Cipriano Flores Cruz

Es innegable que todo ser humano nace con predisposiciones emocionales tanto positivas como negativas, la cuestión radica en la posibilidad de cultivar las positivas para hacer florecer las virtudes morales estables como la sabiduría y el decoro.

Dado un entorno, las predisposiciones morales, tanto las positivas como las negativas, es posible su desarrollo. Cierto es que todos nacemos con predisposiciones de vergüenza y de compasión o de maldad. La cuestión está en desarrollar las positivas para no dañar a los demás.

Las predisposiciones morales positivas son construcciones del individuo pero en ciertas condiciones sociales, recuérdese que el hombre hace su historia pero bajo determinadas condiciones.

La labor del político es la debida preparación para enfrentar las condiciones imperantes. Ser bondadoso y recto para el político es un constante enfrentamiento con la realidad que regularmente se presenta en sentido contrario.

En la reflexión con la almohada, a la hora de dormir, el político responsable se debe de preguntar: ¿qué mal hábito me ha sido posible abandonar? ¿Qué tentación me ha sido posible resistir? ¿De qué manera puedo mejorar mi labor política? El político debe vivir en la más constante evaluación de sí mismo para poder ser útil a los demás.

El político debe saber que los golpes de la vida y los golpes políticos y demás adversidades son inevitables, en algún momento de la vida se presentan. Así como se viven los triunfos así habría que responder a los sinsabores o el sabor amargo de los malos momentos: con entereza, dignidad, humildad y carácter.

Se sabe que la mayor parte de las cosas mundanas que la gente persigue, como el dinero, fama, felicidad vida familiar, se debe a lo que se ha dado llamar la lotería social, es decir, a la fortuna, que es regularmente caprichosa.

Son pocos los individuos que mediante un esfuerzo cotidiano y responsable pueden cambiar de posición social, salvo los corruptos que lo logran sin mayor esfuerzo.

Se debe saber y lo debe saber el político que el secreto de la felicidad es centrarse en las pocas cosas que si están en nuestras manos y no en manos ajenas: por ejemplo, nuestras actitudes, juicios y reacciones.

Si se tienen excelentes actitudes ante la vida, los juicios más adecuados para cada caso y reacciones positivas y juiciosas, seguramente se tendrán pensamientos positivos y no será fácil que nadie nos obligue a pensar en lo negativo.

En este sentido, el político debe de saber que es posible encaminarse o dirigirse a un estado muy alto de conciencia de sí y para sí, a una adecuada visión de la unitaria y no dual naturaleza de la realidad definitiva, visión que le permitirá ser más eficaz para el interés común.

El problema más complejo que se enfrenta el político para adquirir esta conciencia está en los retos que debe de enfrentar en el mundo de las palabras y de los conceptos, que mayormente los construyen los poderosos para sus fines particulares y de clase.

En este sentido, se implica al político a unas cualidades básicas que las debe desarrollar en un proceso de formación que es indispensable. Atrofiar cualidades por una praxis excesiva es mala conseja para el político. Entonces, la disciplina en su formación es una virtud del buen político.

La formación del político debe empezar en prohibir su autonegación, todo misticismo, preocupación de todo pecado y sentimiento de culpa ante las empresas de cambio.

Debe tener un espíritu de descubrimiento de sí mismo y de la naturaleza de las cosas, abordar o subirse en la carreta del optimismo, sobre todo en la creencia en la dignidad humana y de su naturaleza.

El político debe recorrer el proceso del conocimiento de comparación de lo que conoce con algo de lo que requiere conocer.