Se quedó sin patria cuando la tierra mexicana en la que nació le fue arrebatada a nuestro país por los norteamericanos. Ignacio Zaragoza, pudo escoger ser gringo después de este despojo; sin embargo, optó por ser hijo de México y defender su soberanía en la intervención francesa en aquella página gloriosa de Puebla del Cinco de Mayo de 1862. 

Aquel histórico día, el general no equivocó sus vaticinios. Antes del inicio de la batalla, supuso que la soberbia de Charles Ferdinand Latrille le iba a permitir al francés atacarle de frente. Así sucedió. El desenlace, todos lo conocemos.

La batalla de Puebla fue la primera batalla telegrafiada entre dos ciudades. Para aquel tiempo, el telegrama era el avance tecnológico más avanzado para la comunicación a distancia. Aquel cinco de mayo de hace 158 años, entre las 10:45 a.m. y las 7:03 p.m., Zaragoza envió seis telegramas al ministro de guerra y al presidente narrando lo acontecido en el frente. Duró hasta el anochecer. Las fuerzas francesas huyeron perseguidas sobre todo por la brigada al mando de Porfirio Díaz. Del lado francés hubo 117 muertos y 305 heridos. En el bando mexicano se contaron 83 decesos, y 232 lesionados.

Zaragoza Seguin nació en Bahía del Espíritu Santo, en lo que entonces era el estado mexicano de Coahuila y Texas en marzo de 1829. No era un militar de carrera. Su educación formal vino de sus años como seminarista. Murió cuatro meses después de haber defendido heroicamente los fuertes de Loreto y Guadalupe, de los embates franceses. Preocupado por los heridos en la batalla, visitándoles, muy probablemente contrajo una tifoidea que le llevó a la muerte solo ocho meses después de la de su esposa Rafaela Padilla de la Garza. Antes habían muerto sus dos hijitos varones: Ignacio e Ignacio Estanislao.

En horas de la mañana de aquel aciago día de su fallecimiento un ocho de septiembre, sin sus gafas contra la miopía, el vencedor del ejército francés en Puebla agonizaba. Su sufrimiento fue terrible. En una crisis de delirios por la enfermedad, cree que lo van a fusilar y grita: “¡Está bien!, pero cuidado con el que se atreva a tocar a alguno de mis ayudantes. ¡A ellos no, a ellos no!” Oficiales y ayudantes que le asistían se miraron con los ojos desbordados de lágrimas.

El Presidente Benito Juárez reconociendo su grandeza, le nombró Benemérito de la Nación. Como sea, los laureles victoriosos en las sienes de Zaragoza proveyeron a México de un sentimiento de dignidad a una nación empobrecida, rota y exhausta

Esta gloriosa batalla nos permite hacer la siguiente reflexión: las victorias del pueblo mexicano en mucho se deben a la unidad y a la fortaleza de sus hijas e hijos. Ello también nos alienta a convencernos de que, de estos momentos difíciles por los que transitamos por la propagación de un virus letal ¡Saldremos adelante!

Con todo en contra, Ignacio Zaragoza nos enseñó que no hay que doblegarse ante la adversidad. Hoy más que nunca, tenemos que evocar el pensamiento del gran José Emilio Pacheco: “En medio de tanta sangre, tanta sombra y tanto dolor, el 5 de mayo de 1862 es para nosotros una fecha luminosa. Siglo y medio después su resplandor nos sigue iluminando”.

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