EL PAÍS

MIQUEL ECHARRI

Los expertos tienen mucho que decir sobre lo que ocurrirá en este país cuando por fin lo abran todo, cuando la pandemia quede definitivamente atrás. ¿Nos sumiremos en un estado de estupor y melancolía colectivas? ¿Nos lanzaremos a la calle a abrazar la vida y arrancaremos de nuevo con una fe renovada en el futuro? ¿Habrá desfiles triunfales, fiestas masivas o rituales de duelo con los que saludar el amanecer de una nueva era? ¿Traerá esa nueva realidad transformaciones sociales de un cierto calado o nos conformaremos, como ha ocurrido en otras ocasiones, con que algo cambie para que todo siga igual?

Ricardo Martín de la Guardia, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Valladolid, prevé “una reacción inicial eufórica, similar a lo que se vivió en la República Democrática Alemana tras la caída del muro de Berlín, en otoño de 1989, o en gran parte de Europa en 1918, tras el fin de la Primera Guerra Mundial”. Ignacio Calvo, psicólogo experto en trastornos de ansiedad y estrés, cree que dejar atrás la pesadilla de la pandemia, con el proceso de duelo y trauma social que ha implicado, “podría suponer un punto de inflexión positivo, marcado por una voluntad de reajustar nuestros valores y aprovechar mejor nuestras oportunidades teniendo en cuenta lo volátil y efímero que se ha demostrado que resulta todo”. En opinión del experto en salud mental, se despertará una voluntad generalizada de vivir de nuevo y vivir mejor. Eso podría traducirse en un hedonismo reflexivo y tal vez también empático y solidario.

Calvo considera, pese a todo, que es muy improbable que la vuelta a la normalidad tenga un efecto positivo duradero: “Muy pronto nos veremos de nuevo inmersos en las vorágines de nuestras vidas, así que es probable que olvidemos en muy poco tiempo lo que ha ocurrido, sobre todo si no hemos tenido la desgracia de padecer consecuencias graves de la enfermedad en nosotros o en nuestro entorno más directo”. Esa previsible amnesia colectiva que nos espera a la vuelta de la esquina se debe a que “somos seres adaptativos y antifrágiles, por lo que más tarde o más temprano pasaremos página y seguiremos adelante”. Algunos lo harán “con un fuerte reforzamiento de su manera de vivir” y otros optarán “por una huida hacia adelante sin más objetivos que seguir sobreviviendo”.

Desde el sistema de salud pública, habrá que prestar mucha atención “a los que puedan sufrir una respuesta de estrés agudo” como consecuencia de tantos cambios abruptos difíciles de asimilar. Las consecuencias psicológicas a largo plazo es muy probable que se den sobre todo “entre sanitarios que han padecido la crisis en primera línea o en los que hayan perdido a familiares y amigos, especialmente si ha sido de manera inesperada y repentina”. El reto será reconstruir en la medida de lo posible lo que la pandemia ha roto o dejado muy maltrecho: “Deberemos centrarnos durante mucho tiempo en personas que sufran secuelas de la enfermedad a largo plazo, procesos de duelo no elaborados o situaciones laborales especialmente complicadas”, resume Calvo.

Martín de la Guardia, autor del ensayo La caída del Muro de Berlín: El final de la Guerra Fría y el auge de un nuevo mundo (La esfera de los libros, 2019), cree que también en esta ocasión se producirán actos simbólicos de adaptación a la nueva realidad como los que él describe en su libro. “Se podrían trazar otros paralelismos, con el final de las guerras mundiales, la abolición en los Estados Unidos de la llamada Ley Seca o, aunque nos quede más lejano, el final de la Peste Negra, pero sí creo que las similitudes más evidentes tienen que ver con lo que ocurrió en Alemania en los días posteriores a la caída del muro”. En aquel noviembre de 1989, los jóvenes de la Alemania Oriental que abrieron una brecha en la empalizada que los separaba del resto del mundo se asomaron a las tabernas de Berlín Oeste para “abrazar a sus nuevos compatriotas” o acudieron a las tiendas de la gran arteria comercial del otro lado, el Ku’Damm, para comprar discos de rock, “en un acto de consumismo, pero también de reafirmación de su identidad cultural y generacional y sus ganas de vivir”.

El minuto cero posterior a la pandemia será también, en opinión del historiador, un momento óptimo para “reconectar con la libertad y la alegría”: “Después de hibernar varios meses, lo primero que necesitas es tomar el sol”, añade Martín. Si algo nos enseña el estudio de la historia contemporánea es, en su opinión, “que los traumas colectivos se olvidan pronto, aunque dejen profundas cicatrices”. La frase no es tan contradictoria como parece: “Los seres humanos vivimos proyectados hacia el futuro y hacemos uso de un olvido selectivo que nos permita avanzar. Pero el pasado deja huella: como ocurrió en la Alemania de los años 20, es muy probable que las renovadas ganas de vivir de los ciudadanos topen con una situación económica compleja”.

Los que insisten en que nos asomamos a otros felices años 20, a un largo periodo de prosperidad voluntarista y lúdico, olvidan tal vez que “esa década solo fue realmente feliz para una pequeña élite de franceses, estadounidenses y británicos, en gran parte de Europa y del mundo se impusieron los populismos totalitarios que llevaron, en apenas dos décadas, a una nueva guerra mundial”. La historia, pese a todo, nos enseña también a no incurrir en paralelismos abusivos ni conclusiones catastrofistas: “No es lo mismo salir de un conflicto bélico de cuatro años o de una dictadura de cuatro décadas que dejar atrás una crisis sanitaria terrible, sin duda, pero que hace apenas un año que dura y probablemente quedará atrás muy pronto”.

Según explica Martín, “la transformación de las sociedades del otro lado del Telón de Acero fue tan profunda que se consolidó una manera muy particular de estar en el mundo, lo que se dio en llamar el homo sovieticus. Se trataba de ciudadanos acostumbrados a una vida en la que sus necesidades materiales básicas estaban resueltas pero que habían desarrollado una mentalidad permanente de estado de sitio. Se habían adaptado a la experiencia de vivir en una sociedad totalitaria y habían interiorizado una serie de valores relacionados con ella, como el conformismo, la paranoia o la cultura de la delación”. Eso explica que el súbito desplome de la República Democrática Alemana causase, en líneas generales, “un estado inicial de entusiasmo al que siguió una depresión colectiva”. Los jóvenes fueron los que con mayor facilidad se adaptaron a las nuevas realidades, pese al sufrimiento material que la inserción en una sociedad capitalista supuso para muchos de ellos. En cambio, para los mayores de 40 años, la caída del mundo “vino a ser, en gran medida, un trauma, por lo difícil que les resultó renunciar al estado de reclusión mental en el que vivían instalados desde siempre”.

Para Martín, en esta ocasión no es en absoluto previsible que la sociedad tenga que pasar por un proceso de adaptación a la nueva realidad tan complejo y problemático: “La pandemia ha tenido un fuerte impacto, sin duda, pero no creo que haya producido un cambio profundo y duradero de mentalidades, no ha creado algo así como un homo pandemicus”. ¿Qué vendrá después de la euforia, de los bares abarrotados y de la previsible vuelta al contacto humano estrecho, al ritual del abrazo? Para Martín, “en algún momento nos pararemos a pensar y acabaremos de procesar lo que ha supuesto para nosotros la experiencia tan extrema que hemos vivido este año”. Es decir, tras el feliz reencuentro con la vida, llegará la hora de hacer balance.