LA JORNADA

Ángeles González Gamio

L
os que no se cuecen al primer hervor recordarán esa pegajosa canción que enaltecía los gozos que ofrece el mar, la playa, el calorcito. Nos vino a la mente en reciente visita a Huatulco, subyugante lugar de antigua historia que tiene el encanto especial de nueve bahías, cada una con su particular encanto. 

Una de ellas, La Entrega, obtuvo su nombre debido a que después de la guerra de Independencia el entonces presidente de México, general Vicente Guerrero, fue trasladado con engaños a un barco que atracó en esa bahía. Ahí lo entregaron el 30 de enero de 1831 a sus enemigos, quienes lo condujeron a la ciudad de Oaxaca donde fue ejecutado.

El significado de Huatulco, Coatulco o Guatulco es lugar donde se adora o reverencia al madero; existe la leyenda de una cruz que dejó en el sitio, más de mil 500 años antes de la llegada de los españoles, un viejo hombre blanco con largos cabellos y barba que llegó por el mar. Se cuenta que la cruz permaneció por siglos y era objeto de gran veneración.

Como gobernador de Oaxaca Benito Juárez recorrió la costa del Pacífico en 1850 y fundó la Villa de Crespo, en lo que hoy es Huatulco. En 1969 el gobierno mexicano desarrolló una política de intenso impulso al turismo, en particular a los destinos de playa. Se exploraron las costas en busca de sitios propicios para la creación de desarrollos integrales, uno de ellos fue Huatulco, que tenía características óptimas con sus nueve bahías naturales.

Al empezar el proyecto en 1983, la bahía Santa Cruz –cuyos pobladores se dedicaban a la agricultura y a la pesca de subsistencia– era el principal asentamiento humano. Tuvieron el acierto de no permitir construcciones de más de tres pisos para que conservaran el aspecto de pueblo y se suponía que no se iban a permitir sobre las playas, con el fin de que quedaran accesibles a todo el público. Esto último no se respetó y en una zona se levantan los hoteles y fraccionamientos de lujo con sus playas reservadas.

La zona estuvo poblada desde el año 900 aC a 1000 dC, o sea, hablamos de hace más de mil años. De eso quedan interesantes vestigios que se pueden visitar en el parque ecoarqueológico de Bocana Copalita, de reciente apertura al público. El recorrido es fascinante porque, además de las edificaciones prehispánicas, se disfruta de la vegetación selvática y animales que si pone atención puede apreciar entre la maleza.

El sitio está extraordinariamente bien cuidado, con instalaciones bellas y modernas con un pequeño museo. Se realizó una calzada de lajas que es una obra de arte y recuerda las viejas vías romanas; recorre la zona arqueológica, la selvática y lo conduce hasta lo alto de la cima desde donde se admira muchos metros abajo, la Bocana del río Copalita en su encuentro con el mar.

El sitio lo conserva Fonatur y lo arqueológico el INAH, que recientemente dio inicio a una nueva etapa de investigación y restauración. Entre otras se trabaja el que se piensa que fue el templo mayor. Esperan obtener nuevos datos sobre la sociedad que ejerció el poder porque los investigadores creen que aquí residió la clase gobernante. Ahora se aprecian el juego de pelota, en la porción central del predio, así como un edificio al sur, un monumento, restos de terrazas, plataformas y estructuras. Una piedra popularmente conocida como de los sacrificios está al borde del acantilado, con una vista espectacular que domina la costa.

En todas las playas se comen ricos mariscos y antojitos bajo frescas palapas; para la cena de despedida puede ir al Mercader Sabores del Mundo, encantador restaurancito muy sencillo y con céntrica ubicación en La Crucecita. Sus dueños son una pareja de chefs oriundos de la Ciudad de México: Braulio y Francia, viajeros incansables, tienen una carta suculenta y original formada por los platillos que más les han gustado de distintos continentes.