La gran Marie Curie murió en 1934 por una anemia aplásica. Este trastorno impide la generación de células sanguíneas en la médula ósea, probablemente generada por la radiación y contaminación a las que estuvo expuesta durante sus años pioneros en los estudios sobre la radiactividad. Antes, en 1898, Madame había aislado por primera vez el Radio (Ra), el elemento número 88 de la tabla periódica en estado puro.

En 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial; ese mismo año, también inició la terrible historia de las chicas del Radio. La empresa “Radium Luminous Material Corporation” de Nueva York, se dedicaba a la aplicación comercial de pintura luminosa, hecha a partir de sus fórmulas patentadas, principalmente en diales de relojes; ello es, en carátulas y manecillas para que, sus usuarios finales, pudieran ver la hora en lugares oscuros. La combinación de sulfuro de Zinc, pegamento y Radio, un invento de William J. Hammer, produce una mezcla de enorme luminiscencia verde y, fue esa precisamente, la que se usó durante décadas en la fabricación de aquellos relojes.

En 1917, los Estados Unidos ingresaron a la Primera Guerra Mundial, la “Radium Luminous” se expandió con contratos militares para pintar objetos de campo para el ejército, como los mismos relojes, velocímetros para autos y puntos de mira para armas de fuego. Para 1923, convertida ya en “United Estates Radium Corporation” sufrió una reestructuración teniendo como director al Dr. Victor Franz Hess, quien a la postre sería galardonado con el Premio Nobel de Física del 36, por su descubrimiento de la radiación cósmica.

La empresa creció y en todos esos años se contrataron específicamente a mujeres jóvenes con manos pequeñas, para pintar con pinceles de pelo de camello, a mano, tales objetos; además, ofrecían un sueldo que estaba por encima de la media de la época. La fórmula que utilizaba la “Radium Corporation” conocida como “Undark” probablemente fue la más venenosa por su alta concentración de Radio. Los métodos criminales para las empleadas pasaban porque, la empresa les recomendaba que cuando los pinceles perdieran cohesión, los mojaran con sus labios para poder impregnar nuevamente la pintura para aquellos utensilios que comercializaban.

Al término de las jornadas laborales, las chicas brillaban por la dañina radiación, tanto que, muchas llevaban sus vestidos para que brillasen en la noche y así acudían a los bailes en compañía de sus familias; muchas de ellas, se impregnaron los dientes del material venenoso por la luminiscencia que causaba el mismo. Un relato macabro sin duda, pero el resultado del envenenamiento radiactivo que sufrieron durante muchos años sin que tuvieran la menor idea de ello.

A una cajera de un banco que había trabajado en la fábrica, llamada Grace Fryer, se le cayeron los dientes sin una razón aparente. Con ayuda de una máquina primitiva de rayos X se observó en ella una degradación ósea nunca antes vista: su mandíbula tenía pequeños agujeros dispersos, similares al de una madera carcomida por polilla, como si estuviera en un estado de putrefacción. Con el paso del tiempo surgieron más casos, se estableció que todas habían trabajado alguna vez para la “Radium Corporation” como pintoras. Grace, en un acto desesperado, buscó a sus excompañeras y las encontró moribundas o muertas por contaminación radiactiva; no obstante, logró convencer a cuatro de ellas para que juntas entablaran una demanda histórica que se inició en 1927 asesoradas por el joven abogado Raymond Berry.

La empresa contratista del ejército de los Estados Unidos hizo todo lo posible por detener la demanda de Grace y compañeras. Compraron a médicos y dentistas para que dieran fallos a modo, ocultaran informes o dijeran que las mujeres estaban sanas. Lo más terrible del caso fue que también se encargaron de desprestigiarlas con el argumento de que habían muerto por sífilis.

Dicha demanda prosperó gracias a una presión mediática enorme. Fue la prensa la que bautizó a estas valientes mujeres como “The Radium Girls”, las chicas del Radio. Ellas nunca estuvieron conscientes del problema hasta que fue demasiado tarde. La cobarde empresa siempre supo del peligro porque, los gerentes y científicos tomaban precauciones; usaban máscaras, guantes y pantallas de plomo para evitar la contaminación y, ellas no. Ellos siempre supieron que el ingrediente base del “Undark”, era un millón de veces más activo que el Uranio.

Para la justicia no era suficiente que las chicas se cayeran a pedazos literalmente ante sus ojos, necesitaban evidencias. El famoso juicio se resolvió en 1928; para entonces, Amelia Maggia había muerto, dos de ellas no podían ponerse de pie y, la propia Grace Fryer necesitaba un aparato ortopédico para sostenerse porque, sus huesos se habían convertido prácticamente en cristal. La “Radium Corporation” ofreció una indemnización menor a la que buscaban las demandantes. La valiente Grace fue la primera persona en levantar y ganar una demanda por condiciones laborales abusivas. Murió en 1933.

Hoy, se estima que alrededor de cuatro mil pintoras fueron expuestas a la radiactividad al ingerir la venenosa pintura Undark en su propio centro de trabajo. Murieron por complicaciones terroríficas por intoxicación: desarrollaron cánceres, se les cayeron los dientes y las mandíbulas, tenían sangrados terribles acompañados por dolores inenarrables.

El caso de Las Chicas del Radio no fue en vano. Hay que recordarlas con orgullo; trágica y valientemente, sentaron un precedente jurídico en los derechos de los trabajadores y generaron mejores condiciones para quienes manipulaban material radiactivo. Gracias a ellas, en 1949, el Congreso de los Estados Unidos aprobó un proyecto de ley que compensaba todas las enfermedades profesionales y extendió el tiempo durante el cual los trabajadores podían descubrir enfermedades y presentar una reclamación.

Kate Moore, reconstruye en una obra magistral denominada Las Chicas del Radio, la tragedia de estas mujeres que murieron por buscar mejores condiciones de vida al trabajar con elementos tóxicos. En esta publicación, la escritora detalla que, pese a toda la lucha, la mayoría de ellas, en aquel tiempo fue repudiada por sus comunidades; incluso, descubrió que muchos de sus compañeros de las fábricas, seguían manteniendo que mintieron porque en realidad habían muerto de sífilis.

Esta es una historia marcada por la inocencia de unas muchachas que trataron de progresar, de empresarios miserables que se aprovecharon de sus necesidades e inocencia y después se apresuraron a negar las evidencias y, de una comunidad científica a la que le tocó aprender a base de muertes y presiones mediáticas.

A todas las “Radium Girls”, a casi un siglo de distancia, nuestro reconocimiento pleno en esta conmemoración.

Tuíter: santiagooctavio