Oaxaca.- Desde que nació, la iglesia católica ha sido adicta al secreto y a la oscuridad. La vida y los pasos del michoacano Marcial Maciel Degollado, fueron ocultados durante mucho tiempo y siempre serán una herida putrefacta en el costado de toda su historia. El enorme poder que acumuló Maciel, no se podría entender jamás sin el andamiaje de silencios, complicidades y sumisiones que la propia iglesia ha ejercido sobre sus seguidores durante siglos en el mundo entero.

Ángel con disfraz de lucifer. Si algún talento poseía Maciel fue aquel que le edificó desde muy joven alrededor de sí mismo y de su propia obra; sin duda, un camino tan fantástico como increíble. Los abusos sexuales, las drogas, el lavado de dinero, las malsanas influencias marcaron la vida de este hombre que para muchos fue un santo y para otros un demonio.

Particularmente, dos publicaciones desnudaron la vida del Maciel; la primera de ellas, la de Fernando M. González, en Marcial Maciel. Los Legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos; y la otra, el texto de Jason Berry en “How Maciel Built his Empire”, aparecido en abril del 2010 en el National Catholic Reporter y en el Milenio Semanal.

Por estos y otros escritos hoy, muchas personas conocen las perversiones de Marcial incluida su pederastia: su adicción al Demerol, un derivado de la morfina; sus identidades falsas; el tráfico de influencias que le volvió tan impune por todos los sitios por los que se movía; los asuntos del plagio de ideas; y en lo que era harto efectivo: el control absoluto de las mentes y las voluntades de sus seguidores que, finamente le confirió el sello sectario a los Legionarios de Cristo que difícilmente alguna otra organización pudo alcanzar.

Su personalidad circulaba en los trances en los que su mirada se perdía en reuniones de caridad con poderosos y adinerados en algún punto en el vacío para inspirar misericordia; hasta, en los momentos en los que caminaba orgulloso acompañado de sus efebos.

En el pináculo del poder, Juan Pablo II le declaró en 1994: “guía eficaz de la juventud y alguien que ha querido poner a Cristo como criterio, centro y modelo de toda su vida y labor sacerdotal”. En ese lapso, Maciel dirigió la congregación más rica del catolicismo: una institución que manejaba universidades en 20 países y un presupuesto cercano a los 650 millones de dólares anuales. Por aquellos tiempos, era considerado uno de los principales recolectores de recursos para la Santa Sede. Las ironías de la vida, hacen que ese mismo año inicie su estrepitosa caída del poder. José Manuel Fernández Amenábar en su lecho de muerte le desnudó; con ello, trepado en un falso cielo, Maciel descendió al abismo del infierno.

En diciembre pasado, los Legionarios de Cristo reconocieron que 175 menores de edad habían sido víctimas de abuso sexual, incluidos al menos 60 por Maciel Degollado, en esa congregación desde su fundación en 1941.

En los inicios de este siglo XXI; incluso la ciencia y los poderes terrenales han sido muy poco efectivos contra una pandemia terrible. Menos efectivos parecen ser las deidades y los poderíos celestiales. En este tiempo es bueno creer; pero, hay que asegurarse que nadie se aproveche de ello para acumular riquezas, ni aprovecharse de los más débiles.

La poderosa protección de la iglesia católica hizo que Marcial Maciel muriera impune, dejando viudo el millonario mausoleo que tenía dedicado para su eterno descanso en Roma. Siempre quiso vivir en el paraíso; al final, se tuvo que conformar con regresar a su natal Cotija, Michoacán; porque, como reza la casa que lo encumbró: los demonios como él, jamás y nunca podrán vivir en el cielo.

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