Oaxaca.- En los gobiernos populistas de Trump y Andrés Manuel López Obrador la ambición de poder ha despojado a la actividad política de la integridad de su dimensión ética. El fin justifica los medios. 

(La Santa Mujer que nos dio la vida es madre y maestra de la historia personal de sus hijos. Madre solo hay una. Bendita sean todas. Abrazo fraterno y solidario a nuestro amigo-hermano, el Maestro Carlomagno Pedro Martínez, Director del Museo Estatal de Arte Contemporáneo de Oaxaca, por la muerte de su madre doña Cecilia Martínez Barranco. Descanse en paz)

Una de las más dramáticas, por demoledoras, frases acuñadas en tono de las crisis recurrentes de los países de América del Norte es ¡Si a Estados Unidos le da catarro, a México le da pulmonía!

Pero este fenómeno ampliamente conocido en el último medio siglo no es exclusivo del ámbito económico-financiero, en virtud que se hace extensivo de manera virulenta al mundo de la política.

La visión maniquea se ha instalado con violencia en la vida política global, pero de manera especial en las gateantes democracias latinoamericanas y, consecuentemente, en la democracia mexicana.

Grupos se adueñan de la verdad y se autoidentifican con el bien público, las aspiraciones del pueblo, la vocación de servicio, la honestidad y la defensa de las instituciones que manipulan a diario.

Los adversarios y opositores son vistos como verdaderos enemigos a los que hay que eliminar. Son la representación del mal, de la traición, del odio y el resentimiento, de la mentira y la arbitrariedad.

En tales condiciones, como ocurre en México y Estados Unidos la acción política, privada de sus matices, de sus contradicciones, es concebida en blanco y negro. Elemental, falsa y negativamente.

En este ambiente, la actividad política, despojada de fundamentos y fines trascendentes, se vuelve paralizante. No conduce a ninguna parte, impide el avance, desperdicia energías, divide y enfrenta.

Es la actividad cotidiana de los gobiernos de Donald Trump en Estados Unidos y de Andrés Manuel López Obrador en México, socavan las bases de un posible entendimiento, dividen y destruyen.

El insulto, la descalificación y la agresión ha remplazado al debate. Los esquemas sin contenido se han impuesto sobre el análisis. La calumnia se ha convertido en una irresponsable arma de combate.

La intransigencia volvió anacrónica la necesidad del diálogo. Hemos destruido las débiles bases del sistema democrático y estamos cayendo en una profunda sima. Estamos matando un futuro mejor.

En los gobiernos populistas de Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador la ambición de poder ha despojado a la actividad política de la integridad de su dimensión ética. El fin justifica los medios.

Se caracterizan por intereses individuales y tribales en pugna, las intrigas palaciegas, las ambiciones desenfrenadas, la egolatría personal y ante todo la superficialidad en el análisis de la realidad.

La corrupción institucionalizada, el afán de concentrar el poder y los delirios mesiánicos, en mezcla confusa y desconcertante forman una intrincada red que nos atrapa y no nos deja ver con claridad.

Aun cuando es considerado el peor debate presidencial en la historia de Estados Unidos, y dejó en tinieblas el proceso electoral y posiblemente al orden democrático perfiló el triunfo de Joe Biden.

En la cuna de la democracia liberal resulta alarmante que el controvertido presidente Donald Trump reiteró que no está dispuesto a aceptar los resultados electorales si no están a su favor. ¡Imagínese!

Actitud y conducta nefasta nada ajena ni desconocida en México en los 18 años de campaña del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien considera que sólo hay democracia si triunfa él.

Peligroso posicionamiento que deja entrever un escenario político futuro riesgoso por incierto a corto y mediano plazo en las elecciones intermedias de 2021 y las presidenciales de 2024 en México.

Más alarmante aún en Trump en su perorata, fue rechazar comprometerse a un periodo postelectoral no violento y rehusó la invitación de condenar a los grupos supremacistas blancos.

La declinación de Trump de condenar a los grupos extremistas de derecha fue tan potencialmente peligrosa que líderes de su partido se distanciaron de él y aconsejaron que se pronuncie claramente.

A 30 días de la elección, Estados Unidos está ante una coyuntura sin precedente por la pandemia y la crisis económica y política, y por el riesgo de una crisis constitucional, anunciada por el presidente.

Así, de esta manera, el presidente estadunidense consolida el ya fortalecido maniqueísmo incongruente de la política y democracia impulsada al frente de su gobierno de filiación republicana.

Es entendible que un mismo acontecimiento puede ser analizado en distintas formas. Hay infinitas maneras de ver la realidad. Hay quienes tratan de aprehenderla con todos sus colores y tonalidades.

La acción maniquea de algunos grupos observan los hechos con pasión desbordada, interpretándola con una actitud supuestamente objetiva, bajo el prisma deformador de sus particulares intereses.

Se desacreditan las opiniones ajenas, no por su falta de razón sino por los hipotéticos o reales defectos de quienes las sustentan. El avasallamiento a los demás ha sustituido a la solidaridad.

La construcción de una sociedad libre y democrática, justa y fraterna, que permita el desarrollo integral y armónico del hombre y el aprovechamiento de su potencial es, otra vez, pospuesta.

“Esto no va acabar bien”, repitió un par de veces el presidente en el debate. Quedó claro que “la amenaza más directa al proceso electoral ahora proviene del propio presidente de Estados Unidos”.

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