OAXACA.  Nos encontramos en una situación a nivel mundial a causa del coronavirus y por cual la fiesta patronal no podrá llevarse a cabo como se hace de costumbre.

Tenemos indicaciones de cuidarnos unos a otros y por este motivo celebraremos en nuestros hogares con el rezo del santo rosario y la oración a san Pedro para pedir su protección y auxilio.

Para todos es extraño esta manera, y para mí como su párroco también lo es, pero debemos acatar las indicaciones para nuestra salud y evitar contagios. Les agradezco su comprensión y apoyo.

 El Señor Arzobispo emitirá un documento cuando ya se pueda volver a celebrar la santa misa y bajo las indicaciones que él nos indique.

*”San Pedro y San Pablo, Apóstoles”*

El 29 de junio celebramos la Solemnidad de los dos Apóstoles más grandes, los pilares de nuestra Iglesia, gracias a los cuales el cristianismo se extendió por el Mundo entero: San Pedro, el Vicario de Cristo en la Tierra; y San Pablo, el Apóstol de los gentiles.

San Pedro fue un pescador nacido en Betsaida, hijo de Juan (Juan 1, 42, 44); tuvo la dicha de conocer a Jesús desde el inicio de su vida pública y convivió con Él durante esos tres años, en los que fue nombrado pastor y guía de la única Iglesia que Cristo fundó (Mt. 16, 18); era, por tanto, el primero entre todos los apóstoles (Mt 10, 2), a pesar de ser un hombre común, de carácter indeciso, atropellado en sus palabras y en sus actos; pues también fue un hombre lleno de fervor y entusiasmo, y asido al Salvador con una fidelidad, una firmeza de fe y un amor tan grande, que el mismo Cristo lo llamó “dichoso” y le otorgó el poder de “atar y desatar”, que eran términos jurídicos judíos para significar su primacía y la gran responsabilidad de ser su Vicario en la Tierra. Fue Jesús quien le cambió el nombre por Kefas, que quiere decir Piedra (Juan 1, 42), y se lo confirmó llamándole Pedro, o sea Piedra, sobre la cual se instituyó la Iglesia (Mt 16, 18), hace casi dos mil años. San Pedro fue el primer Apóstol a quien Cristo Resucitado se le apareció (Lc 24, 34; 1Cor 15, 5); y, a pesar de su humana debilidad, su lugar como cabeza de los Apóstoles y guía de la Iglesia fue confirmado por Cristo, quien le pidió alimentar y defender a su rebaño, después de que Pedro declaró tres veces el amor especial por su Maestro (Juan 21, 15-17).

Por su parte, San Pablo fue un judío nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en Jerusalén, poseía la cultura griega y la de su propia raza; su nombre era Saulo; fue instruido en la Ley en la forma más seria, convirtiéndose en un fanático del servicio de Dios, por lo cual perseguía de muerte a los discípulos de Cristo a quien por cierto no conoció antes de su Pascua, sino en el camino a Damasco a donde Saulo se dirigía, con cartas del sumo sacerdote, para detener a los cristianos de ahí y llevarlos encadenados a Jerusalén a fin de que fueran castigados (Hch 22, 1-8); camino a Damasco tuvo su encuentro con Jesús y su vida cambió, pues el Señor lo escogió como instrumento para llevar su Nombre a las naciones paganas y a sus reyes, así como al pueblo de Israel. Saulo, quien en adelante tomo el nombre de Pablo, permaneció unos días con los discípulos de Damasco, y luego fue por las sinagogas proclamando a Jesús como el Hijo de Dios. Quienes lo escuchaban quedaban maravillados y decían: “¡Y pensar que en Jerusalén perseguía de muerte a los que invocaban este Nombre!” (Hch 9, 21). Pero Pablo, cada vez con más vigor, demostraba que Jesús es el Mesías, y refutaba todas las objeciones de los judíos. Fue así como, con la ayuda de sus colaboradores, Pablo logró que la Iglesia que hasta ese momento se había limitado al ambiente judío, se extendiera por los numerosos países del Imperio Romano; Pablo se convirtió entonces en el Apóstol de los gentiles (1Tim 2, 7), es decir, de los no judíos; estableciendo los precedentes para que, en la actualidad, personas de todas las razas y naciones, conozcamos a Cristo Jesús. ¡Que así sea!

*ORACIÓN A LA SOMBRA DEL SEÑOR SAN PEDRO*

Gran Apóstol celestial, ¡oh príncipe poderoso!, con tu poder milagroso líbranos de todo mal.

De robo en camino real, de pleitos y heridas mortales, de los bravos animales y del rayo o torbellino; de los malos vecinos que intenten hacernos mal.

Gran Apóstol celestial, ampáranos en tal suerte, no nos dejes padecer y a la hora de la muerte podamos cantar victoria de este mundo tan atroz, para ir a gozar de Dios y gozar su santa gloria.

En fin, a última hora, cuando al juicio sea llamado, que reciba confesado la Sagrada Comunión; dame tu bendición, pues en ella he de vivir, tu nombre me ha de cubrir y librar de todo mal.

¡Oh, Piedra fundamental de la Iglesia del Señor!, hoy te pide un pecador que le mandes un consuelo y a la hora de la muerte le abras las puertas del Cielo. Amén.

*Pbro. Joel Martínez Mendoza.*

*Párroco de San Dionisio Ocotepec*

*Junio de 2020*