Oaxaca.- Nació como Giovanni Gianbattista Mastai Ferreti y fue al Papa No. 255 de la Iglesia Católica Romana de 1846 a 1878, a la muerte de Gregorio XVI, fue el último Papa Rey. Pío Nono fue uno muy controvertido en los años de su papado: gobernante aún de los Estados Pontificios, era una de las piezas más importantes en el complicado ajedrez político de la Europa de la primera mitad del siglo XIX.

Después de su alocución en un consistorio secreto en Roma en diciembre de 1856; escribió Justo Sierra: Jamás, ni cuando nos negó el derecho a ser independientes, había hecho resonar en nuestro país la Iglesia una voz más dura, más preñada de dolor y de muerte; en cuyo espíritu muy probablemente se inspiraron los reaccionarios mexicanos para desencadenar, un año después, la Guerra de Tres Años: 

La intervención de Pío Nono aquella vez no tiene pierde: Fácilmente deduciréis, venerables hermanos, de qué modo ha sido atacada y afligida en México nuestra santísima religión, y cuántas injurias se han hecho por aquel gobierno a la Iglesia católica, a sus sagrados ministros y pastores, a sus derechos y a la autoridad suprema nuestra y de esta Santa Sede… Así es que, para que los fieles que allí residen sepan, y el universo católico conozca que nos reprobaremos enérgicamente todo lo que el gobierno mexicano ha hecho contra la religión católica, y contra la Iglesia y sus sagrados ministros y pastores, contra sus leyes; derechos y propiedades, así como contra la autoridad de esta Santa Sede, levantamos nuestra voz pontificia con libertad apostólica en esta vuestra respetabilísima reunión, para condenar y declarar írritos y de ningún valor los enunciados decretos y todo lo demás de allí ha practicado la autoridad civil con tanto desprecio de la autoridad eclesiástica y con tanto perjuicio de la religión…

De todo esto, se puede deducir que su historia de Papa malvado está muy ligada a México. Apoyó la aventura imperial de Maximiliano a nuestro país con una condición de forma y fondo: que el archiduque devolviera a la Iglesia en México, todo el poder económico y político, así como los bienes que le habían sido arrebatados por la administración del presidente Benito Juárez. 

El liberalismo del Habsburgo le enfrentó cara a cara con quienes le habían encumbrado en el poder. Reconoció y mantuvo la legislación juarista e incluso invitó a Benito Juárez a formar parte de su gobierno como Ministro de Justicia. Sumó a su gabinete a liberales distinguidos como los dos constituyentes de 1856: Pedro Escudero y José María Cortés y Esparza. Encolerizó a Pío Nono su ratificación a las leyes que despojaban de sus bienes a la iglesia a pesar de las presiones recibidas de Roma y del propio obispado mexicano. 

Después de una propuesta del emperador de concordato de nueve puntos que el Papa rechazó tajantemente, en diciembre de 1864 envió a México a su representante, el nuncio Pier Francesco Meglia, arzobispo de Damasco, quien fue recibido con honores por Maximiliano y por las tropas francesas. La Santa Sede proponía un pacto donde el clero tuviera todo tipo de derechos y restituciones prácticamente sin cortapisas ni obligaciones: restablecimiento de las órdenes religiosas, a criterio solo del papa, restitución total de bienes a la iglesia, abolición de las leyes de Reforma y de todas aquellas contrarias a los sagrados derechos de la Iglesia.

La Emperatriz Carlota, figura negada y poetizada por la historia, visitó al Vicario de Cristo en su regreso a Europa después de la fallida aventura mexicana; enmarcado este episodio en la parte final del segundo imperio; y, producto de este encuentro; vestida de riguroso luto, solo recibió del religioso promesas vagas que agravaron aún más su naciente locura.

El papa terminó muy molesto con Maximiliano, quien finalmente fue fusilado en el Cerro de las Campanas. No entendió o nunca quiso entender el liberalismo del Habsburgo. Pretendió a toda costa recuperar los privilegios perdidos de la iglesia en México sin lograrlo a plenitud.

En esencia, Pío IX se opuso siempre a la sentencia de que todos los cultos religiosos eran iguales y que; por lo tanto, la libertad de culto implicaba la esencia pura de los seres humanos: ser diferentes.

Esta gran tierra mexicana nació católica, guadalupana e intolerante; por lo menos, así lo establecen los documentos que la parieron: Elementos Constitucionales de López Rayón de 1811; los Sentimientos de la Nación de Morelos de 1813; y la Constitución de Apatzingán de 1814; en donde se declara que, la religión católica era la oficial y la única que debía profesar el Estado. Profesemos o no esta religión, es innegable la presencia que la iglesia ha tenido en nuestra cultura: algunos espacios de socialización, de formas de asumir la vida, hasta la misma disposición espacial de nuestras comunas y ciudades.

En estas historias de sinsabores y desencuentros; es justo reconocer también a los buenos que, parecen ser los menos. De ningún modo, se busca denostar la figura de Pío Nono; solo es necesario ubicar al cura católico en un pedestal, justo a la medida de lo que significó para la historia: ¡Un verdadero enemigo de México!

Tuíter: @santiagooctavio