La culpa no es exclusivamente de políticos, gobernantes y empresarios, la sociedad entera (lo mismo el pueblo bueno y sabio que las clases medias y obreros que ya no se tragan el cuento) es corresponsable de lo que sucede en México, porque no ha aprendido a exigir rendición de cuentas, ni ha encontrado la manera de, al menos, ponerlos de patitas en la calle, ya que no puede encerrarlos en una mazmorra.

Así es que no podemos lamentarnos y mucho menos quejarnos. Es necesario establecer método, día y hora para la rendición de cuentas, con absoluta transparencia, y hay que empezar a exigirlo ya, porque viven y cobran del dinero con el que contribuimos al monto de los recursos fiscales. Realmente más que nuestros representantes, debemos verlos como a nuestros empleados, y supervisarlos de esa manera. ¿Aprenderemos a ponerlos en su lugar? No son los que mandan, el mandato constitucional emana del voto, de la confianza de los ciudadanos en ellos, pero traicionan, una y otra vez, ese depósito de fe y esperanza en que habrían de gobernar.

Un proceso de control del Poder Ejecutivo sobre los otros poderes, y, además, ensayo y error del camino de desarticulación del sistema de partidos y del organismo electoral, con la idea de importar un peronismo fuera de tiempo y uso, pero tropicalizado, para que el “justicialismo a la mexicana” sea aceptado y patrocinado por el México bueno y sabio.

Así tenemos la joya más preciada del México moderno y democrático que es el Instituto Nacional Electoral, antes IFE. Largas y fuertes luchas de varios demócratas mexicanos de diversos partidos de oposición lograron doblegar la mano autoritaria del presidente Salinas de Gortari para dar luz verde a la creación de una institución independiente formada por ciudadanos, que le proporcionaran certeza y respetabilidad a todo proceso electoral. Desde su establecimiento, el elector acude con mayor confianza a ejercer su derecho. Confía en las autoridades y no cuando el secretario de Gobernación era quien presidía todo proceso electoral. Incluso su firma iba en la credencial para votar. Flagrante caso de juez y parte. Ahora existe la acechanza sobre el INE: se pretende debilitarlo para introducir en él personas a modo que puedan llegar a definir un resultado electoral.

En este mes de febrero de 2020, el Consejo General del INE ratificó como su secretario ejecutivo a Edmundo Jacobo Molina, posición desde la cual se hace posible el funcionamiento institucional y la operación de las elecciones. Es el cargo más complicado dentro de lo complejo de la institución. Quien desempeñe esta posición debe contar con una impecable trayectoria, como la tiene el señor Molina, y además, con la aceptación y reconocimiento de los partidos. El funcionario pasó por la academia en la UAM, por el Instituto Mexicano del Petróleo.

Llegó a las tareas electorales en la década antepasada, como secretario ejecutivo del entonces IFE. Hace seis años fue designado por este Consejo General para el mismo cargo, ahora como INE. Es un hombre de amplia trayectoria institucional y política, apartidista, que desde la década de los años 70, cuando en México predominaba el autoritarismo y la ausencia de libertades políticas plenas, dedicó su causa a la edificación del sindicalismo en las universidades públicas. Su cargo ha sido conducido con serenidad y firmeza, discreción, eficiencia, eficacia y honestidad. Ahora existe un intento de captura institucional. Bloquear al secretario ejecutivo implicaría la parálisis institucional a meses de que inicie el proceso electoral más trascendente de la historia, donde se renovarán Congresos locales, los ayuntamientos, 15 gobernaciones y la Cámara de Diputados.

Ergo, en el ensayo de Tatiana Rincón-Covelli sobre justicia transicional, asienta que la democracia, en cuanto instauración de un solo juego posible, implica una transformación en el plano de las representaciones sociales o, dicho en términos más generales, de la cultura”. Y sí, a buen entendedor pocas palabras, en eso se empeñan, por eso es necesario desestructurar a la UNAM y al INE

Jugadas de la Vida.

Un aventurero de Nueva Orleans contrató a unos piratas para rescatar a Napoleón de su prisión en la Isla de Santa Elena.

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