Oaxaca.- La Peste Negra o bubónica fue la protagonista de una de las más siniestras pandemias que ha conocido la historia de la Tierra. Nadie sabía qué era, cómo atacaba a los seres humanos y, mucho menos cómo se propagaba. Era la Europa de 1347. En pleno Siglo XIV, Dios y la Iglesia Católica eran las autoridades supremas; aquellos años difíciles en los que la religión trataba de explicar las cosas que hoy explica la ciencia.  

Desde el Oriente, la peste llegó a las principales terminales portuarias del Viejo Continente. Nadie pudo ayudar a las personas infectadas con la plaga. Los residentes de comunidades y villas, puertos y ciudades, rechazaron a la propia Iglesia para acudir a médicos y filósofos que tampoco pudieron hacer mucho por ellos. La Medicina estaba en pañales. El catolicismo había frenado todo intento de desarrollo de las ciencias en el mundo; sobre todo, aquellos que buscaban contrarrestar sus ideas.

Clemente VI, el Papa; afirmó que: “La peste era la pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes”; su médico personal era una eminencia de la Edad Media; Guy de Chauliac lo aisló de las visitas y lo sentaba en medio de antorchas para evitar que la peste penetrara su cuerpo.

Al término de la pandemia, después de cuatro siglos, la población de Europa minó en 60 %. Los cálculos al día de hoy señalan que, después de 400 años de martirio, la peste negra mató a 100 millones de personas en el mundo. La Tierra cambió. Desde entonces no es la misma.

Los comunidades, villas, caseríos y puertos principalmente, se convirtieron en cementerios; cobraron fuerza los flagelantes. Creyendo que el mal se propagaba en el aire, la terrorífica vestimenta de los médicos poco ayudada a aliviar, por lo menos visualmente a los desgraciados infectados por la plaga.

Con todos los caminos tecnológicos, las relaciones entre seres humanos y las modernas redes de comunicaciones en una aldea global como la nuestra, la ya famosa enfermedad infecciosa ocasionada por el Coronavirus Covid-19, se expandió desde Wuhan, China, rápidamente por el planeta. Aquellos países que tomaron la situación a la ligera, hoy mismo padecen consecuencias terribles.

Lo menos es cerrar fronteras; lo más, atender a los miles de enfermos de un padecimiento que, al día de hoy no tiene ni cura ni vacuna. Ante el avance de la pandemia, los líderes en el mundo tomaron decisiones, algunos de modo sensato, otros no tanto. Los más se fueron al diseño de estrategias basados en modelos científicos de contención del virus; los menos, mezclaron sus acciones con politiquería barata.

En su tiempo, la Peste Negra arrasó al mundo. Ni por asomo estamos pensando o deseando que la Covid-19 pueda tener esos alcances en la actualidad; no con los adelantos de la medicina; no con la coordinación efectiva entre naciones; no con la participación sensata de la sociedad.

La ignorancia mezclada con política de cañería puede atraer serias consecuencias para nuestro país; sin contar aquellas que se avecinan por el colapso de las economías regionales producto de la propagación de este mal.

Con la Covid-19, hoy más que nunca hay que llamar a todos a la sensatez, a cooperar; es mucho lo que está en juego. No tiene que ver con ideologías, colores; mucho menos, con puntos cardinales. Tenemos que estar atentos a los llamados de la ciencia, de los que le saben al tema; las religiones nunca han servido en estos menesteres.

Para atender objetivamente estos asuntos y llegar a buen puerto, funciona mucho aquello que dice: mucho ayuda, el que poco estorba.

Tuíter: @santiagooctavio