LA JORNADA 

Miguel Concha

Aun en tiempos de pandemia, hoy es la fiesta de la virgen de Guadalupe, y como explica Eleazar López Hernández, sacerdote zapoteca y uno de nuestros principales exponentes de la teología católica indígena, a quien mucho agradecemos su autorización para la publicación de este artículo, para los mexicanos este hecho tiene connotaciones que sólo se entienden dentro de la religiosidad de nuestro pueblo, profundamente conectado con la manera como nuestros antepasados indígenas entendían la relación con Dios.

Según el relato del Nican Mopohua, el indio Juan Diego, principal protagonista del acto guadalupano, iba caminando en el frío diciembre de 1531 y con el dolor de ver los símbolos de su pueblo caídos por tierra –es decir, en un contexto de colapso de su mundo cultural y religioso, a causa del choque violento con el mundo europeo, que llegó aquí y conquistó con la cruz y la espada este territorio–, se encuentra con una cihuapilli –doncella– que luego pidió llamarse Guadalupe. Nombre con el que ya la conocían los conquistadores, pero que a los vencidos les sonaba más a Coatlaxupe (la que está sobre la serpiente), que a su vez les hacía recordar a la antigua Coatlicue, la del faldellín de serpientes, madre de Huitzilopochtli, dios relacionado con el Sol.

La virgen de Guadalupe se presenta en el relato a Juan Diego como la madre de In Huel Nelli Téotl Dios (el verdadero dios Téotl); In Ipalnemohuani (dador de vida); In Totecuyo (Nuestro Señor); In Tloque Nahuaque (que está cerca y junto de nosotros), In Huilcahua In Tlalticpaque (dueño del cielo y de la tierra). Ésos eran los nombres que los habitantes de estas tierras usaban para dirigirse a la divinidad en su religión antigua y que los misioneros habían condenado en el fallido diálogo de los 12 primeros franciscanos con los líderes religiosos mexicas.

No obstante, Juan Diego, ya convertido al cristianismo, sostiene ante el obispo Juan de Zumárraga que por todo lo visto y oído, yo sé que ella es la madre de nuestro redentor Jesucristo. Como primer teólogo indio cristiano, Juan Diego puede afirmar que el dios cristiano es el mismo dios que desde milenios antes los pueblos del Anáhuac conocían. Es lo que años después los estudiantes del Seminario Indígena de la Santa Cruz de Tlatelolco, encabezados por Antonio de Valeriano, ponen por escrito en el relato del Nican Mopohua, donde se narran las apariciones de la virgen de Guadalupe.

Esta misma teología india fue la que se mostró en el Sínodo Panamazónico convocado por el papa Francisco, celebrado en Roma en octubre antepasado. La conexión con el mundo prehispánico, dice el P. López Hernández, pervive hasta nuestros días en la religiosidad popular, como síntesis vital de las dos vertientes religiosas que conforman el alma de México y de América Latina. Esta religiosidad es también el motor de las peregrinaciones, danzas, romerías y demás elementos de la fe sencilla de nuestro pueblo. La gente de hoy no sólo se viste de Juan Diego, sino que se asume como tal para cargar y llevar adelante el proyecto guadalupano que cambia su realidad de dolor, enfermedad, inseguridad y muerte en el xochitlalpan, o tierra florida; en el tonacatlal-pan, o tierra de la abundancia que soñaron sus antepasados, y que él también ve en el Reino proclamado por Jesús de Nazaret: yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia ( Juan 10, 10).

En Tonantzin Guadalupe, Juan Diego, que se hallaba sumido en la desesperanza, –sólo hemos nacido para esperar el momento de nuestra muerte– mira el rostro materno de Dios, que le dice: tú eres el más pequeño de mis hijos; no se aflija tu corazón por ésta ni por ninguna otra enfermedad; ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?. Una madre que se pone a su lado, lo levanta, le devuelve su dignidad perdida y lo hace sujeto activo en la construcción de una sociedad nueva, en la que puedan ser oídos y remediados todos los lamentos, miserias, penas y dolores del pueblo, y donde Tonantzin pueda mostrar y dar todo su amor, compasión auxilio y defensa.

Para lograr ese cambio radical, Juan Diego es convocado por la virgen a sacar al obispo de su palacio y convencerlo de ir al lugar del pobre, para que conozca su realidad y se comprometa a construir, junto con él, la Teocatzin, o casa sagrada de Tonantzin, donde quepan con dignidad todos los moradores de estas tierras, y convivan como hermanos, tanto la gente de aquí como los que llegaron de otros lugares. Al escuchar esta enorme misión, Juan Diego se considera imposibilitado, pues reconoce con humildad: me mandas adonde no ando y no paro. Pero, una vez reconfortado con la confianza y el respaldo total de Tonantzin Guadalupe –tú eres mi embajador digno de toda confianza–, asume la tarea con todo su entusiasmo y energía. Y eso mismo se muestra hasta hoy en el compromiso del pueblo mexicano, cuando en la historia se dan las condiciones para luchar por los cambios que hacen falta tanto en la sociedad y en la Iglesia.