REVISTA R


Iris Velázquez

Cd. de México (14 junio 2020).- Médicos y enfermeras, contagiados por el Covid-19 al cumplir con su labor, relatan los momentos de angustia que vivieron.

Por un abrazo de su madre

La enfermera María Esther Zaragoza Rodríguez había pasado tres meses sin abrazar a su madre, contacto que añoraba para aliviar las emociones que acumuló en los días que vio a pacientes sufrir y morir por coronavirus. Para su fortuna, encontró una solución.

Compró insumos y se cubrió el cuerpo para volverla a tener entre sus brazos y platicarle la falta que le hacían sus mimos en momentos como estos.

Compró una mascarilla 3M, similar a una máscara de gas, se puso una careta, y se colocó en “mono” o traje corporal, y los guantes.

Con el cuerpo cubierto de plástico, su madre, Esther Rodríguez Soto, se acercó, la abrazó, le besó el espacio de la frente y le dio el abrazo que tanto había extrañado.

Para ellas fue un motivo de celebración. La señora al saber que iba a volver a tener cerca a su hija, se colocó la blusa color rojo que tanto le gusta. El momento quedó capturado por una fotografía que la sobrina de la enfermera del Hospital General Regional número 46 de Guadalajara tomó.

“Mi mamá estaba súper nerviosa. La foto fue tomada aquí en casa. Mi mamá se arregló, eligió la blusa color rojo. Lloró. En ese momento también me dio la bendición con su mano alzadita. Puedes imaginarte el sentimiento, en una foto se le ve la cara de aflicción en ese momento que me dio la bendición”, recuerda María Esther.

“Se ven los rasgos de preocupación de mi mamá. Vimos la foto y volvimos a llorar, me abrazó súper fuerte y soltamos el llanto. Rompí en llanto porque es real lo que ves en la foto, mi mamá diario está con la preocupación. ‘Dios te bendiga, Dios te proteja. Baja mil santos para que yo esté protegida'”, agregó.

Viven juntas, y aunque al principio fue una opción para la entrevistada alejarse de casa de su madre, ella se opuso, pues, dijo, no podría vivir con la preocupación y con tan sólo verla, sabría que estaba bien.

Desde marzo, la rutina en su hogar cambió. La madre, tan cercana a la más pequeña de sus hijos ya no podía hablar con ella de cerca, ya no podría abrazarla. Cuando la enfermera estaba en el carro es cuando podía verla. Le enviaba la “bendición”.

“Te dejo ir con ganas de decirte que no te vayas”, le decía la señora Esther.

Ahora, Esther hija agradece haber tomado todas esas medidas, aunque a veces, cuenta, le costaba alejar a su madre.

“Varias veces quería platicar y le decía ‘¡No, ma! Hágase para allá no se vaya a contagiar’ No sabes cómo me dolía”.

Ella es un caso positivo de Covid-19. Ahora, hija y madre están aisladas. La primera por contraer el virus; la segunda en un tercer piso para evitar cualquier exposición.

“Afortunadamente, mi madre está bien. Pensaba en lo vulnerables que son los pacientes de la tercera edad, llegué a pensar que podría ser mi madre, los cuidé lo mejor que pude. Ahora voy a superar esto. Ella me espera y volveremos a abrazarnos”.

‘Moneda al aire’

Para el doctor Mario Cruz Romero, al ser también paciente con Covid-19, el momento más desgastante fue pensar que su destino tenía dos posibilidades.

Considera que los especialistas de la salud más expuestos a contagios en hospitales son aquellos que no están asignados a la zona cero. Explica que pacientes han ocultado síntomas con tal de ingresar a un hospital, o simplemente adentro se complican. La desventaja es que en esas áreas, médicos y enfermeras no utilizan el equipo necesario para tratar a pacientes con coronavirus.

Así es como el médico de 36 años supone que se contagió. Él está asignado a la Unidad de Hemodiálisis de Nefrología del Centro Médico Nacional Siglo XXI. Recuerda que tras ingresar, un paciente presentó complicaciones para respirar. Su insuficiencia era tal, recuerda, que tuvo que darle asistencia mecánica ventilatoria y después intubarlo.

Unas 24 horas después de ese caso, se presentó otro que, a pesar de llevar cubrebocas, tosió cerca de él. Siete días después, la primera semana del cuarto mes de 2020, empezaron los síntomas.

Al fin, médico, llevó un registro de su sintomatología. Precisa que el 8 de abril, a las 2:30 de la madrugada, presentó fiebre de 38.6 grados. Ahí empezó todo.

