Oaxaca.- A finales del siglo XIII, Francia libraba una guerra contra Inglaterra. El monarca francés, Felipe IV exigió al clero local el pago de una serie de impuestos para poder enfrentar el conflicto con los ingleses. Una cuestión fiscal que terminó en uno de los capítulos más increíbles en la historia de la Iglesia Católica en el mundo. 

Cuando el Papa Bonifacio VIII conoció las intenciones de Felipe el Hermoso, se opuso tajantemente y, de inmediato promulgó la Bula “Clerecis” en la que, amenazaba con excomulgar a quien o quienes cobraran nuevas tributaciones sin su superior autorización. Desde 1294, al ser nombrado Papa, había tenido serios desencuentros con los monarcas europeos por haber declarado que, la suya era una autoridad suprema que minimizaba a la de otros reinos.

Con la amenaza de excomunión a cuestas, el monarca francés ordenó la limitación del envío de los dineros de la diócesis local a Roma; además, arrestó a un obispo cercano al Vaticano. El riposte del entonces representante de Dios en la tierra fue la petición al rey para liberar al religioso por medio de la “Ausculta Fligi” en donde, un regaño público acompañaba la exigencia de liberación; además, le ordenaba asistir a Roma a un encuentro. El Hermoso se negó a todas aquellas exigencias. Lo que siguió fue la promulgación de una nueva Bula, la “Unam Sanctam” que el monarca francés ignoró por completo como las otras anteriores.

El intercambio de ofensas entre, probablemente los dos hombres más poderosos de aquel momento en la Edad Media fue significativo. Lo que siguió fue terrible, el rey acusó al Papa de herejía, blasfemia, sodomía, brujería y simonía. El Vicario de Cristo respondió con la excomunión inmediata del monarca.

Los acontecimientos posteriores fueron impensables en aquellos tiempos en que la Iglesia Católica se hallaba en la cima del poder religioso y terrenal: cansado del intercambio de mensajes con el Sumo Pontífice, asesorado por dos turbios personajes: De Nogaret y Colonna, con un grupo de mercenarios, Felipe IV, secuestró Bonifacio VIII en su residencia de Agnani, a casi 70 kilómetros de Roma. Los sicarios al servicio del rey arribaron a aquel lugar en los primeros días de septiembre de 1303, había si acaso dos cardenales y algún personal de servicio; los demás, habían puesto tierra de por medio. Con un espacio de alrededor de medio día, mientras se disponían a trasladarle, el Papa esperó infructuosamente que el pueblo fuera en su rescate. Nunca ocurrió tal hecho.

Las historias relatan que Bonifacio VIII se sentó a esperarles en su trono con la diadema pontificia en la testa. Cuando aparecieron Colonna y De Nogaret, le conminaron a dimitir; no aceptó; entonces, le privaron de agua y comida durante tres días para obligarle a renunciar.

Por las humillaciones a las que fue expuesto, el Papa falleció algunos días después, el 11 de octubre. Benedicto XI fue su sucesor; quien a su vez, murió solo ocho meses después de asumir el cargo. Algunas fuentes indican que el Hermoso tuvo que ver con aquel deceso. Él mismo impulsó las aspiraciones del Arzobispo Bertrand de Got, quien a la postre se convirtió en Clemente V y fue al mismo tiempo, el primero de los papas en establecerse en territorio francés; para ser precisos, en Avignon.

Felipe IV había convertido a Francia en uno de los ejes del viejo continente. La muerte le alcanzó en 1314; el mismo año que De Nogaret y el propio Clemente V. Como nadie en su época, el Hermoso se opuso al enorme poder de la Iglesia Católica en la persona del mismísimo Papa.

No es sino hasta el siglo XVII en que la filosofía rompe con el pensamiento religioso; entonces, mujeres y hombres empiezan a ver a la Tierra con la lente y la luz de la razón. Simple y sencillamente, se había acabado la época en la que la fe explicaba al mundo.

En estos momentos terribles en los que vive la Tierra, el malévolo poder de la Covid-19 no distinguirá jefes de estado, líderes religiosos, intelectuales; posiciones geográficas, ideologías, valores, niveles de vida; mucho menos, los controversiales poderes celestiales en manos terrenales. Todas y todos somos iguales.

Tenemos que seguir las recomendaciones de la ciencia, de los que saben. Charlatanes y payasos, hay en todos los lugares y a todas horas. Tenemos que estar convencidos de que los rezos y las oraciones de muy poco sirven para disminuir los estragos de la enfermedad.

En el clímax de una pandemia. Ante de uno de los retos más importantes que ha enfrentado la humanidad en toda su historia; tenemos que reconocer que, solo somos hombres y mujeres a quienes distinguirán nuestras acciones para enfrentar al mal.

Solidaridad y unidad para lo que viene…

Tuíter: @santiagooctavio