“El silencio de palabras lleva suave y sabiamente al silencio de ideas” Manolo.

Las grandes figuras de la humanidad han amado el silencio, no sólo como disciplina religiosa, sino también como recurso humano, como taller artístico, como fondo, existencial. En el silencio se fragua el carácter, se integran las experiencias, se forma la persona. Saber estar consigo mismo es condición esencial para llegar a ser uno mismo. “El silencio que sigue a Mozart es Mozart” dijo bellamente Sacha Guitry. El silencio recopila la vida y la prepara, en solicitud reflexiva, al momento que sigue. Por eso es en sí mismo fecundo. Es asimilación presente de lo que pasó y de lo que va a pasar. Es la noche tranquila antes del día; es el respirar rítmico antes de hablar; es la página en blanco, contemplada con gozo y respeto a su blancura antes de comenzar a escribir.

Cuando murió Hebert von Karajan, después de muchos años de dirección inspirada de grandes orquestas, en especial las de Viena y Berlín, la Orquesta Filarmónica de Viena le dedicó un homenaje musical  digno de su memoria. Ofreció un concierto en el que los mejores directores del mundo se fueron turnando en un programa de obras maestras relacionadas de alguna manera con el final de la vida. La pieza más emotiva fue la primera. Era el “Aria en Si” de Bach, y la dirigía el incomparable maestro japonés Seiji Ozawa, director entonces de la Orquesta Sinfónica de Boston. La dirigió con una sensibilidad extraordinaria, reflejando la quejumbrosa languidez de cada nota en su rostro sereno, en sus gestos mínimos, en su batuta, que parecía una prolongación viva y latente de su mano expresiva. La obra de Bach, como casi todas las suyas, no acaba con los acordes totales y apretados, que piden aplausos en compositores posteriores, sino que, sencillamente como las grandes obras homéricas, cesa cuando cesa,. No prolonga los adioses ni invita a la ovación, sino que, simplemente, cuando ha dicho lo que tenía que decir, se calla. Y cuando la música cesó, ceso también el gesto del director, que quedó con  las manos cruzadas ante el pecho, la batuta callad, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante y los ojos cerrados en un rostro sereno, intenso, inmóvil, transfigurado. La sala entera del célebre Musikverein, que pasa por ser la sala de conciertos más bella del mundo, quedó en silencio absoluto durante aquellos instantes casi sagrados. Pareció eterno el momento. Fue el silencio noble y denso, sostenido y alado del director que se ha ganado el título de “el milagro japonés”.

 Entre el 24 y el 31 de diciembre de cada año todos escurrimos miel deseando amor, paz, salud, bienestar hasta fortuna, viajes y más amor. En los últimos 12 meses, la gran mayoría sufrió la pérdida de uno o varios seres cercanos por la pandemia, padecimos en algún grado la inseguridad galopante y todos cargamos con los impactos de la crisis económica. Sin embargo, es solo una semana de parabienes contra 52 más en las que ha prevalecido lo contrario. Veamos. 

 Desde el discurso público dominante se atizan antivalores impropios de cualquier sociedad que se precie de progresista, democrática y humanista, así, han prevalecido… El Odio: antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea. La Ira: apetito o deseo de venganza. El Resentimiento: sentimiento persistente de disgusto o enfado hacia alguien por considerarlo causante de cierta ofensa o daño sufridos y que se manifiesta en palabras o actos hostiles. El Rencor: Resentimiento arraigado y tenaz. ¿Le suena? Estas son solo definiciones tomadas de distintas partes pero que es indudable que las vivimos a diario perversamente alentadas desde el poder público acendrando el encono social. La crispación solo conviene a quien detenta el poder porque fragmenta a la sociedad, debilita a sus detractores a la vez que enciende y acerca más a sus partidarios. Como en conocida saga fílmica, el imperio nos ha llevado al lado oscuro de la fuerza social: 52 semanas al año vivimos entre el odio, la ira, el resentimiento y el rencor y solo en esta buscamos la paz y nos dejamos ir con la esperanza de que el año que entra será mejor, que ya hay vacuna, que conseguiremos empleo, que no se saturarán los hospitales, etc. De nosotros depende ser seducidos por “el lado oscuro”, o respondedor inteligentemente evitando la polarización, procurando empatía, sanación individual y social, y actuando para evitar que el imperio contraataque. 

Concluyo reflexiva (o) lectora (or) saber venerar el curso de las estrellas y respetar las mareas del océano. Ante este virus del siglo, saber contenerse de tener vida social, saber escucharse en el silencio, la simiente crece de noche. Cerrar por un rato los oídos al aluvión de palabras que nos inunda. Limpiar la mente  en estos días finales del año, para que sepa volver a recibir. Cerrar los ojos para que aprendan a ver. Estar consigo mismo en el silencio total que se oye así mismo en la intimidad del ser. Vaciedad en flor. Soledad en fruto. Silencio en oración. Saber esperar, saber espaciar la vida y reposar el alma.

Jugadas de la Vida.

En un Microchip de silicio, de un centímetro por lado y del grueso de una hoja de papel, cabe el con tenido completo de un libro de 160 páginas.

Twitter: @ldojuanmanuel