Jesús Emilio de Leo

En mi entrega de la semana pasada intenté reunir en breves líneas, las condiciones en las que se llevaría a cabo la elección del tres de noviembre en Estados Unidos, mediante la cual se debía elegir a quien será su próximo presidente. Destaqué tres elementos fundamentales, las proyecciones que realizó The United Elections Project, el alto nivel de participación, la nueva modalidad para emitir el sufragio y lo incierto del resultado.

Con una votación que rebasó el nivel de participación del 2016, año en el que se contabilizaron aproximadamente 138 millones de votos, el ganador sigue sin definirse, ya que la democracia en aquel país se ejerce de manera indirecta, a diferencia de lo que ocurre en México.

Hasta el cierre de esta colaboración, varios medios de comunicación y agencias informativas estadounidenses como Associated Press (AP), calculaban que el apoyo popular a Trump oscilaba aproximadamente en los 70 millones de simpatizantes, quienes acudieron a votar el día de la jornada, pero respecto al número de votos electorales que se le acreditan, sólo reúne 214 frente a los 253 que hasta el momento se han contabilizado para Biden.

Aún quedan algunos estados por definir el resultado de su votación y esto obedece a que aunque el país es una confederación de estados, las entidades tienen distintas reglas electorales y esta situación es la que abre la posibilidad de que los candidatos judicialicen el proceso y entonces el veredicto final se prolongue varios días más.

La gran diferencia de este proceso electoral fue el voto anticipado y remitido por correo, una práctica a la que habrá que poner atención, ya que implicará un elemento que marcará una diferencia en la brecha generacional e ideológica de la población. Mientras los demócratas recurrieron en mayor medida a esta modalidad, los republicanos optaron por acudir personalmente a los centros receptores del voto, aún cuando nos encontramos en plena pandemia ocasionada por la presencia de la COVID-19.

Independientemente de cual sea el resultado final de la elección en Estados Unidos, en democracia siempre hay dos versiones de la realidad que se impone después de un proceso de sucesión y son las que corresponden a la del vencedor y a la del vencido.

Invariablemente en la mayoría de los casos, el triunfo es la noticia que ocupa las principales planas de los impresos, el mejor espacio en los portales informativos y el mayor tiempo en noticiarios de radio y televisión, pero a la derrota se le dedica poco tiempo y espacio para su análisis.

En nuestro país, la relación entre vencedores y vencidos es una idea que desarrolló Jorge Castañeda en su libro: La herencia, Arqueología de la sucesión presidencial en México, publicado por editorial Alfaguara en 1999. En él analiza a profundidad las circunstancias de las personas que no contaron con el apoyo del presidente en turno para ser candidatos y que por esa razón son considerados los vencidos en la historia del relevo del poder sexenal.

El no llegar a participar en un proceso de sucesión o no ganar una elección, entreteje las historias de personas que pudieron haber sido y no fueron. Para el caso mexicano, Castañeda hace un recuento de cinco sucesiones a partir de 1970 y hasta 1994, recordemos que en el año 2000, el triunfo electoral fue del Partido Acción Nacional con Vicente Fox como candidato y, este hecho, rompió el mecanismo y las reglas de las sucesiones implementadas por el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

El autor clasifica como vencedores a los expresidentes Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Pacheco, Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León. Aparecen en el apartado de los vencidos, Alfonso Corona del Rosal, Emilio Martínez Manatou, Antonio Ortiz Mena, Hugo Cervantes del Río, Augusto Gómez Villanueva, Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Gálvez Betancourt, Carlos Tello, Juan Rodolfo Moctezuma, Pedro Ojeda Paullada, Jorge de la Vega Domínguez, David Ibarra, Jorge Díaz Serrano, Javier García Paniagua, Jesús Silva Herzog, Manuel Barlett Díaz, Manuel Camacho, Pedro Aspe, Francisco Rojas y Fernando Ortiz Arana. Fuera del periodo al que hace referencia el autor y por lo tanto del alcance de las páginas del libro, otros vencedores fueron Vicente Fox, Felipe Calderon Hinojosa y Enrique Peña Nieto, mientras que los vencidos fueron Santiago Creel Miranda, Juan Camilo Mouriño, quien falleció antes del proceso sucesorio y, recientemente, Luis Videgaray Caso.

El autor reproduce las entrevistas realizadas a los expresidentes, en las cuales relatan su versión de cómo fueron los hechos y las circunstancias que los motivaron a decidir a quien apoyar para sucederlos, pero el apartado que revela los engaños, las falsedades y las conveniencias de la decisión, es el de los vencidos.