Desde mediados del año pasado comenzó a advertirse de manera muy sutil pero progresiva la preocupación del régimen por su futuro, su permanencia y continuidad ante una descomposición de la realidad que esperaba existiera antes de las elecciones de este 2021. El 2020 el gobierno central lo comenzó aplicando uno de los que esperaba fuera el proyecto estrella, con el que se echaría a la bolsa a la clase media y baja: la creación del Instituto de Salud para el Bienestar, el Insabi, que sustituiría al exitoso Seguro Popular, pero el mundo “confabuló” y le puso enfrente una pandemia. La covid-19 aceleró la debacle económica que seguramente calculaban que no se iba a resentir tanto antes de las elecciones de este año. La violencia desbordada y la rendición fáctica del estado ante los barones de la droga –y sus mamás- aunadas a los casos de corrupción del más alto nivel carnal han dejado desnudo, antes de lo previsto, a quien presumía tener un ropaje blindado. Por ello, también desde el año pasado el régimen aceleró una serie de iniciativas, tropelías y huizachadas que buscan garantizarle su permanencia y continuidad a costa de cualquier precio: desde desaparecer organismo reguladores, inocular a incondicionales en entes autónomos, eliminar fideicomisos que daban cierta certeza financiera a organizaciones y proyectos ciudadanos independientes y hasta la grotesca imposición de un incondicional a Palacio al frente de Morena, pasando por las intenciones de apropiarse de los fondos de las afores.  

El nuevo embate es hacia el INAI, organismo que vela porque se conozca cómo y en qué se gasta cada peso público, porque se transparenten las gestiones y toma de decisiones de quienes detentan el poder y el presupuesto. Le urge eliminarlo porque el INAI no sólo lo exhibe sino que le estorba para sus manejos discrecionales, opacos y electoreros. Conforme crezca el riesgo de perder poder se acelerarán y precipitarán las intenciones autoritarias por tomar el control de organismos autónomos críticos, por desaparecerlos o aniquilarlos. Este será uno de los más graves pero acertados indicadores del miedo presidencial.

Ahora por otra parte, lo ocurrido en el Capitolio de Washington marca un antes y un después, indudablemente, pero además es el clímax de lo que ha sido la administración de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Protestas, abuso policial, racismo, una sociedad dividida y un mandatario que no ha movido ni un dedo para reparar ese abismo que hay entre los ciudadanos, sino todo lo contrario. Se ha encargado de señalar, acusar y hasta glorificar el llamado “patriotismo americano”. El asalto al edificio emblema de la democracia estadounidense no dejó a nadie indiferente; no había pantalla en el que no se reprodujeran las imágenes que parecían sacadas de un episodio de Los Simpson o South Park, y sin embargo estaban ocurriendo en el país que se ha puesto a sí mismo como ejemplo de la civilidad en el mundo. El hecho fue el cierre del gobierno de un presidente que durante cuatro años se ha encargado de manifestar su presunta superioridad cada vez que tiene la oportunidad, de justificar las acciones de organismos supremacistas y de descalificar a quienes exigen justicia por los abusos policiales en contra de población afroamericana.

Discursos emitidos por un líder de opinión -aunque no nos guste-, capaz de mover masas y provocar agresiones como las que vimos el pasado 6 de enero. En Twitter, Trump encontró una plataforma para diseminar mensajes que poco a poco encendieron a sus simpatizantes; pero desde mayo de 2020 la red social emprendió acciones para contrarrestar la información errónea con la que el magnate buscaba mantener encendido al Make America Great Again, al agregar leyendas que cuestionaban la veracidad de sus tweets; pero tras el asalto en el Capitolio, esas advertencias resultaban insuficientes. Y por fin se decidió suspender de forma permanente la cuenta del empresario, al considerar que mensajes que había publicado previamente podrían haber servido como combustible para la enardecida multitud que forzó su entrada al Capitolio, hecho que terminó con cinco muertos y cuantiosos daños.

 Desde hace tiempo sabemos el poder que tienen las redes para generar movimientos sociales, y más cuando los mensajes son emitidos por un líder. Por eso la decisión de Twitter, aunque polémica, resulta necesaria y marca un precedente sobre la responsabilidad que toma la plataforma como medio de comunicación masiva, incluso cuando el emisor es una figura de autoridad como el presidente de Estados Unidos (o Paty Navidad).La realidad es que Twitter da y Twitter quita. Cuidado. Aunque es paradójico que Manuel Andrés López Obrador se duele de la censura en EUA y en México quiere desparecer el INAI.

Jugadas de la Vida

La archirrival política de Donald Trump Nancy Pelosi, fue ratificada como líder del Congreso de los Estados Unidos. Hay que recordar que a la hora de rendir su informe Trump, dejó con la mano extendida a la líder del Congreso, y cuando paso éste por ahí, en sus propias narices le rompió el informe que acaba de dar.