EL PAÍS/REUTERS

PABLO GUIMÓN

Washington. Desde la última Super Bowl, hace 12 meses, un ser llamado SARS-CoV-2 ha matado a más de 450.000 estadounidenses, ha destrozado la economía del país y ha borrado su vida social. La semana pasada, un estadounidense moría de covid cada 30 segundos. Mientras las familias estén congregadas este domingo ante los televisores para ver el espectáculo de la final de la liga de fútbol americano entre los Buccaneers de Tampa y los Chiefs de Kansas City, compartiendo cervezas y nachos, respetando incluso las cautelas recomendadas por el doctor Fauci, el funesto contador seguirá avanzando implacable. Por eso esta Super Bowl será diferente a todas las 54 anteriores. La Super Bowl no es solo un espectáculo deportivo. Es una excusa para una celebración nacional, un trampolín para estrellas de la música, una exhibición de poder de las marcas y un show televisivo que siguen más de 100 millones de espectadores. Será todo eso también este domingo. Pero distinto.

Brady frente a Mahomes, la leyenda ante el prodigio

La sede. Si las autoridades sanitarias advierten de que repantigarse en el sofá ante la televisión con los allegados entraña un alto riesgo de transmisión de la covid, ¿qué tal ser la ciudad anfitriona? El reto para Tampa (Florida), además, es doble. No solo acoge el show, sino que es la ciudad de uno de los equipos. De modo que, si ganan los Buccaneers, Tampa recibirá, además del partido, las celebraciones. Dos eventos superpropagadores en potencia. Riesgos a los que hay que añadir el hecho de que en Florida los bares están abiertos, y muchos han programado fiestas el domingo. “Lo haremos lo mejor que podamos”, dijo la alcaldesa Jane Castor.

El público. Hasta este domingo, la concurrencia nunca ha sido inferior a los 61.946 espectadores que vieron la primera Super Bowl en Los Ángeles en 1967. Este año, sin embargo, por culpa del coronavirus, habrá menos de 25.000 fans, un tercio de la capacidad del estadio Raymond James. Se han entregado 7.500 entradas a personal sanitario vacunado. Otras 14.500 se han vendido a fans a los que no se les exige PCR, y habrá 2.700 entradas para presenciar el espectáculo en cabinas de lujo.

El artista. La actuación en el intermedio de la Super Bowl es el gran trofeo de la música comercial. El listón está en la estratosfera, allí donde lo clavaron a golpes de cadera Jennifer López y Shakira en ese terremoto de power latino que fue la actuación del año pasado. Por si eso fuera poco, la pandemia complica sobremanera la hazaña de montar un concierto a lo grande en el intermedio de un partido en pleno terreno de juego. Así que Abel Tesfaye, más conocido como The Weeknd, ha decidido desembolsar siete millones de dólares de su propio bolsillo para tratar de mejorar el espectáculo televisivo y evitar que su moderno r&b quede deslucido. Su condición de afroamericano y su historial de compromiso hacen pronosticar a los oráculos menos aventurados que lo de este año incluirá un homenaje a la demanda de justicia racial que ha recorrido este país durante el verano. La elección de The Weeknd se encuadra en los esfuerzos de la NFL por abrir el foco, alejarse de los shows de rock clásico blanco y abrirse a artistas con predicamento en redes y populares entre el público más joven. Ya saben: para evitar a los padres estadounidenses el clásico disgusto, que tanto juego ha dado a guionistas de series y películas, de ver cómo su hijo adolescente les abandona el día de la Super Bowl.

La Rosalía. El rumor corrió como la pólvora. Durante unos días, España entera fantaseó con que la música se detuviese de pronto y las cámaras ofrecieran un primer plano del rostro impertérrito de una veinteañera oriunda del bajo Llobregat diciendo: “La-Ro-sa-lí-a”. Resultaba creíble, pues la española colaboró con The Weeknd en Blinding lights, una de las canciones más escuchadas de 2020. Además, el año pasado, Shakira y Jennifer López invitaron a sus compadres J Balvin y Bad Bunny. El rumor circuló por diversos medios. Para cuando el equipo de Rosalía lo desmintió, después de dejar que la bola de nieve engordara, su reciente colaboración con Billie Eilish, la canción Lo vas a olvidar, había subido como la espuma en las listas de ventas. “He leído muchos rumores”, reconoció el propio Tesfaye el jueves. “Pero no había espacio para encajarlo en la narrativa y la historia que cuento en la actuación. Así que no habrá invitados especiales, no”.

