Olvidarse, desde luego, de los lugares comunes, mitos y hechos sobrenaturales, que si bien forma otros espacios del conocimiento y de influencia sobre el político, lo inicial es la razón y la observación. Al menos la inteligencia así lo ordena.

El pleno dominio de los saberes de la razón, condición de la modernidad, así como de los poderes de la sensibilidad, conduce al político hacia la perfección como persona y como político. De verdad, la falta de sensibilidad, de tacto y de cortesía define al político de la actualidad, eso es grave.

El político no debe olvidar que tanto es válida la visión empírica y materialista, en el sentido de que se actúa de acuerdo a la información que llega por los sentidos, como la visión abstracta, es decir, la racionalista e idealista, que parte de categorías y conceptos. Partir de lo concreto y elevarse a lo abstracto y volver a lo concreto, pero pensado, es el ejercicio cotidiano del político.

El problema de nuestro tiempo para el político es la falta de formación en ambos campos, el justo medio entre la racionalidad, empirismo, humanismo es el camino adecuado para ser un político completo. Inclinarse por cualquiera de estos campos genera en el político distorsiones difíciles de salvar, al final, lo paga la población.

Humanistas, racionales y experimentados son los dones necesarios para los políticos modernos, en cambio de ello, tenemos una masa de políticos prejuiciosos, excéntricos y vanidosos. Al ser de esta manera el político se aleja de los comunes, como se decía en la edad media.

El ser humano y el político en lo particular, debe estar consciente que no es posible arribar a la realidad total con los conceptos y el lenguaje, puesto que estos son limitados. Surge entonces la cuestión, de qué manera el político puede abordar la realidad, dada esta limitación.

 Su comprensión de la realidad solo le será posible, además de los conceptos, categorías de la ciencia y del lenguaje, a partir de la calma y de la serenidad, esto ayuda mucho en los momentos de mayor contingencia.

La meditación diaria para los políticos orientales ha sido un medio extraordinario para la alimentación de buenas relaciones políticas. Por lo que se sabe, los políticos occidentales rehúyen de este medio para la realización de sus actividades.

 La serenidad y la tranquilidad se pueden obtener viviendo de manera simple, natural y satisfactoria, acorde a la armonía natural de las cosas y al ritmo que demande la naturaleza.

El problema es que los políticos se han alejado de la naturaleza y de la naturaleza de las cosas, que pueden ser divinas, míticas y racionales. Vivir fuera del orden y armonía de las cosas obliga al político querer desafiar la lógica natural de la existencia, he aquí, la tendencia hacia el caos en los Estados.

 Si el político vive y actúa al ritmo y a la lógica natural de las cosas, que para empezar son simples, pero si rompe con esta manera de vivir y de actuar, complicándolas, creando demasiadas leyes y normas, así como estructuras burocráticas, recurriendo a medios lejanos a la democracia, asimismo, por su complejos mentales, por su visión distorsionada, seguramente acabará conduciendo su vida y la vida de la gente al debacle, a la fuerza y a la violencia.

 Todo político debe de descubrir primero la simplicidad del mundo y de la realidad política, es una obligación primaria, ni más ni menos. Si no puede ver lo simple, si no se prepara, se forma, mucho menos podrá entender las cosas complicadas. En política, para contar siempre se inicia por el cero, luego el uno. Sin embargo, muchos empiezan por el diez, como las escaleras, de arriba abajo. Tal como todo, para engrandecer una nación se empieza por las personas por la Revolución de las conciencias.