aquello en una misión casi imposible para él. El brillo de aquel cuerpo celeste se impuso al de Venus; incluso, se pudo ver de día por los rumbos de la constelación de Casiopea, que hoy sabemos está a 46 años luz de distancia de la Tierra. Hasta nuestros días, también conocemos que aquello era una explosión de muerte de una supernova y, finalmente para la mayoría de las mujeres y hombres de ciencia de la actualidad, representa el inicio de la revolución científica en el mundo porque, la filosofía aristotélica no tenía explicación para el inusual suceso.

Algunos otros estudiosos señalan como fechas claves del inicio de esta revolución: 1543, cuando el clérigo polaco Nicolás Copérnico publicó, Las Revoluciones de los Orbes Celestes; en el mismo año, La Fábrica del Cuerpo Humano, de Andrea Vesalio; y 1687, con la publicación de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural, de Isaac Newton.

Cualquiera que haya sido la punta de lanza; este movimiento revolucionario, llevó a la ruina el esquema medieval del cosmos y dio lugar a una nueva visión de un universo abierto y ajeno a cualquier tipo de jerarquía.

Desde aquella mitad del siglo XVI la Tierra quedó inmersa en una enorme revolución del intelecto y de las ciencias que han cambiado la naturaleza del saber, la comprensión del universo y, las capacidades de entendimiento de mujeres y hombres en el mundo.

¿Cuánto durará esta revolución? ¿Alguien puede saberlo? Si las naciones, aún con altibajos en la comunicación se siguen entendiendo como hasta hoy y, en un futuro no aparece algún conflicto nuclear; parece ser que la vida como la conocemos actualmente, colapsará por un desastre ecológico.

Según diversos autores, esta revolución se extendió al menos a lo largo de dos siglos: el XVI y el XVII; algunos otros afirman que es un movimiento vigente hasta nuestros días con los nuevos descubrimientos en todas las ramas de las ciencias. El tema es muy apasionante porque, historiadores y filósofos han estado en desacuerdo en cuanto a la etapa histórica en la que inició y se desarrolló este movimiento revolucionario.

El desarrollo científico vivió tiempos muy complicados por la iglesia católica dominante en gran parte de la geografía mundial; cuando pudo avanzar, las capas de la sociedad experimentaron el progresivo abandono del antiguo criterio de autoridad para explicar los fenómenos de la naturaleza; sin que ello representase forzosamente, una oposición a las creencias o enseñanzas de la religión en contra de lo que pudiera pensarse a primera vista.

Con todas las afirmaciones anteriores concluimos: la revolución científica ha ocurrido una sola vez: a fines del siglo XVI y primera mitad del siglo XVII, transformó irreversiblemente a la ciencia y, cambió la visión total del mundo en una etapa de transición de la oscuridad de la edad media, a la luz de la era moderna en la que actualmente convivimos.

Tuíter: @santiagooctavio