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Soldados alemanes comenzaron a entonar canciones navideñas. Militares ingleses respondieron a su vez con otras. Poco a poco miembros de ejércitos enemigos empezaron a reunirse en el espacio entre trincheras. Intercambiaron regalos, brindaron, se mostraron fotografías de sus esposas e hijos y se contaron sus historias. Descubrieron que eran iguales, vivían el mismo infierno y sólo soñaban con regresar a sus casas. Estas treguas espontáneas ocurrieron en distintos puntos del frente occidental durante la Navidad de 1914 y prendieron las alarmas de los gobiernos implicados en el conflicto: exhibían lo absurdo de la guerra.

“La Gran Guerra escribe Peter Hart, investigador del Imperial War Museum de Londres y autor de una serie de libros sobre las grandes batallas de la guerra, considerado por los especialista entre los mejores en su género —fue el acontecimiento más importante del siglo XX”. Fue la primera guerra que abarcó el mundo entero: 8 millones de soldados murieron en combate en cuatro años, en los que por primera vez se usaban aeroplanos, tanques, submarinos y gases asfixiantes. Cayeron imperios, surgieron nuevas naciones y nuevas ideologías; el mundo entero cambió.

Los gobiernos europeos en guerra pensaron que la 1914 seria una conflagración breve. Se equivocaron. La guerra se empantanó en las trincheras y el desarrollo de la tecnología militar elevó la destrucción y la muerte a niveles de barbarie.

El crepúsculo del 24 de diciembre de 1914: “Aquí estoy en una trinchera inundada, en medio de campos lodosos del país flamenco, la mirada puesta en un campo llano, vacío, desolado. No se percibe la mínima señal de vida. No hubo un solo disparo después de que un tirador mató esta mañana a un joven soldado muy popular en nuestra compañía.

“De repente empezaron a prenderse luces a lo largo del parapeto alemán. ¡Se veían árboles de Navidad improvisados adornados con velas que se consumían lentamente en el aire glacial! Otros centinelas vieron lo mismo y despertaron pronto a los otros soldados para ver lo que ocurría”, escribió años más tarde el soldado Williams Graham. Lleva semanas helado en una trinchera convertida en cloaca por las lluvias. El agua y el lodo le llegan casi a las rodillas.

Graham pertenece a la infantería británica desplegada a lo largo de 50 kilómetros en la frontera de Francia con Bélgica. Su unidad está a orillas del bosque del Geer, cerca de la pequeña ciudad de Ploegsteert.

El soldado se asoma prudentemente y observa la tierra de nadie que separa las líneas británicas de las alemanas. Soledad y nostalgia le aprietan el corazón. Recuerda su casa decorada con velas y ramas de pino y la familia reunida saboreando el ponche de su padre.

“Luego los de enfrente empezaron a cantar “Stille Nacht, Heilige Nacht”. Era la primera vez que yo oía esa canción navideña. Cuando acabaron pensamos que debíamos responderles. Entonces cantamos “The First Nowell”. Cuando terminamos aplaudieron y siguieron con una de sus canciones favoritas “O Tannenbaum”. Y eso continuó. Los alemanes cantaban una de sus canciones, nosotros una de las nuestras. Finalmente los alemanes cantaron con nosotros el himno “Adeste Fideles” en latín. En ese momento me dije:” Vamos, es realmente una cosa extraordinaria, dos naciones enemigas cantan la canción de Navidad en plena guerra”.

Los historiadores coinciden que en la Navidad de 1914 se dieron escenas impresionantes de confraternización entre soldados británicos y alemanes a lo largo de las tres cuartas partes de los 50 kilómetros de la línea del frente que los separaba. Se conservan numerosos cartas y diarios de soldados, así como informes oficiales que describen esas treguas improvisadas en medio del infierno de los primeros meses de la Primera Guerra Mundial.

En esos días navideños la prensa británica publicó varias cartas de soldados y fotos que se tomaron con brindando con los alemanes. Luego no se volvió a tocar el tema, el cual cayó en el olvido.

Los soldados británicos no fueron los únicos en celebrar la Navidad con el enemigo. El mismo fenómeno se registró, aunque con menos frecuencia, entre franceses y alemanes, y también ocurrió entre soldados italianos y austriacos cerca de la frontera con Suiza.

La prensa alemana publicó algunos testimonios de confraternizaciones en los primeros días de 1915 y después el tema se volvió tabú. La jerarquía militar francesa se encargó de que los diarios de su país no hicieran la mínima alusión a esos actos de traición.

En todos los países implicados pasaron décadas antes de que los historiadores pudieran arrojar luz sobre la fuerza, la belleza y el sentido profundo de esas treguas espontaneas que el escritor británico Arthur Conan Doyle creador del célebre detective de ficción Sherlock Holmes, calificó de “espectáculo alucinante que merece ser saludado como un ejemplo de humanidad en medio de los horrores que mancillaron el recuerdo de la guerra”.

El soldado francés Eugene Lemercier escribió a su familia: “¡Una noche única! Una noche en la que triunfo la belleza, en la que a pesar de sus vértigos sangrientos la humanidad dio pruebas de la realidad de su conciencia. ¡Entre los tiroteos intermitentes, un canto no dejó de elevarse sobre la línea del frente! Ante nosotros un tenor admirable cantó “La Navidad”. A lo lejos, detrás de las crestas de las trincheras, se le respondió con “la Marsellesa“ desde nuestras líneas. ¡Himnos! ¡Himnos por todos lados! Era la aspiración eterna a la armonía, el indomable deseo de orden en la belleza y la concordia”.

Una vez reunidos en la tierra de nadie y a pesar de la barrera del idioma, los soldados lograron comunicarse. Se enseñaron fotos de sus seres queridos, con pocas palabras y mucha mímica se preguntaron de cuál región eran, qué hacían antes, que opinaban de la guerra. Intercambiaban cigarros, cerveza, vino, pan, jamón, salchichones y chocolates que sus familias les habían enviado para Navidad. En ciertos casos hasta jugaban futbol. Se desmoronó el odio. Se volvió insostenible lo absurdo de la guerra.

Muchos al terminar la tregua murieron, cuando el alto mando militar ordenó los ataques a las trincheras enemigas, sin embargo este tipo de acontecimiento se fue dando en los siguientes años, hasta concluir la primera guerra mundial, esto fue gracias al espíritu de la Navidad, de aquella de 1914.