*”Yo soy la Luz del Mundo” (Jn 8, 12), dice Jesús.*

    Hoy celebramos una de las fiestas más arraigadas en la religiosidad popular, me refiero a la Presentación de Nuestro Señor, comúnmente conocida como la “Candelaria”, palabra que proviene del Latín “candela” que significa “vela”; pues tal como lo dijo Simeón y lo repite san Juan: Cristo es la Candela, la Luz del Mundo (Lc 2, 32 y Jn 8, 12).

    San Lucas nos narra que a los cuarenta días del Nacimiento del Niño Jesús, según los ritos que establecía la Ley de Moisés (Lev 12, 1-8), la Sagrada Familia acudió al templo para la purificación de María Santísima y la Presentación del Niño Jesús para consagrárselo al Señor, por tratarse del primogénito varón (de este acontecimiento nació la hermosa costumbre de presentar a nuestros hijos al Templo, para consagrárselos a Dios). San José y la Santísima Virgen María entregaron para el sacrificio una pareja de tórtolas, que era la ofrenda que daba la gente pobre; ahí encontraron a Simeón, un piadoso sacerdote anciano, a quien Dios le había dicho que no moriría antes de haber visto al Mesías; Simeón tomó en sus brazos al Niño y bendijo a Dios diciendo que ya podía morir en paz, pues ya había visto al Salvador que Dios preparó y ofreció a todos los pueblos, la Luz que se revelaría a las naciones y Gloria de su pueblo Israel; también bendijo a los padres y le auguró a María Santísima que una espada le atravesaría el alma (Lc 2, 22 – 35).

    Existe también una advocación mariana llamada “Nuestra Señora de la Candelaria”, Patrona de muchos pueblos, ciudades y países, pero especialmente lo es de las Islas Canarias, en España, en donde apareció su imagen alrededor del año 1400, cuando el Archipiélago Canario aún no era conquistado por los españoles. La imagen de Nuestra Señora de la Candelaria trae en brazos al Niño Jesús, pues es Ella quien presentó a Jesús en el Templo, junto con San José, y es Ella nuestro modelo y guía en el camino hacia su Hijo Jesucristo quien es la Luz del Mundo, por eso quien sigue a Jesús no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz y vida (Jn 8, 12).

    Lo importante de la fiesta de “la Candelaria” y de todas las demás fiestas religiosas, es conservar su verdadero sentido, no limitarnos a costumbres superficiales que hasta corren el riesgo de degenerar en actos de superstición (como vestir al Niño Dios de “ángel de la abundancia”, por ejemplo). Es muy agradable ver cómo el día de la Candelaria se abarrotan los templos de todo el país, pues los católicos acudimos en masa para llevar nuestras imágenes del Niño Jesús a bendecir; pero sería aún mejor que con ese mismo ánimo y con mayor devoción, también llenáramos a lo largo de todo el año nuestros templos, para participar de la Santa Misa (al menos cada domingo), pues ahí está Jesús en la Eucaristía, esperándonos, y no solamente en una imagen bendecida, sino verdaderamente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

    Además, hay una iniciativa que consiste en que el dinero que gastaríamos en comprarle un trajecito especial a nuestra imagen del Niño Dios (que seguramente tiene ya una ropita digna), mejor lo utilicemos para vestir a un niño de carne y hueso, que no tenga ropita, pues ahí está Jesús sufriendo de frío; recordemos lo que Él mismo dijo: “Anduve sin ropas y me vistieron” (Mt 25, 36). También Jesús nos prometió la recompensa: “Entonces el Rey dirá a los que están a su derecha: Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo” (Mt 25, 34). ¡Que así sea!

LUBIA ESPERANZA AMADOR.

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