“Por eso tiene hoy más sentido que nunca la indagación de nuestro “dónde”, puesto que se dirige al lugar que los hombres crean para tener un sitio donde poder existir como quienes realmente son. Ese lugar recibe aquí el nombre de esfera, en recuerdo de una antigua y venerable tradición. La esfera es la redondez con espesor interior, abierta y repartida que habitan los seres humanos en la medida que consiguen convertirse en tales…” Peter Sloterdijk 

La intención de estas líneas es el explicar las características más relevantes en que las familias se encuentran bajo el confinamiento derivado de la Pandemia producida por el SARS-CoV-2. 

Dentro de la esfera en que se encuentran las familias, definida esta como un conjunto de personas en que la edad varía y que la razón de estar unidas sea un vínculo consanguíneo o afectivo, viven en un mismo techo, cuya estructura de control sea la patriarcal o de otro tipo y que su sobrevivencia se deba a lazos con el ámbito mercantil a través del intercambio de la venta de servicios por compra de bienes y servicios, que estos sean los satisfactores para su reproducción.

La realidad antes del confinamiento por la pandemia era la “normal”. Es decir, esferas abiertas hacia la actividad principal: laboral y otras actividades no laborales relacionadas con la compleja vida contemporánea del bienestar socio cultural, espiritual y disfrute del tiempo libre.

El desgarramiento de esta realidad de “la normalidad a la no normalidad” derivó en una crisis existencial que, en un principio, ante las diversas pantallas, se mostró la perplejidad. La información transitaba para dar la nueva noticia del confinamiento obligatorio, un horizonte no conocido y por ende azaroso.

La cotidianeidad normal se transformó en un estado de excepción, primero con uno mismo y luego con los que nos rodeaban. La aceptación de que lo íntimo colapsó, la esfera más pura, nuestro habitáculo más nuestro se desquebrajó… ahora la casa se transformó en todo lo demás y canceló las prácticas usuales en soledad. El espacio de lo mío tan nítido, ahora difuso, corrompido.

Reconstruir el espacio vital, la nueva esfera, con sus límites y sus puertas, se tuvo que realizar, rápido, a prisa, improvisando, intuyendo… Pronto se observó que esta esfera nueva, de una nueva normalidad de aislamiento tenía fuertes tendencias a la implosión.

Aparecieron las fuerzas disgregantes: la muerte, el miedo, la violencia y la pobreza. También fuerzas que tienden al acoplamiento o unión: la afectividad, la piedad, el aprendizaje y la solidaridad.

La muerte devine como un resultado del contagio directo con el virus y paralelamente, a esta cercanía, se recrea una percepción de vulnerabilidad angustiante.

El miedo como respuesta instintiva del ambiente de incertidumbre y el consecuente estrés que intensifica el obrar, pero que mantiene un estado de alerta constante.

La violencia como una respuesta de estabilizar y reproducir el sistema familiar de excepcionalidad y que se respalda en una estructura autoritaria patriarcal. La sobre explotación de las mujeres como proveedoras del cuidado en algunos casos violentaron los derechos fundamentales. Los niños, las niñas, los abuelos y abuelas sujetos a nuevos criterios.

La pobreza o empobrecimiento como un resultado de la caída de los ingresos o la extinción de esta fuente debido a la pérdida de empleos formales e informales. Estos últimos donde las actividades laborales tienen un impacto fatal dado que hay economías estatales, como en el caso de Oaxaca, donde las actividades informales vinculadas al sector servicios y turísticas son más del cincuenta por ciento.

En el caso de las fuerzas congregantes se activaron desde la esfera íntima y que en otras ocasiones, bajo contextos de otras contingencias como los sismos, se activan para contribuir en el orden de la esfera familiar primaria como la solidaridad.

Finalmente hay dos características que se pueden subrayar relacionadas con estas fuerzas disgregantes y congregantes ante la inmediata nueva realidad:

 1) El aprendizaje como una actividad que se ha venido practicando en todas las familias, éste como un proceso de colaboración que ha implicado un esfuerzo mayor para los adultos en casa, fuerza congregante e impulsor de cohesión, puede convertirse en un pilar fundamental de una tercera nueva forma de cohabitar y de vivir en el mundo de la pos-pandemia,

2) El proponer, coadyuvar y exigir una política pública de bienestar que mitigue la caída de la calidad de vida y pueda restablecer los intercambios mercantiles acoplando de manera escalonada la demanda. El subsidio básico y universal al salario para aquellos grupos de personas que están desempleadas y los vinculados a las actividades informales podrá ser importante para arribar al escenario de vida por-pandemia. Por el lado de la oferta, subsidios que impidan el cierre de empresas micro, pequeñas y medianas.

Mtro. José Ramón Ramírez Peña. Catedrático de la Facultad de Economía, Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca.