Oaxaca.- La historia vende, no se requiere demasiada fe para estar de acuerdo con ella. Los asiduos visitantes a librerías y bibliotecas, quienes sean adictos a los documentales y a las series de televisión históricas, al cine o que frecuenten quioscos de revistas, coincidirán en que la historia ha de vender; si no ¿Por qué hay tanta en el mercado? 

Las historias que se leen en esta época son simples. El lector de hoy, es mucho más activo: elabora reseñas, se mete en los detalles, indaga en los buscadores de las computadoras: nombres, autores, fechas, situaciones o datos que saltan a la luz en libros diversos, películas del género o en los canales de historia de la televisión de paga. 

Indudablemente, toda buena historia depende del rigor metodológico de toda la investigación que, es base fundamental de la misma; y es necesariamente, la explicación de los mecanismos utilizados para el análisis de la problemática de todo un proyecto. En los terrenos de esta ciencia, probar o desmentir algún acontecimiento es apasionante y a la vez complicado.

Investigar a la ligera un acontecimiento puede dar como resultado alguna publicación a lo mejor con prosa muy digerible, con excelente redacción pero, con muy poco contenido histórico que, podrá servir quizá como una lectura de fin de semana; pero, no como un referente en la materia para las futuras generaciones. Definir aquí si lo que la historiografía profesional hace es bueno o malo, se puede hacer; lo que no se puede realizar es, calcular el impacto que esto produce sobre el lector común; ello depende, directamente de la profundidad y calidad de una investigación

Las narraciones históricas de muchos países en el mundo, se han contado mejor desde la perspectiva del gran conquistador, del osado estratega militar, del débil resistiendo al fuerte, del oprimido enfrentando al invasor, del cambio político estructural. Para el caso particular de nuestro México, desde ese arraigado y apasionado sentimentalismo del presidente indígena acompañado de un grupo brillante de liberales desafiando a un imperio; y claro está, desde las tres transformaciones importantes por las que hemos transitado, desde la lucha por la independencia, hasta la revolución mexicana.

La historia de nuestro país en muchas de sus etapas se labró en la férrea pelea por la búsqueda de mejores condiciones de vida para mexicanas y mexicanos y, también en los paredones de fusilamiento. Hoy más que nunca, tenemos que asentar que estas narrativas son parte de las líneas a veces impensables, cotidianas e inusuales que se agolpan para dar forma y rostro a la nación que hoy tenemos.

Efectivamente, la historia por sí sola vende pero, no hay que abusar del gusto del público. Cada vez es más difícil publicar historias muy documentadas. Hoy, son muy comunes aquellas inundadas de artilugios, con actos de súper héroes, provocaciones y complicaciones; esas que utilizan nombres raros o teorías exóticas y entreveradas.

A pesar de su incomprensible clase política, de sus recientes y marcados vaivenes económicos, de sus inefables administraciones gubernamentales, de su tormentosa relación con los Estados Unidos y, de sus profundos contrastes sociales, México no podría comprenderse sin sus historias fascinantes. 

A quienes les conmueve la buena historia saben que esta a veces incomoda, cuestiona, confronta identidades, creencias y amores; por ello, para entender el mundo en el que vivimos, no hay que ver el vestido de la historia; hay que ir al fondo de la misma; ese fundamento que nos dice que en nuestro país, está escrita en las calles, en el viento, en la sierra, en la selva, en la costa, en los valles y, en todo nuestro torrente sanguíneo. 

Tuíter: @santiagooctavio