*CATÓLICO INSTRUIDO, NO SERÁ CONFUNDIDO*

Iniciemos aclarando que Halloween (o Noche de Brujas) es la deformación americana del término, en el inglés de Irlanda, «All Hollows’ Eve»: Vigilia de Todos los Santos. Dicha fiesta se remonta al paganismo de los celtas, para quienes el 1 de noviembre era el primer día del año, la fiesta en la que los espíritus buscaban cuerpos para reencarnarse (una creencia completamente contraria a la fe católica, pues no creemos en la reencarnación). Con los emigrantes irlandeses esta fiesta llegó a los Estados Unidos, en donde echó raíces y sufrió, en tiempos recientes, una radical transformación que, en la actualidad, es toda una “moda” mundial que muestra un aspecto lúgubre del “más allá”, con fantasmas de aspecto aterrador, muertos que se levantan de sus tumbas, almas perdidas que atormentan a quienes en vida les hicieron daño; y todo esto se intenta “exorcizar” con las máscaras y las bromas. Ciertamente muchas personas, sobre todo niños, practican esta costumbre sin mala intención, pero deben saber que, en el fondo, el Halloween tiene implicaciones esotéricas, pues el 31 de octubre se ha convertido en una fecha importante para quienes practican el esoterismo, ya que consideran que en ese día se da un encuentro entre las brujas y Satanás, por lo que “el mundo de lo oculto” la define como la fiesta más importantes para los seguidores de Satanás. Así que lejos de ser una fiesta cristiana, resulta ser justamente lo contrario.

*¿Qué celebramos entonces?* El día 1º de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, honramos a todos aquellos (conocidos y desconocidos), que murieron en Cristo y ya están glorificados en el Cielo, ellos constituyen la Iglesia Triunfante; y nosotros aquí en la Tierra, quienes constituimos la Iglesia Peregrina, los recordamos en este día como una firme invitación a imitar sus virtudes y con la esperanza de que algún día, al igual que ellos, alcanzaremos la Gloria.

Por otra parte, el día 2 de noviembre conmemoramos a los Fieles Difuntos (fiesta instituida por el monje benedictino San Odilón, en el año 998); es decir, recordamos y oramos por la Iglesia Purgante, constituida por todos aquellos que murieron en la amistad de Dios, pero que necesitan aún purificarse antes de entrar a la Gloria, “pues en ella no entrará nada manchado” (Ap 21, 27).

Ahora bien, la tradición de poner “altares de muertos” no es precisamente católica, sino prehispánica, pero nuestra Iglesia la respeta e invita a tomar de ella todo lo bueno, como la oración por nuestros difuntos, la reunión familiar, la guelaguetza; y, eso sí, debemos “quitarle” a esta bella costumbre las creencias contrarias a nuestra fe: nada de creer que las “ánimas” de los niños vienen un día y las de los adultos nos visitan al otro, pues ninguna alma, ya sea que esté en La Gloria, en el Purgatorio o en el Infierno, va a regresar a este mundo ni a asustar o “jalar los pies”, mucho menos vendrá a realizar lo que hacía en vida. A propósito, no nos sintamos mal si este año, por la pandemia, no podremos realizar nuestras tradiciones al pie de la letra.

Por otra parte, la conmemoración de los Fieles Difuntos que hacemos los católicos, nada tiene que ver con la llamada “Santa Muerte” a la que sus seguidores rinden especial culto el 2 de noviembre. Los cristianos católicos, como nos lo decía San Juan Pablo II, “al rezar por los muertos, contemplamos sobre todo el misterio de la Resurrección de Cristo que, por su Cruz, nos obtiene la salvación y la vida eterna”; pues “así como Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él. Y así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida” (1 Ts 4, 14; 1 Co 15, 22). ¡Que así sea!

*LUBIA ESPERANZA AMADOR.*

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