El tema sustancial de este artículo podría remitirnos a alguna ficción de H.G. Wells o de algún otro autor sajón de esos que gustan crear historias totalmente descabelladas y perfectamente verdaderas. De hecho, hay un cierto trasfondo gótico en esta recurrente impresión de no existir en determinados escenarios, de ser transparente cual cristal purísimo delante de ciertas gentes y de sólo comparecer en parte- como angelito barroco de esos que son nada más cabeza con alas-frente a ciertos conglomerados humanos.

Este fin de año leí una gran cantidad despedidas al 2020 y la abrumadora mayoría reprochándolo, odiándolo por lo mal que nos trató. Pero el 2020 fue también el laboratorio que puso a prueba a quienes nos representan. El 2020 les puso a nuestros gobernantes un coctel muy cargado de todos los problemas conocidos y desconocidos, les impuso el reto de responder a la pandemia con decisiones creativas, arriesgadas e inciertas. A México y a Latinoamérica el virus nos dio “una chance” que no tuvieron muchas otras regiones del mundo: tuvimos más de un mes para prepararnos y enfrentar la pandemia y nos dio referencias de cómo se atendía con éxito el brote en otras latitudes. A pesar de tener estos dos aspectos a favor, el gobierno de México no entendió la pichada. El mal diagnóstico de los primeros meses sobre la pandemia y el error de no corregir nos llevó a cerrar el año con un escenario doblemente catastrófico: 125,807 muertes oficiales (que rebasan los 300 mil muertes ) causadas por covid-19 mientras que en Japón, país con una población similar, cerraron el 2020 con poco menos de 3,300 muertes. Si el 2020 iba a ser un mal año, las pésimas decisiones nacionales lo agudizaron. La pandemia nos permitió observar el lado más miserable y vil de quienes prefirieron defender sus posturas populistas y electoreras aunque eso costó cientos de vidas y sigue poniendo en riesgo a millones más. Se prefirió seguir destinando miles de millones de pesos al aeropuerto de Santa Lucía, la refinería –anfibia y explosiva- de Dos Bocas y al Tren Maya en lugar de dotar desde un principio a nuestro personal médico con la cantidad suficiente de Equipo de Protección Personal, o acabar con el desabasto de medicamentos en el Sector Salud o reforzar los filtros sanitarios en aeropuertos y fronteras.

 Vimos que por sobre la ciencia y la razón prevalecen dogmas y visiones arcaicas, echeverristas, obradoristas. Si el 2018 fue el año de la ilusión y el 2019 el del beneficio de la duda, 2020 fue el del rotundo desengaño, la vacuna contra el actual régimen. Tanto la creación de la vacuna contra el Covid-19 como su aplicación masiva en la mayoría de los países desarrollados han sido un ejemplo de colaboración público-privada. 

En el caso de EEUU, que invierte 3% de su PIB en ciencia y tecnología, se destinaron 10 mil millones de dólares al sector privado para la vacuna, a través de la Operación Warp Speed. Este financiamiento de emergencia representa 10 veces el presupuesto del Conacyt. 

Un ingrediente fundamental -además del financiamiento- para que esta gobernanza colaborativa entre el poder público, la empresa y el sector social sea exitosa, es la confianza. Confianza que en México se erosiona peligrosamente. Una vacuna no se da por decreto, ni un esquema efectivo de vacunación se debería llevar a cabo solo por el Ejército, por más profesional que éste sea. Una lección que ha dejado la pandemia es que ningún gobierno puede resolver los problemas solo, hay que reconstruir la confianza en la empresa, las universidades y en el sector no gubernamental. El bienestar y desarrollo nacionales no son monopolio del gobierno. Y lo más patético que montó un show para recibir las primeras tres mil vacunas, Morena lanzó un spot proselitista y López Obrador informó que la vacunación se hará en centros donde operan sus programas clientelares. Su uso electoral es descarado. No les importa que eso cueste vidas mientras obtenga votos. Eso denota su miseria humana.

Merced a ello, se le ocurrió otro espectáculo, para su fantasía de celebrar el año nuevo, el presidente dijo que sembraba (sic) un ahuehuete, recargándose sobre la pala, porque su esposa al verlo tan torpe para la tarea, optó con sus manos a plantar y como él no es caballero, no le interrumpió y se dedicó a comentar sobre la historia del árbol. Lo que es demagógico, porque su gobierno no ha cuidado el desarrollo de la naturaleza, al destruir mangales para su tren Maya. Ya no hay dudas. Ahora no basta con desearnos un mejor año sino que debemos actuar para que lo sea. Y para variar demostró su escaso conocimiento de agricultura, o cuando menos asesorarse de lo que va a exponer, ya que lo que se siembra es semilla, por lo tanto, en el presente caso, se planta un árbol, no se siembra.

Jugadas de la Vida.

La preparación de la Biblia demoró más de 1, 600 años. Se cree que Jesús hablaba arameo. El libro es el trabajo de 40 autores aproximadamente.

Twitter: @ldojuanmanuel