” Abuelitaaa, capé capeeé”

Karla Velásquez P.

Entonces niña, ahora Doctora

Saborear un aromático y humeante café ha sido un placer cotidiano desde los tiempos remotos en que un pastor o unos esclavos africanos que chupaban la pulpa del fruto, la descubrieron a los árabes, y estos al mundo occidental. 

Se cuenta que originalmente desechaban los granos por su sabor amargo, hasta que alguien los arrojó al fuego y descubrieron su agradable aroma y luego su enigmático y energético sabor. 

Beber esta infusión es ahora común cuando se trabaja o se descansa. Pero la literatura y el cine le han dado al café un sello de elegancia, de distinción y placer. Por eso, de un hábito cotidiano, se ha convertido en un lujo, en una imagen idílica y hasta un cliché. 

No se concibe a alguien si mientras conversa, lee o escribe, no tiene a su lado una taza de negro y caliente café. El café dicen reanima, inspira, quita el frío y despereza.

 ” Una buena taza de su negro licor bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta”, dijo alguna vez el poeta Rubén Darío; Balzac, el escritor, se tomaba dicen un promedio de 50 tazas al dia. Otro poeta, Elliot, señaló que su vida la contaba en el número de cucharadas de café. 

 Y con el correr de los tiempos vino la sofisticación: ahora hay cafés que se mezclan con leche, con cacao, con canela, con yerbas aromáticas, cafés calientes y helados, de colores y decorados. Para todos los gustos y tendencias. 

Yo como los africanos, probé de niño el sabor dulzón y meloso en la pulpa de aquellos frutos rojos, arracimados en los verdes cafetales que se esparcían por las ásperas montañas que recorrí con mi padre. 

Y probé desde entonces, aquel, hervido en la olla, que apaciguaba nuestros fríos amaneceres serranos, y seguí probando después, el de las sofisticadas cafeteras y los elegantes cafés de la vida citadina.

Un café, negro y amargo como muchos momentos de la vida, pero que igual que él, nos sacuden y nos ayudan a vivir.

Hoy entre sorbo y sorbo, recordé muchas cosas, lugares y personas. Y recordé a mi Padre que bebió muchas tazas, cuidó amoroso sus plantaciones y que vendió café.

Tanta digresión amigos, para desearles un buen domingo e invitarlos a que hoy y todos los días, acompañen sus mejores momentos con un negro, humeante y oloroso café. 

Ciro Velásquez Ruíz. Oaxaca, Oax., a 28 Junio 2020