Oaxaca.- Ya en la fase de un capitalismo neoliberal, la economía mundial presentaba rasgos desde antes de la Gran Recesión (2008), como crecimiento lento, de aproximadamente dos por ciento, por ende, baja tasa de crecimiento en el empleo y tasas de crecimiento del salario real cercanos a cero (o negativas como en los países no desarrollados). Un sistema económico que después de finales la década de los noventa su crecimiento se asoció a una nueva tendencia tecnológica denominada infocapitalismo.

Desde los conceptos de la familia nuclear, extendida, mono o homo parental, u otras como de los grupos domésticos, así como las múltiples perspectivas tanto teóricas o prácticas, se puede recuperar algunas características que podrían ayudar para avanzar en el análisis que se propone y de cómo estas características han sido trastocadas por el confinamiento total o parcial derivado de la Pandemia producido por el Sar-Cov-2.

El objetivo de esta reflexión se circunscribe en analizar las relaciones básicas comerciales en las familias que se alteraron con el confinamiento y que, desde mi punto de vista, ofrecen un nuevo panorama teórico-práctico interesante con el que las propias familias, sociedad y, sobre todo el sector gobierno deberán poner atención para poder intervenir y, en última instancia, promover el bienestar o la prosperidad post pandemia.

Las concepciones de familia ofrecen características tales como: grupo de personas reunidas bajo un techo, relaciones de consanguinidad, tamaños variables de grupo de conformidad al contexto social (urbano-rural, ínter urbano. semi rural, etc.), aspectos relacionados con su funcionalidad, pervivencia o estabilidad. Definidas desde un ámbito ideológico, sistémico, ecológico, fenomenológico, de género o específicamente feminista.

De estas definiciones se puede derivar las funciones económicas de la familia. Quien analizó dentro de la teoría económica convencional y tiene un tratado sobre la familia (1981) es Gary Becker, economista premiado con el Nobel en el año de 1992. Pero también y en contraposición está la crítica feminista de Wendy Brown, entre otras, en su libro Un pueblo sin atributos (2015). Que no solo es una crítica a la concepción de familias de la economía convencional sino al pensamiento Neoliberal. Dicho sea de paso, uno de los objetivos que investiga la Economía Feminista (está en su agenda) es realizar la crítica tanto a la teoría como a la metodología de la ortodoxia económica.

Si a las familias se les considera que son un grupo de personas reunidas bajo un techo, quizá el rasgo más importante de las definiciones estudiadas, implica que, en cada momento, se enfrentan a la necesidad de asegurar su existencia y su reproducción. En una sociedad capitalista esto implica una dimensión mercantil, las familias en su unidad sería un ente que recibe ingresos y realiza gastos. En otras palabras, en una sociedad mercantil implica la acción de vender su fuerza laboral, u ofrecer otros servicios o venta de productos, en la gran mayoría de los casos, que les permita obtener ingresos suficientes para su existencia y reproducción, estos gastos e ingresos serán la base para diseñar los planes de consumo (y por tanto ahorro) que se efectuarán en el presente y se planearán para futuro. Este planteamiento permite a la economía convencional definir (a las familias) como sujetos económicos (“agente único”) que maximizan su bienestar respecto a un presupuesto inter-temporal, será la base fundamental de sus proyectos de vida que implementarán. Son sujetos racionales que cumplirán las reglas de comportamiento del mercado. Este es el fondo del entramado conceptual de la teoría económica convencional. Pero las relaciones económicas capitalistas penetran la forma en que se lleva a cabo el consumo.

Como una primera síntesis, a nivel de una esfera primaria su “deseo” de permanecer juntas implicaría una estrategia de sobre vivencia, es decir, el diseñar planes de vida familiares.

En la actividad familiar (en el ámbito del consumo) dichas remuneraciones se internalizan, es decir ingresos ya convertidos en mercancías, objetos, que son sustraídos de la esfera de la circulación. Llevados estos objetos al interior de la esfera primaria, en su distribución, existe una organización que a través de procesos no mercantilizados o no mercantilizaos totalmente, como el afecto, confianza, reciprocidad, solidaridad, las nociones de bien común muchas veces atravesados por estructuras jerárquicas, de subordinación, relaciones de dominio de tipo paternalista y normas disciplinarias dicha actividad se entreteje.

En otras palabras, al pasar al ámbito del consumo esta relación comercial se expresará en un primero momento de forma jerárquica, quién provee, decide la constitución misma del proyecto de vida, evidentemente, esta expresión de poder, involucra un proceso de no visibilización, de quien o quienes forman el “capital humano” a través de la actividad de la procreación, acompañamiento afectivo y pedagógico, lo realizan las mujeres y cuya actividad laboral no tiene contrapartida monetaria, muchas veces ni de gratitud, aquí se encuentra el núcleo de la crítica de Wendy Brown ya que la familia no puede equiparase a un “agente único”. Por esta razón, dentro de las esferas primarias familiares se establecen relaciones de dominio y por ende de violencia. Esta desigualdad tiene su expresión en la designación de tareas por parte del “jefe” o “jefa” de familia, esta organización del trabajo ha sido controversial por considerarse “histórica” y “natural” o “biológica” y, por consiguiente, normal, siendo esta más bien, en su desarrollo, una acción pedagógica la reproducción de la desigualdad.

Al suscitarse el confinamiento el nivel de estrés de las familias se incrementó, debido principalmente al rompimiento de las fuentes generadoras de renta y por ende, debieron ajustarse los planes de consumo tanto en el mediano como inmediato plazo. El primer efecto fue la supresión de ingresos, la recomposición de los planes de consumo llevó tiempo, Este primer efecto produjo la búsqueda de otras fuentes que se localizaron dentro de la extensión de relaciones familiares o de grupos domésticos, la constitución de empresas informales o formales, el desahorro y endeudamiento. Este destroncamiento forzó de manera dramática a una recomposición de los planes de consumo y su reconstitución de vínculos de decisión y poder. El tiempo que tomó este proceso dependió de la estabilidad de cada una de las fuentes que se eligió, y en última instancia, su colapso como unidad familiar, cuya expresión ha sido acompañada de violencia, el suicidio y la muerte. “Volver a la normalidad” se convirtió en un eslogan incomprensible, un desafío quizá, pero que en primer lugar se tuvo que construir un “piso firme” en la propia esfera familiar para después continuar con lo demás. Este “piso firme” a la gran mayoría de familias mexicanas le ha dejado secuelas y heridas dificilmente, en este momento, de haber sido curadas.