El análisis del pasado tiene como ventaja contar con el registro de hechos acontecidos, pero el análisis del futuro requiere prospectiva, que no es más que el estudio de causas técnicas, científicas, económicas y sociales que aceleran la evolución del mundo moderno, y la previsión de las situaciones que podrían derivarse de la conjugación de su influencia.  

Ante un panorama tan incierto como se prevee que será el 2021, faltan recursos para comprenderlo y que nos ayuden a tratar de prever, si que eso se puede hacer, las consecuencias de un futuro inesperado.

En 2015, Editorial Planeta, publicó A quién le importa el futuro, las disyuntivas de México, de Juan Ramón de la Fuente, quien actualmente se desempeña como Embajador de México con calidad de Representante Permanente ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Dentro de su trayectoria se encuentra el haber presidido el Consejo del Aspen Institute en México y haber coordinado el Seminario de Estudios sobre la Globalidad en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 

A quién le importa el futuro, cuenta con el prólogo de Juan Villoro, quien realiza un puntual planteamiento sobre lo que pensamos sobre el futuro. Enuncia que las nuevas plataformas de comunicación nos han otorgado existencia virtual, que nos han conformado una segunda realidad y que estamos inmersos en una atmósfera de información. Acuña un nuevo término para referirse a la especie humana, el homo digitallis, quien simultáneamente es un sujeto tangible y espectro virtual que goza de una doble vida, ya que transita por el mundo de los hechos y cobra existencia en las redes sociales, a través de passwords y nips, pero acota su propia idea al citar a Paulo Virgilo, autor de Estética de la desaparición, quien afirma que la sobreabundancia de datos produce un singular dopaje, ya que se vuelve un sujeto adicto pero que no logra asimilar el exceso de datos. 

En otro momento, Villoro cita a Ernest Bloch, quien afirmó que mejorar la realidad no es una carácterísitca de las personas ilusionadas con el porvernir, sino un recurso de la supervivienca ante los desafíos objetivos de la naturaleza y la sociedad. 

Ante estas consideraciones, Juan Ramón de la Fuente trató de sintetizar en cuatro puntos las dimensiones de los retos que nos presenta el porvenir y considera que la primera es la crisis urbana, la cual se manifiesta a través de grandes ciudades en donde se multiplican los núcleos de población en condición precaria y donde los núcleos de personas con mayores posibilidades económicas se protegen entre bardas y muros, situación que despersonaliza a las ciudades y diluye los asuntos públicos que debieran de surgir de la convivencia cotidiana entre unos y otros. La segunda crisis es la de la sequía y los monocultivos, los cuales han sido invadidos por pesticidas y se le ha sumado la ganadería contaminada por hormonas. Establece que la tercera crisis es la que emerge de las religiones divididas, que enfrentan al Estado para desgastar al laicismo y debilitar la libertad de credo y la conviviencia fraternal. La cuarta y última, corresponde a la crisis de la política, la cual se ve desgastada por la incapacidad de los dirigentes para replantear mundos posibles. 

En el prólogo, Villoro también sentencia que superar los retos depende no sólo de compartir el conocimiento sino de la calidad del conocimiento y en una especie de diálogo con de la Fuente, este último responde que un pueblo más educado no es necesariamente un pueblo más libre y que leer mucho es menos útil que leer bien. 

El texto evoca el recurso poético y cita a Borges, al afirmar que lo único que sabemos del futuro es que difiere del presente. Villoro remata que no faltarán deafíos en la ruta, perso aumenta el atractivo de recorrerla  y que cuando lleguen los sucesos, hay que estar preparados para enfrentarlos.