REFORMA


Francisco Morales V.

Cd. de México (04 septiembre 2020).- No hay día que pase en Oaxaca sin que, de una manera u otra, se recuerde con cariño y nostalgia a Francisco Toledo.

A un año del fallecimiento del artista plástico juchiteco, por las calles del Centro Histórico de la capital del Estado cotidianamente se extraña el clac-clac de sus huaraches sobre el empedrado, su figura enjuta debajo de la ropa de manta y su icónica melena larga.

Pero donde más se le echa en falta, sin embargo, es en los espacios culturales que fundó y que, en un conocido acto de generosidad y desprendimiento, donó a su tierra adoptiva en vida.

En el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (CFMAB) y el Centro de Artes de San Agustín (CaSa), entre otros espacios, este primer año sin Toledo (1940-2019), que se recuerda mañana, ha sido uno de suspiros.

“Cuando andaba uno aquí en el Centro, a veces era muy común verlo caminando, ya sea en la calle muy temprano, o si pasaba uno por el IAGO, porque pasaba más tiempo en el IAGO, aunque luego también se daba sus vueltas al Centro Fotográfico para ver en sí el lugar, comentar sobre las exposiciones o si nos hacían falta algunos libros”, recuerda en entrevista Fausto Nahúm, director del CFMAB, ubicado en el número 116 de la calle Manuel Bravo.

Toledo, recuerdan sus colaboradores, cuidaba de cada lugar como si fuera su propia casa, supervisando que todo estuviera en las mejores condiciones para recibir al público.

“Siempre una persona como el maestro Toledo va a dejar un gran hueco en todo el quehacer, más que el IAGO fue de sus espacios favoritos y él, personalmente, veía que estuvieran bien las plantas, los libros y todo esto”, recuerda por su parte Hazam Jara, titular del instituto, con sede en Macedonio Alcalá 507, frente a la Iglesia de Santo Domingo.

No obstante, como recuerda quien fuera diseñador de Toledo durante una década, los lugares nunca se sintieron como si fueran de su propiedad, sino como un bien colectivo, siempre abierto para todos.

“Él siempre contagió y puso el ejemplo en compartir. El IAGO fue su casa y la donó para que todos pudiéramos tener acceso”, apunta Jara.

Si bien es cierto que la pérdida para todos los oaxaqueños ha sido grande, cada lugar que fundó cuenta con un equipo de colaboradores que fueron formándose ahí mismo, con él, y que ahora continúan con su visión de la gestión cultural.

“Él sentía que el arte y la cultura deberían estar al alcance de todos”, aporta Daniel Brena, director del CaSa, una ex fábrica de papel en la comunidad de San Agustín Etla que devino en un gran centro de las artes.

“Todo lo que se hizo en Oaxaca desde hace 30 años, a veces se nos olvida, y seguramente para generaciones un poco más jóvenes es difícil recordar que en Oaxaca, en ese momento, había muy poco en realidad en términos de museos, o bibliotecas; no había”.

El equipo que formó en todas las instituciones, explica Brena, ha continuado con todos los proyectos que dejó inconclusos o que estaban en proceso de consolidarse.

Como ejemplo, habla sobre los Premios CaSa a la creación literaria en lenguas indígenas, que Toledo fundó en 2011, con un premio para el zapoteco, y que, tras donar los recursos que le correspondían como creador emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte, extendió a tres idiomas. Ahora, a un año de su fallecimiento, la convocatoria se amplió a ocho.

“Como personaje, como persona, (Toledo) era una presencia tan fuerte que, aunque se siente mucho, personalmente, su ausencia, en este tiempo, este año que ha pasado, y en este tiempo de la pandemia, creo que nos ha hecho ver a las instituciones lo sólido que dejó estos espacios, más aún ahora que no hemos podido reabrir y seguimos trabajando muy coordinadamente”, valora Brena.

A Toledo se le extraña todos los días, pero las instituciones que dejó, y el deseo de compartirlas, siguen tan fuertes como nunca.

Imaginan su rol ante la pandemia

Además de crear numerosos espacios culturales, entre los cuales también destacan la Fonoteca Eduardo Mata y la Casa de la Cultura de Juchitán, Toledo supo responder con arte a periodos complicados del País, como con los sismos de 2017 y la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Siempre quedará la duda, sin embargo, qué habría hecho a partir de la pandemia de Covid-19.

“Eso es algo que me pregunto diario, porque, como es bien conocido, el maestro Toledo respondía inmediatamente a las condiciones sociales y a lo que sucedía en el mundo”, reflexiona Brena.

“Sería imposible para mí saber qué pudiera hacer en este momento, pero sí, seguramente, buscaría una manera de interpretar visualmente lo que todos estamos sintiendo, y a través de esa misma producción artística apoyar algún segmento de la población que estuviera necesitada”, agrega.

Según rememora Nahúm, Toledo ya tenía un antecedente.

“Recuerdo que cuando fue lo de la influenza H1N1, me parece, sacó unos cubrebocas, unas mascarillas en forma de chango. Entonces me supongo que algo habría hecho de forma creativa”, afirma. “Siempre te podía sorprender con lo que hacía”.