“En su expresión más simple y esencial, la democracia es diálogo y el diálogo abre las puertas de la paz. Sólo si defendemos a la democracia estaremos en posibilidad de preservar a la paz. De este principio se derivan, a mi juicio, otros tres. El primero es buscar sin cesar el diálogo con el adversario. Ese diálogo exige, simultáneamente, firmeza y ductilidad; flexibilidad y solidez. El segundo es no ceder ni a la tentación del nihilismo ni a la intimidad del terror. La libertad no está antes de la paz, pero tampoco está después: son indisolubles. Separarlas es ceder al chantaje totalitario y, al fin, perder una y otra. El tercero es reconocer que la defensa de la democracia en nuestro propio país es inseparable de la solidaridad con aquellos que luchan en los países totalitarios o bajo las tiranías y dictaduras militares de América Latina y otros continentes. Al luchar por la democracia, los disidentes luchan por la paz – luchan por nosotros. En uno de los borradores de un himno de Holderlin dedicado precisamente a celebrar la paz y sobre el que Heidegger ha escrito un célebre comentario, dice el poeta que los hombres hemos aprendido a nombrar lo divino y los poderes secretos del universo …desde que somos un diálogo y podemos oírnos los unos a los otros.”

Viene bien ese fragmento de uno de tantos discursos notables que pronunciara el último gran polemista y polémico, intelectual en serio, que haya tenido nuestro país: Octavio Paz. Quizá dejando de lado, por el momento, el tercero de los principios que enuncia, los dos primeros están hechos a la medida de nuestra infausta realidad política actual. Para nadie, con un mínimo de sentido común, es ajeno que predomina la verborrea, prosaica y violenta, entre quienes se ufanan de ser representantes y dirigentes, de esas “instituciones” que debieran, en principio, predicar con el ejemplo más acabado de civismo y de un depurado léxico democrático, que convoque a mujeres y hombres, a reivindicar la, ya de por si desacreditada, actividad humana que llamamos política.

A falta de argumentos, carentes de toda sensibilidad y prudencia, sobre todo en tiempos tan adversos, y sin verbos suficientes que den cuenta de la responsabilidad que conlleva su encargo, se dedican a fomentar la incomunicación cuando debiéramos empatizar para entendernos, incluso entre rivales en torno al Poder; pero tanto los antagónicos mesiánicos redentores de la polis como los informadores voraces y pepenadores de mentiras recurrentes han encontrado en el vituperio, el denuesto sistemático y la violencia auditiva una manera bastante redituable de conseguir congraciarse consigo mismos en esa paradoja disocial de las redes, aún a costa de un pueblo masacrado de inverosimilitudes ordinarias.

La historia se construye con diálogo. “Sin embargo –dijo Octavio paz- una y otra vez ese diálogo ha sido roto por el ruido de la violencia o por el monólogo de los jefes. La violencia exacerba las diferencias e impide que unos y otros hablen y oigan; el monólogo anula al otro; el diálogo mantiene las diferencias, pero crea una zona en la que las alteridades coexisten y se entretejen. El diálogo excluye al ultimátum y así es una renuncia a los absolutos y a sus despóticas pretensiones de totalidad: somos relativos y es relativo lo que decimos y lo que oímos. Pero este relativismo no es una dimisión: para que el diálogo se realice debemos afirmar lo que somos y, simultáneamente, reconocer al otro en su irreductible diferencia. El diálogo nos prohíbe negarnos y negar la humanidad de nuestro adversario. Marco Aurelio pasó gran parte de su vida a caballo, guerreando contra los enemigos de Roma. Conoció la lucha, no el odio, y nos dejó estas palabras que deberíamos meditar continuamente: “Desde que rompe el alba, hay que decirse a uno mismo: me encontraré con un indiscreto, con un ingrato, con un pérfido, con un violento…Conozco su naturaleza: es de mi raza, no por la sangre ni por la familia, sino porque los dos participamos de la razón y los dos somos parcelas de la divinidad. Hemos nacido para colaborar como los pies y las manos, los ojos y los párpados, la hilera de dientes de abajo y la de arriba.” El diálogo no es sino una de las formas, quizá la más alta, de la simpatía cósmica.”

Pedazo de pieza literaria en forma oratoria que nos dejó para reflexionarla, pero más que sólo eso, para asimilarla y ponerla en práctica para llegar a la cumbre de la democracia humanamente posible, es decir no a la perfección política -de sí inexistente- sino para el perfeccionamiento de nuestro desarrollo político y de nuestras facultades mentales de entender ese binomio sobre el que se erige todo pluralismo y toda sociedad con pretensiones democráticas: consenso y disenso; es decir, que las virtudes públicas como la tolerancia, la responsabilidad, la solidaridad, la prudencia y la gobernanza misma deben ser ejercidas con la madurez juarista de respetar el derecho ajeno para procurar y/o preservar la paz. Comentarios a nigromancias@gmail.com Twitter: @JTPETO