El siguiente paso fue hacerse la prueba. Se la aplicaron en el hospital y también se la hizo en un laboratorio privado. El resultado en ambas fue el mismo: positivo para coronavirus Sars-CoV-2.

Ése, apunta el doctor Cruz, fue el primer momento estresante por todo lo que atravesó por su cabeza.

“Yo creo que lo más desgastante y estresante es que sabes que esto es una moneda al aire, donde, o te puede ir bien, o te puede ir muy mal. El momento en que me dan el resultado obviamente es impactante porque tu mente empieza a generar demasiadas cosas de qué es lo que va a pasar”, expresa.

“Creo que la parte más traumática de la evolución de la enfermedad es la incertidumbre de que hay una pequeña posibilidad de que te vaya muy mal, a pesar de que no tengas factores de riesgo importantes para la enfermedad.

“El estrés de conocer como médicos todo lo que envuelve esta enfermedad, creo que es lo más estresante. Las primeras semanas que estás sabiendo que estás infectado, creo que son las más tormentosas desde el otro punto de vista de estrés emocional, sabiendo que en cualquier momento te vas a complicar”, agrega.

Escuchar a su familia preocupada por su estado de salud, refiere, también fue complicado, pero cuenta que el segundo momento impactante fue que sus compañeros tras valorarlo, le comentaran que, en la placa, sus pulmones se veían en malas condiciones. Fue hospitalizado.

“Es lo más traumante en cuanto a noticias, porque sabes que estás inmediato a que pueda requerir ventilación y tal vez no despiertes. La familia te hace saber en forma pues un poquito no directa porque quieren darte ánimos de que todo va a estar bien, pero tú eres médico, sabes cómo vas a evolucionar”, expone.

La primera semana de mayo, volvió a trabajar, ahora, usa filtros, careta, cubrebocas y prioriza en sus cuidados, pues considera que regresó en un ambiente adverso.

“Obviamente te das cuenta que eres necesario, que cada vez hay menos gente (personal de salud), que también hay menos personal a tu alrededor, que hay más gente contagiada.

Entonces, sí es un poco más difícil regresar. Y sí, causa miedo, incertidumbre, porque sobre todo en mi servicio, recibimos pacientes de población abierta, quienes son los que en mayor riesgo están. La gente no toma medidas”.

‘Me tosió en la cara’

Su puesto está más relacionado con el área administrativa, pero ante la falta de personal y la llegada continua de pacientes con Covid-19, Angélica Paulín Cruz tomó la decisión de entrar a ayudar a la zona cero. Ahí, el virus la alcanzó.

Ella labora en el área de control de medicamentos. Recuerda que muchos de los médicos y enfermeros se fueron por decreto oficial por ser de la tercera edad o población vulnerable a contagios.

“Yo estoy en el área donde tengo el control y todos los medicamentos. Yo no estoy en contacto directo con los pacientes. Hice una guardia en piso y me tocó un paciente con Covid-19, el paciente no tenía cubrebocas y tosió. Sólo recuerdo que me tosió en la cara y ahí empezó todo”, cuenta la entrevistada.

La historia que Paulín relata ocurrió durante la Fase 1 de contingencia de Covid-19. Al Hospital “La Raza” llegaban los primeros pacientes con el virus. Y lamenta que los insumos para personal de salud no eran de óptima calidad y no había suficientes para dar a los pacientes.

Recuerda que para disminuir riesgos, los hospitalizados que presentan síntomas del nuevo coronavirus deben usar cubrebocas. Sin embargo, los protocolos se rompieron debido a las carencias, y el primer día que atendió a un paciente con el virus, fue el día que se contagió.

“Cuando llegué, me sentía bien. Llegué y me tocó un paciente intubado y aparte otro que no había sido intubado, pero el paciente que no estaba intubado, no tenía cubrebocas.

“Estaba el paciente inquieto, se quitó las soluciones y lo fui a ver. Le tuve que quitar la solución porque se había infiltrado su solución. El paciente empezó a toser, no tenía cubrebocas y ya. Así fue”, agrega.

Refiere que el virus actuó de forma rápida en su organismo, pues al salir de la guardia, de forma inmediata empezaron los síntomas.

“Cuando salí, ya empecé con dolor de articulaciones. El dolor de articulaciones fue más mi molestia. Llegué a mi casa y me empecé a sentir más mal, con flujo nasal y cada vez más mal”, dice.

“Pensé que porque tenemos las batas y todo, y nos ponemos en las ventanas para sentirnos frescos. Pensé que había agarrado un resfriado. Empecé a tomar antibiótico analgésico, pero me sentía mal”, añade.