La poesía. La poesía entra por primera vez en la Super Bowl de la mano de Amanda Gorman (Los Ángeles, 22 años), que aportará un toque de sofisticación a lo que tradicionalmente es, no conviene engañarse, una celebración familiar sin ambiciones intelectuales. Arropada por el éxito de su conmovedora lectura en la investidura del presidente Biden, leerá unos versos durante el pre show (en el que también estará Miley Cirus, con un sucinto estilismo que ha adelantado en Instagram). En el poema, según ella misma ha adelantado, rendirá homenaje a tres héroes. Y como esto es la Super Bowl, donde se puede apostar hasta por el color del líquido que se derramará sobre la cabeza del entrenador del equipo ganador, han proliferado las apuestas online sobre los versos de Gorman. Se puede uno jugar el dinero, por ejemplo, a cuál de estas tres palabras pronunciará antes la poeta: héroe, pandemia o súper.

La prosa. Si dispone usted de 5,5 millones de dólares, quizá pueda contratar 30 segundos para anunciarse en la Super Bowl. Los anuncios de la velada a menudo atraen más atención que el propio partido. Este año, claro el reto es el tono. Las marcas que opten por el humor se arriesgan a pasarse de frenada, y las que decidan recordar a los televidentes aquello de lo que están tratando de evadirse durante unas horas corren el peligro de ser recordados como aguafiestas. Ante tal disyuntiva, algunas (como Coca Cola o Hyundai) han decidido directamente pasar. Budweiser, por su parte, renunciará al ostentoso anuncio que lleva 37 años colocando y ha optado por donar parte de su presupuesto publicitario de este año a una organización sin ánimo de lucro que lucha contra el escepticismo hacia las vacunas. Otros han elegido lanzarse este año por primera vez, aprovechando su condición de anticíclicos. Es el caso del portal de búsqueda de empleo Indeed que, en medio de cifras de paro históricas, promete un anuncio que “subraya el viaje emocional de los buscadores de empleo en un tiempo en que mucha gente se enfrenta a la angustia económica”.

Y el deporte. Este año se libra en el campo un duelo generacional. El que protagonizarán Tom Brady y Patrick Mahomes, dos quarterbacks sobrehumanos separados por 18 años de edad. Cualquier superlativo se queda corto con Brady. Es el jugador en activo de mayor edad y el gran ganador de esta era. En un deporte en el que la duración media en la élite es de 3,3 años, Tom Brady lleva 21 temporadas. A sus 43 años, casado con Gisele Bundchen, juega este domingo nada menos que su décima Super Bowl, de las que ha ganado ya seis. Su llegada hasta aquí es material de leyenda. Fue rechazado por todos los equipos de la NFL hasta que los Patriots lo ficharon de relleno en el año 2000. Veinte años de éxitos después, la temporada pasada, Brady se despidió de los Patriots. Fichó por un equipo, los Buccaneers, con una sola Super Bowl en su haber. Los Patriots se quedaron fuera de los playoffs, y los Buccaneers pueden darle este domingo su séptima victoria en una Super Bowl. Eso, si lo permite Patrick Mahomes, de 25 años, que el año pasado llevó a los Chiefs a la victoria ante los 49ers. Mahomes tiene un contrato de 477 millones de dólares anuales. Tiembla, Messi. Se hablará de la entrega del relevo de una generación a otra. Pero sería subestimar las ambiciones de Mahomes. No solo persigue a Brady en títulos y estadísticas: persigue ser el atleta definitorio de su generación y un icono de la cultura pop. Como Jordan. Defender eso puede sonar a hipérbole, pero el inicio de su carrera no tiene precedentes.