Más allá de la censura, de la

 clausura y del mercenarismo.

La libertad de expresión no se reduce

 a una sola función ni a una actividad determinada.

La Libertad de Expresión es un derecho Erga Omnes,

 es para toda la humanidad, en tanto universal,

garantiza la posibilidad de discernir y disentir

sobre los asuntos públicos

de toda sociedad políticamente constituida

                                                                                                                                             y se fundamenta en la

libre manifestación de las ideas.

Entre los muchos temas que sugiere de manera por demás contundente la lectura de un texto clásico e indispensable para el debate de la idea de libertad, titulado justamente On Liberty y publicado en español como Sobre la libertad ( y del cual, por cierto, Isahia Berlin, realizara un excelente análisis en su también ya clásica Cuatro ensayos sobre la libertad), hay algunos temas -decíamos- de especial relevancia, para cuyo análisis conviene tener en cuenta el ámbito o contextualización del concepto mismo y desde luego, del propio autor, es decir John Stuart Mill.

Así, el tema que él aborda no es el de la Libertad de Resolución o de Libre Albedrío, concepto por demás que siempre acarrea demasiada confusión cuando pasa al terreno práctico o lo llevamos al sentido común, sino la Libertad Civil o Social; la naturaleza y los límites del poder que puede ser legítimamente ejercido por la sociedad sobre el individuo. Cuestión esta –advierte Mill- “pocas veces planteada y casi nunca tratada, en términos generales, pero que influye profundamente con su presencia latente en las controversias prácticas de la época y está a punto de imponerse como la cuestión vital del futuro –él libro aparece por primera vez en 1859- y si bien para él no constituye ninguna novedad, pues es lo que ha venido dividiendo a la humanidad desde los tiempos más remotos, aunque para su tiempo se presentara ya bajo nuevas condiciones en la etapa de progreso en que suponía sociedades más civilizadas, por lo que era necesario tratar el asunto de manera diferente y más fundamentada”.

El objeto de ese gran texto pues, fue (y sigue siendo, habida cuenta de que, con todo y la progresión de las tecnologías, la regresión de las ideas es contundente y, a justamente siglo y medio, apenas estamos virando a la discusión del constituyente de 1917) la libertad civil o social. No la libertad política –que trataría en su libro El Gobierno Representativo, ni la libertad personal o individual propiamente dicha, aunque esta última aparezca a veces confundida con la primera citada. Se trata, entonces, de los límites de la acción del Estado en nombre de la sociedad, en relación con las libertades del individuo en cuanto actor social. De ahí que la cuestión derive hacia la libertad de expresión, libertad propiamente social, como complemento indispensable de la libertad de acción.

El punto de partida de Mill es la idea liberal de que el Estado es una institución de la Sociedad. Trata de examinar hasta qué punto es legítima la presión de la opinión pública, con el fin de hacer que limite el gobierno la libertad de acción del individuo, con relación al daño que pudiera derivarse de sus actos para otros o para la sociedad en su conjunto. Con la particularidad de que como la opinión pública democrática tiende a presionar con la mira puesta en la igualdad –en los términos de Alexis de Tocqueville- es preciso contrarrestar la tendencia implícita a la uniformidad que acabaría por paralizar el progreso social. Por tanto, se trata también, por una parte, de determinar la utilidad del gobierno con el fin de garantizar simultáneamente el orden y el progreso; por otra, de la utilidad de la libertad de pensamiento para este último fin.

La unilateralidad del punto de vista de la ciudadanía y la sustantivación de las libertades políticas en detrimento de las libertades sociales es lo que ha hecho de las libertades personales el gran problema de nuestro tiempo. Al ser las más sustantivas, son las que persigue y ataca preferentemente de mil maneras el espíritu totalitario, Tocqueville fue el primero en percibirlo en todo su alcance. La raíz de esta triple dimensión de las libertades es la libertad de acción, la forma primaria en que se expresa la libertad natural. Se trata de concretar la libertad de acción en diferentes planos, separados sólo a efectos del análisis.

La libertad social o civil se refiere al grado de libertad existente en las relaciones interindividuales, es decir, dentro de grupos más o menos organizados. Su forma esencial es la libertad de pensamiento, que carece, sin embargo, de relieve social sin la libertad de expresión, que se concreta socialmente como libertad de asociación. Estas libertades necesitan ser reguladas en la medida necesaria para protegerlas y no para disminuirlas, como temían Mill y Tocqueville que pudiese ocurrir; incluso con el pretexto de la protección, el Estado o gobierno, a quien corresponde ejercerla, dejándose llevar por la opinión podría socavarlas hasta inconscientemente.

La libertad política implica, por una parte, que el hombre libre controla al gobierno; por otra, que puede contribuir directamente a la formación de la voluntad política y formar parte del gobierno; que está en condiciones de fiscalizar, directamente o por medio de representantes libremente elegidos, la acción estatal en general y en relación con las libertades sociales (y personales) en particular, dejando de ser súbdito.

Así pues, la base, el fundamento de una sociedad libre no se deriva de lo que pretenden las sociedades liberales que fijan su postura en un individualismo posesivo casi fundamentalista; de la otra parte, tampoco lo podemos visualizar en las sociedades que tienen su razón de ser en un conservadurismo moralista. Cualquiera que pretenda vindicar sus libertades, debe tener en cuenta que, el ejercicio de éstas se dará dentro en un espacio y tiempo determinados y por lo tanto deberá ajustarse a una serie de acuerdos, pactos, contratos o constituciones que han sido expresa o tácitamente acordadas por todos –siguiendo a los contractualistas- para poder vivir más o menos en paz o sea con un mínimo de respeto mutuo. Sigamos a Hobbes en el sentido de que el hombre es bélico por naturaleza, o a Rousseau al contrario, es pacífico y es la sociedad la que lo corrompe, en cualquiera de los casos, existe una necesidad de ponerle frenos a cualquier exceso en la práctica de nuestras libertades. Consecuentemente surge el Estado, el gran Leviathan o bien la Democracia derivada de la voluntad general; otra vez, en cualquiera de ambos casos el resultado es el mismo, una renuncia a nuestra libertad ilimitada por un mínimo de igualdad que satisfaga a todos y procure al menos seguridad y convivencia pacífica.

De ese binomio sencillo, Igualdad-Libertad se ha desarrollado las grandes ironías de los derechos y las obligaciones humanas. Binomio cuya solución dista mucho aún de ser siquiera tabula raza, es decir, que nos ubique a todos en las mismas condiciones, como al principio algo por supuesto imposible, pero no irresoluble, puesto que el punto de partida es justamente una norma del tipo que sea, jurídica, social, ética, que permita en principio ser todos igualmente libres y libremente iguales, algo que raya en lo utópico, como para resolverlo en un foro cuasi cerrado o lo que es lo mismo, en un club de Tobi. Mientras tanto, que haya paz. nigromancias@hotmail.com Twitter @JTPETO