Al día siguiente se presentó a trabajar, eso fue un martes. Un doctor que la revisó le dijo que no debía preocuparse. El diagnóstico fue de laringitis y fue a casa a descansar.

El jueves regresó a trabajar, pese a que sus síntomas habían empeorado. En el hospital se insistió con diagnóstico de laringitis. Se le realizó la prueba de Covid-19, y le dieron una incapacidad por 7 días. Y para el lunes, le avisaron que su resultado fue positivo.

Le dieron otros 7 días, pero regresó a trabajar sin que le realizaran otra prueba del nuevo coronavirus.

Transcurridos los días, los síntomas fueron desapareciendo, pero las secuelas continúan. La entrevistada informa que todavía no recupera totalmente el sentido del olfato, y subir escaleras aún le quita el aire.

Pierde batalla; no recibe apoyo

Este 2020, Wilfred Cruz León no soplará las velitas del pastel que año con año le compraban sus compañeros del Centro Médico Nacional “La Raza”.

El 15 de junio, el enfermero cumpliría 49 años, pero perdió la batalla contra el nuevo coronavirus. En el turno nocturno se nota la ausencia del que por 20 años buscó las sonrisas de los pacientes con chistes, palabras tiernas o detalles para alivianarles la estancia.

En su casa, ocho familiares dieron positivo para Covid-19. Con ellos, dejó planes que no pudieron concretarse.

Falleció el 12 de mayo, a las 9:30 de la mañana, recordó Areli, su hermana, también enfermera de este hospital y quien se encuentra aislada por ser portadora del virus.

Él era el más joven de los 10 hermanos. Su familia es oriunda de Oaxaca, eran panaderos y debido a sus carencias, tuvo que trabajar desde pequeño.

Con esfuerzos sacó una carrera y, con lo que ganaba, solía llevar a su familia a turistear y ver para que a sus seres queridos no les faltara nada, recuerda su hermana.

Comenta que este año, Wilfred o Willy, como le llamaban sus compañeros, tenía planeado viajar con todos sus hermanos a Acapulco para festejar su cumpleaños. Y así cumplir la promesa que le hizo a sus seis hermanas: su fiesta de 15 años.

“Él, al ver que todas sus hermanas no tuvieron 15 años les quería organizar sus 50 años a todas y sus 15 a las sobrinas. Éramos una familia muy humilde y numerosa. Ya que perdimos a mis padres cuando él era muy joven.

“Mis padres llegaron de Oaxaca a radicar al Estado de México, y tuvimos que trabajar desde pequeños para ayudar”, señala Areli Cruz.

Recuerda a su hermano como un hombre trabajador, alegre, positivo y con el don de ayudar.

Asegura que seguramente también lo extrañarán las personas a las que visitaba en las cárceles y albergues.

“Faltará en este mundo quien llevaba comida y ropa a los desfavorecidos. Aquel que hacía los guisos; al que le gustaba bailar y organizar fiestas; el que siempre tenía una sonrisa y una frase positiva”, lamentó.

Comenta que para su hermano, que tanto dio al IMSS, no hubo apoyos, ni para protegerlo con insumos de calidad cuando veía a la cara a pacientes con Covid-19, ni tras fallecer.

La muerte fue repentina, y en aislamiento, sus familiares tuvieron que conseguir servicios funerarios y 23 mil pesos para que les fuera entregado el cuerpo. El dinero se juntó y a las 18:00 horas de ese 12 de mayo, pudieron darle el último adiós a Willy.

“Esa parte es muy difícil. Para poder identificarlo tuvimos que colocarnos los trajes especiales. Tanto los trajes como los insumos se cubrieron por parte de la funeraria. Por ahora todo velatorio está suspendido. Y todo tipo de paciente sea o no sea Covid tiene que cremarse”, dijo.

“Todo ese sistema está saturado, por lo que la funeraria nos consiguió lugar en Tlalnepantla hasta las 4 de la mañana, pero al haber demasiada demanda lo pasaron hasta las 6 de la mañana del siguiente día, así que en largas filas de carrozas tuvimos que esperar nuestro turno. Es una pérdida enorme de un ser que deja un gran vacío en mucha gente que le quería”, agrega.

Ahora, la familia espera que a sus compañeros se les otorgue el material suficiente y de calidad, puesto que la sobrina de Wilfred Cruz y la hija de Areli sigue en la primera línea de batalla: de enfermera, laborando con material comprado.

“Siempre busco la manera de salir adelante, de ser feliz y hacer feliz a mucha gente. Él fue un gran líder y guerrero con un generoso corazón y un espíritu trabajador y entusiasta. Éramos inseparables”, recuerda.